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ISRAelPROFEDELENGUA

"El niño con el pijama de rayas", de John Boyne

"El niño con el pijama de rayas", de John Boyne

Acabé ayer de madrugada El niño con el pijama de rayas (si tú no lo has leído, quizás no deberías seguir leyendo este post), y todavía tengo el corazón un poco encogido por el desenlace... Devoré los últimos capítulos con ansiedad, con la sensación de temer un final amargo. Tú sabes interpretar las señales. Tú conoces la Historia, aunque no la hayas protagonizado; Bruno, el protagonista, vive la historia sin ser consciente de ella. Te resistes, esperando un giro tranquilizador de los acontecimientos. Tratas de gritarle, de advertirle, pero está demasiado lejos, es demasiado inocente... No es que sepas el final, es que lo niegas; cierras los ojos, los tapas con las manos, pero sigues devorando las últimas páginas, dejas un resquicio entre los dedos para ver si esta vez el Destino tendrá un gesto favorable.

La clave de este suspense tan particular es que el narrador en tercera persona adopta durante los primeros 19 capítulos el punto de vista de Bruno, el niño de nueve años. Todo el escenario, su historia, las relaciones entre los otros personajes... todo está visto a través de sus ojos. Bruno percibe la realidad fragmentada (por ejemplo, retazos de las conversaciones de los adultos) o la procesa con su mente infantil (convirtiendo, por ejemplo, un uniforme de preso en un pijama de rayas), con lo cual no es verdaderamente consciente de la espantosa realidad. Su ingenuidad lo mantiene a salvo del drama de Auchviz, pero esa misma ingenuidad lo deja totalmente desarmado en el momento más inapropiado...

La obra tiene su propia e interesante simbología. La imagen que queda en nuestra mente es la de los dos niños, Bruno y Shmuel, separados por una alambrada, sentados uno frente al otro, construyendo una sólida amistad con meses y meses de diaria conversación. Pertenecientes a dos mundos diferentes, esa alambrada se convierte progresivamente en una especie de espejo maravilloso: los niños van pareciéndose más el uno al otro -definitivamente parecidos tras el rapado de Bruno-, identificándose progresivamente, hasta ver en el otro un igual. Al quitarse las ropas que los diferenciaban y vestirse el pijama, el niño alemán se hace un igual con el niño judío, constituyendo una hermosa metáfora de la hermandad y la igualdad entre todos los seres humanos. El reflejo de esto es que realmente no sabemos a quién se refiere el título de la obra, El niño con el pijama de rayas, si a Bruno o a Shmuel. Y ahí está el quiz.

Bruno, con un nombre atípico para un alemán que sirve para resaltarlo, no es un personaje trágico -al menos, no en el sentido de las tragedias clásicas-. Es más bien un personaje casi épico, y así lo vemos al final de la obra, con su solidario propósito de encontrar al padre perdido de Schmuel, con su declaración de amistad eterna: Tú eres mi mejor amigo -dijo-. Mi mejor amigo para toda la vida, y con su comportamiento heroico en el definitivo momento: ...logró seguir sujetando la mano de Shmuel, no la habría soltado por nada del mundo. Bruno -como el apóstol Pedro en el episodio de la negación de Cristo- se redime definitivamente del único pecado que lo atormentaba, el haber negado conocer a Shmuel aquel día, ante el teniente Kotler.

Quien sí es un personaje trágico es el Padre. María, la criada, no entiende la transformación del hombre generoso que la acogió en su momento de necesidad. Pero el Padre va siendo seducido por el poder, la propaganda patriótica nazi, el supuesto sentido mesiánico de su labor: Lo que estamos haciendo aquí es corregir la Historia. Sin embargo, en el capítulo 20, lo vemos tambaleándose, golpeado, como Edipo, por la cruel ironía del Destino: Y poco a poco fue atando cabos y notó que las piernas empezaban a fallarle. Al final, relevado de su puesto, a Padre ya no le importaba lo que le hicieran.

En este último capítulo, la perspectiva del narrador cambia. Ya no es el narrador selectivo que toma el punto de vista de Bruno, sino un narrador omnisciente tradicional, para contar, a modo de epílogo, las secuelas de la historia. Y en las últimas líneas observamos un claro ejemplo de autor implícito, es decir, el narrador sirviendo de portavoz de las ideas del autor: Todo esto, por supuesto, pasó hace mucho, mucho tiempo, y nunca podría volver a pasar nada parecido. Hoy en día no. Un mensaje con claros tientes irónicos, y que lleva al lector a una reflexión política y moral, más allá de la propia historia de Bruno y Shmuel.

John Boyne, un irlandés que no llega a los 40, ha escrito un librazo, sin duda. Quizá, en mi modesta opinión, tiene una ligera tendencia, en momentos puntuales, a sacrificar -quizá mejor, estirar- la verosimilitud de la narración en beneficio de la creación de elementos simbólicos, como la coincidencia en la fecha de nacimiento de los dos niños, o de elementos "espectaculares", como cuando Bruno conoce al Furias. Pero el escritor logra algo nada fácil: sale indemne del riesgo de inventar una historia contada a través de una mente y perspectiva infantil, y, además, firma una obra tierna y emocionante sin caer en sentimentalismos. Yo la recomiendo.

PS. Yo estuve allí, en Auschwitz-Birkenau, en abril de 2002. Es un lugar espantoso, pero que merece la pena visitar. Las imágenes de la presentación inicial fueron algunas de las fotografías que saqué con mi vieja Nikon analógica...

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