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ISRAelPROFEDELENGUA

Miembros y miembras del ciberespacio...

El fin de semana ejercimos de anfitriones para Sofía e Isi, Ana y Cudi, y les enseñamos algunas joyas de las Rías Baixas. El sábado tocó Cabo Home, uno de los puntos más bellos de la geografía gallega, de esos que no hay que perderse. Además del día luminoso y fresco, además de las soberbias vistas de las Cíes y la Costa da Vela, además de la cervecita en el chiringuito de la playa de Melide... disfruté con la lectura de uno de mis articulistas favoritos, Pérez-Reverte. Mentiría si dijese que después del archicomentado "Miembros y miembras" de la señora ministra de Igualdad, no esperaba de don Arturo algún ingenioso comentario al respecto. Aquí le cedo la palabra...

MIEMBRAS Y CARNE DE MIEMBRILLO

A la ministra española de Igualdad y Fraternidad, Bibiana Aído, que pasará a los anales de la estupidez nacional por lo del miembro, la miembra y la carne de miembrillo, le han dado en las últimas semanas las suyas y las del pulpo, así que no quiero ensañarme. Podría, puesto a resumir en dos palabras, llamarla tonta o analfabeta. Supongo que, ateniéndonos a su estólida contumacia cuando fue llamada al orden por gente respetable y docta, a esa ministra podrían irle como un guante ambos epítetos. Pero no lo creo. Quiero decir que no tengo la impresión de que Bibiana Aído sea tonta ni analfabeta. Por lo menos, no del todo. O lo justo. Lo que pasa es que está muy mal acostumbrada.

Bibiana Aído, que es de Cádiz, procede de esa nueva casta política de feministas crecida en Andalucía a la sombra del régimen chavista; que así, dándoles cuartelillo, las tiene entretenidas y goteando agua de limón. Esas pavas, que han convertido una militancia respetable y necesaria en turbio modo de vida y medro, no tienen otra forma de justificar subvenciones y mandanga que rizar el rizo con piruetas cada vez más osadas, como en el circo. La lengua española, que en este país miserable ha resultado ser arma política útil en otros ámbitos, les viene chachi. Por eso están embarcadas en una carrera de despropósitos, empeñándose, cuatro iletradas como son, en que cuatrocientos millones de hispanohablantes modifiquen, a su gusto, un idioma donde cada palabra es fruto de una afinada depuración práctica que suele ser de siglos, para adaptarlo por la cara a sus necesidades coyunturales. A su negocio.

Lo que pasa es que, en el cenagal de la política española, cualquier cosa viene de perlas a quienes buscan votos de minorías que, sumadas, son rentables. Sale baratísimo. Sólo hay que destinar unas migajas de presupuesto y darle hilo a la cometa. Así andan las Bibianas de crecidas, campando a su aire en una especie de matonismo ultrafeminista de género y génera donde, cualquiera que no trague, recibe el sambenito de machista. Y así andamos todos, unos por cálculo interesado y otros por miedo al qué dirán. Los doctos se callan con frecuencia, y los ignorantes aplauden. Incluso hay quienes, después de cada nueva sandez, discuten el asunto en tertulias y columnas periodísticas, considerando con gravedad si procede decir piernas cuando se trata de extremidades en una mujer, y piernos cuando se trata de un hombre. Por ejemplo.

En todo esto, por supuesto, la Real Academia Española y las veintiuna academias hermanas de América y Filipinas son enemigo a batir. Según las feminatas ultras, las normas de uso que las academias fijan en el Diccionario son barreras sexistas que impiden la igualdad. Lo plantean como si una academia pudiera imponer tal o cual uso de una palabra, cuando lo que hace es recoger lo que la gente, equivocada o no, justa o no, machista o no, utiliza en su habla diaria. «La Academia va siempre por detrás», apuntan como señalando un defecto, sin comprender que la misión de los académicos es precisamente ésa: ir por detrás y no por delante, orientando sobre la norma de uso, y no imponiéndola. Voces cultas, y no sólo de académicos –Alfonso Guerra se unió a ellas hace poco–, han explicado de sobra que las innovaciones no corresponden a la RAE, sino a la sociedad de la que ésta es simple notario. En España la Academia no inventa palabras, ni les cambia el sentido. Observa, registra y cuenta a la sociedad cómo esa misma sociedad habla. Y cada cambio, pequeño o grande, termina siendo inventariado con minuciosidad notarial, dentro de lo posible, cuando lleva suficiente tiempo en uso y hay autoridades solventes que lo avalan y fijan en textos respetables y adecuados. De ahí a hacerse eco, por decreto, de cuanta ocurrencia salga por la boca de cualquier tonta de la pepitilla, media un abismo.

Así que tengo la obligación de advertir a mis primas que no se hagan ilusiones: con la Real Academia Española lo tienen crudo. Ahí no hay demagogia ni chantaje político que valga. Ni Franco lo consiguió en cuarenta años –y mira que ése mandaba–, ni las niñas capricho del buen rollito fashion lo van a conseguir ahora. En la RAE somos así de chulos. Y lo somos porque, desde su fundación hace trescientos años, esa institución es independiente del poder ejecutivo, del legislativo y del judicial. Su trabajo no depende de leyes, normas, jueguecitos o modas, sino de la realidad viva de una lengua extraordinaria, hermosa y potente que se autorregula a sí misma, desde hace muchos siglos, con ejemplar sabiduría. De forma colegiada o particular, a través de sus miembros –que no miembras–, siempre habrá en esa Docta Casa una voz que, con diplomacia o sin ella, recuerde que, en el Diccionario, la palabra idiotez se define como «hecho o dicho propio del idiota».

XL Semanal, 29 de junio de 2008.

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2 comentarios

profedelengua -

Jajajajjajajja, Luis, ¡eres un crack! "Me quito el cráneo", como diría Don Latino... Te doy la razón, no había leído ese artículo, sí que se pasa de vueltas esta vez, tanto con la relación entre los acontecimientos como con el inapropiado forofismo... Coincido contigo en que a veces le pierden las formas, les ocurre a todos los que tarde o temprano acaban instalándose en su torre de marfil... Recojo el guante en el sentido de frenar mi entusiasmo (ya sabes que soy de natural impulsivo). Pero bueno, APR no va a escribir siempre artículos brillantes... Está bien la crítica, eso sí. Todo es opinable, pero solo las opiniones interesantes tienen criterio, por eso yo hubiese publicado tu carta...
Por cierto, recibo con gratitud tus comentarios benevolentes sobre el blog, y ya sabes que estoy abierto a discutir lo que consideres...
Un abrazo.

akritas -

Estimado amigo:
Le he echado un vistazo a tu blog y lo confieso: me ha gustado. Veo que has decidido incorporar a tu acervo competencial el dominio de las TIC lo cual te honra y te hace digno de renovada admiración. No está nada mal tu tutorial sobre sintaxis, aunque tendremos que discutir ciertos conceptos históricos que manejas en tu detallado esquema sobre la literatura medieval (lo dejaremos para nuestro próximo encuentro).
En cuanto al sabio Arturito, confirma con este artículo la actitud que suelo mantener cuando lo leo: difícil no coincidir en el fondo, mejor no dejarse deslumbrar por la forma. Su estilo “políticamente incorrecto” (o sea lo más común en estos tiempos en el que el disfraz de borde autosuficiente tanto vende) ya me suena a manido y reiterativo. Al final lo veo tan “politizado” e ideológicamente definible como cualquiera a los que denigra a diestra y siniestra. Habría que recordarle que esas feministas también son parte de la sociedad responsable de las innovaciones lingüísticas; mal que le/nos pese son tan usuarios de la lengua como a esos paisanos tan auténticos y admirables que manejan el rico vocabulario “popular y tradicional” con similar capacidad de renovar el código a través de sus ahora incorrecciones y en el futuro, términos aceptados y sancionados por doctas academias y usados por reverenciados escritores (perdona que me ponga en el papel de abogado del diablo, ya que estoy bastante de acuerdo con el artículo y mucho menos con su emisor). De su artículo, lo más valioso es el penúltimo párrafo; el resto me parece clásico relleno Revertil, trufado de ironías prefabricadas y pseudoregistro de hampón literario.
Aquí va un artículo del susodicho que me pareció especialmente” idiota”:
ERAN LOS NUESTROS

Todavía no he visto 300, la película de Zack Zinder [sic, es Zack Snyder] sobre la batalla de las Termópilas. Pero he seguido con atención la polémica sobre la corrección o incorrección social del asunto, los pareceres encontrados sobre el supuesto retrato artero y malévolo de los orientales persas, y los tópicos sobre el honor y la gallardía de los occidentales espartanos. Ha sido interesante asistir a ese contraste de opiniones entre los partidarios de una visión tradicional del acontecimiento, la prohelénica y heroica, frente a la de quienes se expresan desde un enfoque más orientalista o menos eurocéntrico y lamentan que Jerjes y su gente todavía figuren en la Historia como los malos del episodio.

En el debate no han faltado, naturalmente, las alusiones a la crisis entre los valores de la democracia occidental y los que otras culturas sostienen, las alusiones al islam, etcétera. En el que podríamos llamar sector crítico frente a la versión transmitida por las fuentes clásicas, hay opiniones muy respetables, versiones de historiadores que, con el peso de su autoridad y con más o menos eficacia según el talento de cada cual, revisan tópicos, iluminan rincones oscuros, deshacen o cuestionan interpretaciones tradicionales; pero junto a ese análisis serio, académico, se ha dado también, como era de esperar en los tiempos que corren, una intensa agitación del gallinero mediático, empeñado en aplicar al año 480 antes de Cristo los habituales clichés de lo social o políticamente correcto. De manera que junto a ciertos finos analistas, intelectuales de pasta flora, eruditos cutres, tertulianos charlatanes y políticos analfabetos, sólo ha faltado alguien que denuncie a Leónidas y sus trescientos hoplitas ante el tribunal internacional de La Haya por militaristas y xenófobos. Que casi. De modo que van a permitirme, también, opinar al respecto. Eso sí: con un criterio contaminado por el hecho poco objetivo de haber leído en su momento –cada cual tiene sus taras– a Herodoto, a Diodoro de Sicilia y a Jenofonte. A lo mejor ése es mi problema. No hay nada mejor, lo admito, para la objetividad, la equidistancia y la corrección política que no haber leído nunca un puto libro.

A ver si lo resumo bien: eran los nuestros, imbéciles. Aunque siempre sea mentira lo de buenos y malos, lo de peones blancos y negros sobre el tablero de la Historia, lo que está claro, películas y paralelismos modernos aparte, es el color de los trescientos lacedemonios y los setecientos tespieos que libraron el último combate contra los doscientos mil persas que los envolvieron y aniquilaron en el paso de las Termópilas. Pese a su militarismo, a las crueles costumbres de su patria, a que los enemigos no eran afeminados o malvados, sino sólo gentes de otras tierras y otros puntos de vista, los soldados profesionales que peinaron con calma sus largos cabellos antes de colocarse encima treinta y cinco kilos de bronce y cerrar filas dispuestos a cenar en el Hades –Leónidas sólo llevó a los que tenían en Esparta hijos que conservaran la estirpe–, riñeron aquel día como fieras, hasta el último hombre, conscientes de que su hazaña era un canto a la libertad: la demostración suprema de lo que el ser humano, seguro de lo que defiende, puede y debe hacer antes que someterse.

Y claro que eran héroes. Da igual que los historiadores magnificaran su hazaña, o que los enemigos fuesen de una u otra manera. Lo que esos espartanos rudos y valientes defendieron bajo la nube de flechas persas –como bromeó uno de ellos, eso permitía pelear a la sombra–, no era el diálogo de civilizaciones, ni el buen rollito ni el pasteleo para salvar el pellejo poniendo el culo gratis. Enaltecidos por los clásicos o desmitificados por los investigadores modernos, lo indiscutible es que, con su sacrificio, salvaron una idea de la sociedad y del mundo opuesta a cualquier poder ajeno a la solidaridad y la razón. Al morir de pie, espada en mano, hicieron posible que, aun después de incendiada Atenas, en Salamina, Platea y Micala sobrevivieran Grecia, sus instituciones, sus filósofos, sus ideas y la palabra democracia. Con el tiempo, Leónidas y los suyos hicieron posible Europa, la Enciclopedia, la Revolución Francesa, los parlamentos occidentales, que mi hija salga a la calle sin velo y sin que le amputen el clítoris, que yo pueda escribir sin que me encarcelen o quemen, que ningún rey, sátrapa, tirano, imán, dictador, obispo o papa decida –al menos en teoría, que ya es algo– qué debo hacer con mi pensamiento y con mi vida. Por eso opino que, en ese aspecto, aquellos trescientos hombres nos hicieron libres. Eran los nuestros.


Arturo Perez Reverte.
El Semanal 29 de abril de 2007

Y la respuesta que, ¡soberbio de mí!, envíe al Semanal como respuesta. Lógicamente, no era lo bastante buena para ser publicada:
SERÍAN LOS TUYOS

Después de leer el artículo de Pérez Reverte del domingo 29 de abril, concluyo que hay intelectuales “políticamente incorrectos” que pretenden comprender el mundo actual a partir de hechos del 480 a.C. De poco sirve haberse leído el séptimo libro de la Historia de Herodoto, si no se sabe interpretar lo allí narrado. Los espartanos- precisamente- “tampoco eran los míos”.
Si le gusta pintar la antigua Grecia como un pulcro cuadro de Rafael, le recordaré que la sociedad y el sistema político espartano se parecía a la democracia ateniense- no ya a la nuestra- lo que un huevo a una castaña.
La sociedad espartana- como todas las sociedades antiguas- era xenófoba, y punto. Con el matiz de que en este caso una minoría aristocrática y extranjera esclavizó a la mayoría hilota, nativa del lugar. Esparta fue un cuartel, conservado mientras hubo fuerza militar que lo sostuviese. Los romanos la borrarían del mapa para siempre.
Esparta no podría entonar un “canto a la libertad” sin desafinar. ¿Puede mencionar algún pensador o filósofo espartano? Yo tampoco. Por cierto, si leyese bien a Jenofonte sabría que los tataranietos de los bravos defensores de las Termópilas no tuvieron problema para pactar el respaldo del odioso tirano persa a su hegemonía sobre la “Grecia libre” (Paz del Rey- 386 a.C.).
Las últimas líneas de su artículo son uno de los disparates más burdos paridos por su imaginación. El sacrificio de Leonidas no fue muy relevante en aquella guerra, sí para la literatura. Aquí le dejo otras “gloriosas ocasiones” (posteriores) en las que la preclara Europa se salvó del taimado oriental (Magnesia, sitios de Constantinopla, Poitiers, Lepanto...). Limítese a las novelas.

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