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ISRAelPROFEDELENGUA

El efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión se define como una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad.

La historia de Pigmalión merece ser contada. Era Pigmalión el rey de Chipre, que buscaba a una mujer perfecta para convertirla en su esposa. Como las chicas no daban la talla -o él era muy exigente- decidió crear una escultura (era un excelente escultor) en la que plasmar la perfección de una mujer. Al terminarla, la vio tan perfecta que se enamoró perdidamente de ella, dándole todos los cuidados que le daría a una mujer de carne y hueso. En unas fiestas en honor a Afrodita, Pigmalión le pidió a la diosa que le diera la vida a su escultura. Afrodita se compadeció de él, y le concedió su deseo. Así Pigmalión y Galatea, su nueva reina, fueron felices y comieron perdices...

Pigmalión consiguió que su profecía-escultura se hiciese real. Y esto mismo nos ocurre a muchos, hacemos cumplir nuestras propias profecías. Un ejemplo sencillo para entendernos. El primer día de un profesor sustituto suele ser difícil; se somete al juicio implacable de sus nuevos alumnos: "Vaya pinta de estirao, este tipo nos va dar el trimestre". He aquí la profecía. Evidentemente, sus rostros reflejarán lo que piensan, el profesor lo interpretará como un signo de hostilidad y se pondrá a la defensiva con ellos, convirtiéndose en un autoritario estirao para no perder el control del aula. La profecía se ha cumplido: "Ya te decía yo que era un estirao".

Otro ejemplo. Al empezar el curso, un profesor puede pensar de un alumno repetidor: "Aquí tengo otra vez al vago este, ojalá que al menos se comporte y no me fastidie el curso". He aquí la profecía. Inconscientemente, el profesor dará pocas oportunidades al chico, será implacable con él, y este inmediatamente se sentirá marginado y se descolgará al instante del ritmo de las clases, siendo el vago que todo el mundo esperaba que fuese. "Ya lo decía yo, que este chico es incorregible".

El efecto Pigmalión está instalado en nuestra médula espinal. Todos nos consideramos unos fisonomistas, unos "perros viejos", unos profetas clarividentes. Imagínense lo que diría el profesor de primaria de un tal Albert Einstein, cuando este, con seis años, todavía no sabía escribir. "Este chico no vale" o algo peor. Menos mal que Einstein no dejó que esa profecía se cumpliera, quizá porque hubo otros profesores que rompieron el círculo, que sí tuvieron unas altas expectativas de él y vieron la potencialidad de aquel muchacho de aire despistado. Todos, en mayor o menor medida, somos víctimas de este efecto Pigmalión, y de todos es la responsabilidad de convertir estos "círculos viciosos" en "círculos virtuosos".

Estas reflexiones me vinieron a la mente al leer el artículo de Ángeles Caso para el Magazine del 4 de octubre, en el que la escritora habla de la hipocresía de nosotros, los adultos, cuando criticamos a los jóvenes sin reparar en el penoso ejemplo que les estamos dando (y de aquellos barros, estos lodos). Yo añadiría que también fomentamos sus comportamientos con nuestras bajas expectativas (Pigmalión). A algunos profesores se les llena la boca hablando de lo desastrosos que son sus estudiantes. Pero, ¿cómo van a actuar nuestros jóvenes si no esperamos de ellos otra cosa? Cambiemos nuestras expectativas y quizá empecemos a cambiar algo. Quizá no salvemos al mundo, pero, ¿quién nos garantiza que no hay un Einstein escondido entre los pupitres? 

 

JÓVENES

 

Se ha puesto de moda hablar mal de nuestros jóvenes. Que si son unos maleducados y unos irresponsables, que si no tienen respeto por nadie, que si lo quieren todo regalado y no se esfuerzan en nada, que si lo único que saben hacer a conciencia es emborracharse… No sé, quizá tenga mucha suerte, pero jamás pensaría cosas semejantes de las chicas y los chicos que me rodean.

 

No es que todos ellos sean lumbreras intelectuales ni individuos abnegados en busca del bien común. Son, simplemente, personas normales, con las virtudes y los defectos propios no sólo de su carácter individual, sino también de la educación que les hemos dado nosotros, sus padres, la gente de mi generación, los que fuimos niños en los años 60, los que empezamos a practicar el sexo a los 16, y nos cogíamos entonces las primeras borracheras, y pasamos muchas noches en las discotecas hasta la madrugada, y suspendimos muchos exámenes por no estudiar lo suficiente, y creímos que las drogas nos ofrecían el paraíso. ¿O es que se nos ha olvidado que hubo un tiempo en que también fuimos así? (Muchos, por cierto, siguen en lo mismo).

 

Queremos que nuestros hijos respeten a los demás. Por supuesto. Pero, ¿es eso lo que les enseñamos cuando nos oyen desde pequeños soltar juramentos al volante del coche, insultar al árbitro del partido que vemos en la televisión, hablar a voces a nuestra pareja o negar el saludo y las gracias al tendero que nos despacha? ¿Es eso lo que aprenden de los necios enfrentamientos de los políticos o de muchos periodistas que despliegan su talento para el desprecio al otro en nuestros medios de comunicación? Queremos que se esfuercen por estudiar y formarse. ¿Pero es eso lo que les transmite una sociedad que valora infinitamente más al jugador de fútbol, a la mujer despampanante o al tipo que cacarea estupideces en la pantalla que al sabio más sabio o al mejor de los seres buenos? Queremos que sean tranquilitos y no se emborrachen. ¿Pero es eso lo que aprenden de un país en el que beber es lo normal y ser abstemio se considera en cambio una anomalía por la que hay que pasar la vida disculpándose?

 

Queremos, en fin, que nuestros hijos sean lo que ni nosotros ni nuestro entorno hemos sabido o tal vez ni siquiera deseado enseñarles. ¿No deberíamos entonces dejar de criticarles un poco y, por una vez, contemplar nuestro propio y casposo ombligo?

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2 comentarios

israelprofedelengua -

Jejej... yo también fui de botellón en mi época (aunque era más discreto, por la cuenta que me traía :-)
Gracias por tu matización al artículo, es verdad que todo en la teoría puede ser muy bonito, de hecho -si mal no recuerdo- la historia de "El club de los poetas muertos" acaba bastante mal. Pero bueno, yo estoy en una fase optimista-constructiva, aunque no me libro de mis momentos de cinismo-nihilismo...

Hortensia Lago -

Me gusta más tu artículo que el de Ángeles Caso. Pero los dos tenéis razón. Con frecuencia nos falla nuestra memoria histórica personal(¡la de litronas que yo bebí de joven! ¡Y la que hubiera armado colgando videos en youtube hace 20 años!). A veces, tambien olvidamos que debajo de las gorras, los piercings y la chulería se enconden los niños que aún son. Pero, por otra parte, con 20 alumnos por clase y un temario pisándote los talones no siempre es fácil emular al profe de lite de "El club de los poetas muertos".
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