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ISRAelPROFEDELENGUA

"La muerte del funcionario", de Chejov

"La muerte del funcionario", de Chejov

Caricatura de Chejov. El País, 20 de junio de 2004.

Uno de los lugares más bellos de Moscú no está dentro de los límites de la impresionante Kráshnaya Plóschad (’Plaza Roja’, aunque el significado antiguo de Kráshnaya era ’bonita’). Se halla un poco más al sur, río abajo: me refiero al Monasterio y el Cementerio de Novodévichy, un hermoso remanso de paz lejos del bullicio del tráfico del centro. Aquí descansan los restos de uno de los grandes autores rusos: Antón Pávlovich Chejov (1860-1904). Comenzó a escribir relatos humorísticos y caricaturescos bajo el pseudónimo de Chejonté mientras estudiaba la carrera de Medicina, para ganarse unos rublos con los que ir tirando y ayudar un poco a su familia. Casi sin quererlo, Chejov se convirtió en un afamado escritor, especializándose definitivamente en el relato breve y el teatro, con obras maestras entre las que destacan Tio Vania, El jardín de los cerezos o La gaviota. Sus dotes de observación, su facilidad para encontrar las silenciosas tragedias de los personajes de la escena social rusa pre-soviética, la reducción al absurdo de comportamientos y situaciones... son sus credenciales literarias más importantes.

Algunos comentarios muy acertados sobre los personajes chejovianos:

Rubén Salazar Mallén: "La sordidez, la mezquindad y el egoísmo dominan con harta frecuencia a los personajes de sus relatos, y como estos personajes están caracterizados tan diestramente, con tanto arte, la obra de Chejov parece, en su conjunto, una gran galería con retratos de seres en que un escondido miedo de vivir, o el dolor y la miseria han provocado lamentables deformaciones."

Rubén A. Arribas: "El lector lo que ve son personajes en movimiento que hacen su vida cotidiana, y tarde o temprano se da cuenta de que tanta normalidad es sólo apariencia; detrás de esa vida normal hay un despelote tremendo que emerge desde un segundo plano y que no se sabe en qué terminará (bueno, con Chéjov con algún suicidio, casi seguro)."

Héctor Lévy-Daniel: "Todos y cada uno de los personajes padecen una situación de descentramiento: debido a sus errores ninguno encuentra su lugar, y esto genera en cada uno un sentimiento de profunda insatisfacción, explícita o velada. Los personajes de Chejov nunca pueden tener exacto conocimiento (ni siquiera aproximado) de la situación por la que están atravesando. Todos los personajes revelan un enorme desconocimiento de la realidad en la que están sumergidos y una incapacidad para enfrentar los problemas que las circunstancias les imponen. Por esta razón sus expectativas pocas veces se cumplen, o nunca."

Bueno, pues aquí tenemos uno de los famosos cuentos de Chejov, escrito con 23 años; aquí el protagonista es un funcionario demasiado escrupuloso, demasiado celoso de su trabajo, demasiado obsesionado por la "buena educación", demasiado paranoico por el "qué dirán"... Seguro que os gusta.

Una hermosa noche, el no menos hermoso funcionario1 Iván Dmítrievitch Cherviakóv se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville2. Miraba y se sentía en la cresta de la felicidad. Pero, de repente... -en los cuentos ocurre muy a menudo el «de pronto»; los autores tienen razón: ¡la vida está llena de imprevistos!-, de repente su cara se arrugó, sus ojos se contrajeron, su respiración se detuvo... Apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y... ¡achís!, estornudó. Estornudar no se le prohíbe a nadie en ningún lugar. Los aldeanos, los jefes de Policía, los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan.

Cherviakóv no se inmutó, secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que era, miró a su alrededor: "¿no habría molestado a alguien?". Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que el viejecito que estaba sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba afanosamente la calva y el cuello con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Cherviakóv reconoció al general Brizhálov, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.

"Probablemente le he salpicado", pensó Cherviakóv; "no es mi jefe, es un extraño, pero de todos modos es embarazoso... Hay que disculparse".

Cherviakóv tosió, inclinó el tronco hacia adelante y susurró en la oreja del consejero:

-Dispénseme, su excelencia, le he salpicado... Fue involuntariamente...

-No es nada... no es nada...

-¡Por amor de Dios! Dispénseme. No pretendía...

-¡Siéntese, por favor! ¡Déjeme escuchar!

Cherviakóv, avergonzado, sonrió estúpidamente y fijó su mirada en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: lo empezó a torturar la inquietud. En el entreacto se acercó a Brizhálov, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, farfulló:

-Excelencia, le he salpicado... Hágame el favor de perdonarme... Fue involuntariamente.

-¡Basta! ¡Lo había olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo! -dijo el general, y movió el labio inferior con impaciencia.

"Lo ha olvidado, pero en sus ojos se lee la molestia -pensó Cherviakóv mirando al general con suspicacia-. No quiere ni hablarme... Habría que explicarle que fue involuntariamente..., que es la ley de la Naturaleza; si no, pensará que lo hice a propósito, que quería escupirle. ¡Y si no lo piensa ahora, lo puede pensar algún día!..."

Al volver a casa, Cherviakóv le contó a su mujer su descortesía. Pero le pareció que su esposa se tomó el suceso con demasiada ligereza; desde luego, se asustó, pero cuando supo que Brizhálov no era su «jefe», se calmó.

-Lo mejor es que vayas a presentarle tus excusas; si no, puede pensar que no sabes comportarte en público.

-¡Precisamente! Yo le pedí perdón; pero lo tomó de un modo tan extraño... No dijo ni una palabra razonable... En realidad, no hubo tiempo para conversar.

Al día siguiente, Cherviakóv se puso su uniforme nuevo, se cortó el pelo y se fue a casa de Brizhálov a explicarse. Al entrar en el recibidor, vio muchos solicitantes y al propio consejero que personalmente los recibía en audiencia. Después de haber interrogado a varios de los solicitantes, se acercó a Cherviakóv.

-Ayer, en La Arcadia, si recuerda Su Excelencia -así empezó su relación el funcionario- yo estornudé y le salpiqué involuntariamente. Dispen...

-¡Qué sandez!... ¡Esto es increíble!... ¿Qué desea usted?-. El general se volvió hacia la persona siguiente.

"¡No quiere hablarme! -pensó Cherviakóv palideciendo-. Es señal de que está enfadado... Esto no puede quedar así... Tengo que explicarle..."

Cuando el general acabó su recepción y pasó a su gabinete, Cherviakóv se adelantó otra vez y balbuceó:

-¡Excelencia! Si me atrevo a molestar otra vez a Su Excelencia, crea usted que me guío por un sentimiento de arrepiento infinito... ¡No lo hice a propósito, entiéndame!

El general torció el gesto y con impaciencia añadió:

-¡Me parece que usted se burla de mí, señor mío!- Y con estas palabras desapareció detrás de la puerta.

"Burlarme yo? -pensó Cherviakóv, completamente aturdido-. ¿Dónde está la burla? ¡Un general, y no lo comprende aún! Si lo toma así, no pediré más excusas a este fanfarrón. ¡Que el demonio se lo lleve! Le escribiré una carta, pero no vendré más! ¡Por Dios que no iré!"

A tales reflexiones se entregaba tornando a su casa. Pero, a pesar de su decisión, no le escribió carta alguna al general. Por más que lo pensaba, no lograba redactarla a su satisfacción, y al día siguiente, consideró que tenía que ir personalmente de nuevo a darle explicaciones.

-Ayer vine a molestarle a Su Excelencia -balbuceó mientras el general dirigía hacia él una mirada inquisitiva-; ayer vine, no en son de burla, como lo quiso Su Excelencia suponer. Me excusé porque al estornudar, le salpiqué... Pero no fue una burla, créame... Y, además, ¿qué derecho tendría yo a burlarme de Su Excelencia? Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración... No habrá...

-¡¡Fuera de aquí!! -gritó de pronto el general, azulado y trémulo.

-¿Qué? -murmuró Cherviakóv pasmado de horror.

-¡¡Fuera de aquí!! -repitió el general, pataleando de ira.

En el estómago de Cherviakóv algo se estremeció3. Sin ver nada, sin entender nada, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y arrastró los pies de vuelta a su casa... Al llegar, maquinalmente, sin quitarse el uniforme, se acostó en el diván y... murió.

1 Literalmente ejecutor (palabra anticuada), funcionario que se encargaba de asuntos financieros y ejercía funciones policíacas en la oficina pública, en la Rusia zarista.
2 Las campanas de Corneville, opereta de Robert Planquette.
3 “¡El estómago del ejecutor lo digiere todo: come papel, come plumas, come tinta y come arena!” (de una parodia anónima de la época).


Título original: Smert chinovnika, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 27.

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