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ISRAelPROFEDELENGUA

Orson Welles y "La guerra de los mundos" de H.G.Wells

La  compañía del famosísimo director Orson Welles llevó a cabo una versión radiofónica de La guerra de los mundos el 30 de octubre de 1938, la víspera de Halloween -aquí mientras sí había una guerra de verdad-. La novela de Herbert George Wells narraba, en una excelente parábola sobre la fragilidad del ser humano,  la invasión extraterrestre del planeta. Nada parecía pararles a los aguerridos marcianos, hasta que las insignificantes bacterias terrícolas -ningún héroe homínido, no- les machacaron el sistema inmunológico... A Orson Welles le ofrecieron que llevara la historia al cine. Él prefirió filmar "Ciudadano Kane", pero no se resistió a hacer un radiodrama -qué lástima la desaparición de ese género-, bajo una perspectiva diferente: le dio apariencia de informativo.

Tras la presentación ("La CBS presenta a Orson Welles y el Mercury Theatre en La guerra de los mundos, de H. G. Wells”), se escuchaba información sobre el tiempo, y después una música de ritmo lento que era bruscamente interrumpida por el anuncio de la invasión, que era retransmitida "desde el lugar de los hechos", el tejado de la CBS, hasta que el propio locutor muere. Al final una voz decía: “Este es Orson Welles, señoras y señores, fuera de personaje, para asegurarles que La guerra de los mundos no es otra cosa que la diversión de un día libre que pretendía ser. Es la forma radial del Mercury Theatre de cubrirse con una sábana y aparecer detrás de un arbusto gritando ¡buu! [...] Lo hicimos lo mejor que pudimos: aniquilamos el mundo delante de sus oídos, y destruimos la CBS. Se alegrarán ustedes, espero, de enterarse de que en realidad no lo hicimos, y que ambas instituciones siguen con sus negocios. De manera que adiós a todos y por favor recuerden mañana la terrible lección de esta noche: [...] si suena su timbre y del otro lado de la puerta no hay nadie, no se trata de un marciano... sino de Halloween”.

En una manipulación de los límites de la ficción y la realidad que probablemente no se había dado desde el Quijote, Orson Welles utilizó la fe en el género informativo como fuente de verdad para transformar una historia ficticia en algo más que verosímil, en algo tan real que ocasionó una respuesta irracional, un realísimo episodio de histeria colectiva, notablemente exagerado (quizá de manera interesada) por los periódicos. El propio Orson Welles se apresuró a pedir disculpas después, aunque lo imaginamos con un invisible fondo de sorna bajo su apariencia compungida. En realidad estaba más que satisfecho del efecto logrado, del teorema que acababa de demostrar: el infinito poder de los medios de comunicación, la facilidad con la que la informe masa de espectadores puede ser manipulada.

No sabemos si habremos tomado demasiada nota de la enseñanza de Orson Welles, porque parece que sistemáticamente los poderosos han utilizado los medios de comunicación como bastón para perpetuarse en el poder, para deformar a voluntad los hechos, para minimizar daños, para ganarse el favor popular, para desacreditar al enemigo. Antes las manipulaciones masivas se hacían con los libros de historia, contada solamente por los hijos y nietos de los vencedores. Ahora los medios de comunicación han tomado el relevo. Y el hecho de que los medios de comunicación estén tan intrínsecamente ligados a grupos ideológicos o económicos ponen en duda su compromiso de ser fieles a la verdad.

Es cierto que no debemos confundir verdad con objetividad: los seres humanos somos por fuerza subjetivos, porque interpretamos la realidad según nuestro -corto- entendimiento. Así que los "mass media" no son ni pueden ser independientes y objetivos, pero al menos sí tienen la obligación de no contar mentiras. La única garantía que tenemos de estar cerca de esa "áurea mediocritas" de la verdad periodística es que haya una diversidad de medios con diversidad de perspectivas. Menos mal que en democracia sí disfrutamos de ello; en otros lugares solo padecen la "versión oficial" de los hechos... Pero no deja de ser inevitable que siempre hay un componente de fe, hasta en los más ateos. ¿Cómo contrastar toda la tremenda variedad informativa de la que disponemos? Imposible. Al menos queda entonces la estrategia de Descartes: ponerlo todo en duda para hallar así el conocimiento. Pero, bien pensado, cómo no caer en el cinismo si todo lo ponemos en duda. Salir indemne de todo este proceso ya no es cosa solo de los bien informados, ni siquiera de los paladines del conocimiento: eso es cosa de sabios muy sabios.

El experimento de Wells se ha repetido en Georgia. Decían los responsables que se trataba de poner a los televidentes en la tesitura de una hipotética invasión rusa, de cómo sería un "hipotético desarrollo de los acontecimientos". El guion estaba muy elaborado, y tan creíble resultó que aquellos que no vieron la advertencia inicial de que se trataba de una ficción fueron presas del pánico, especialmente los que más próximos vivían a la frontera rusa.

El objetivo del programa era sensibilizar a la sociedad georgiana sobre qué pasaría si no permanece unida frente a "los planes de Rusia". Quizá con un rotulito en la parte inferior de la imagen "Hey, conciudadanos georgianos, esto es ficción" podría haberse evitado el pánico que se ha saldado con cientos de ataques de ansiedad y con dos víctimas (una anciana y el bebé que otra mujer esperaba). Muy caro ha salido el experimento, que no ha demostrado sino lo que ya se sabía, que los seres humanos somos tan frágiles -Wells- como manipulables -Welles-. Como por aquí se dice: "E que din que chove e mexan por nós".

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