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ISRAelPROFEDELENGUA

Prensa y periodismo

"A chave", revista del CPI de Bembibre (Val do Ubra)

Aporto mi granito de arena para dar a conocer el excelente trabajo de los alumnos del CPI de Bembibre (Val do Ubra) y de su profesor de lengua, Alberto Sacido, que desde hace diez años sacan adelante A chave, una estupenda revista escolar que ya ha recibido numerosos premios. Un buen espejo donde podemos mirarnos los que formamos LaGaZetaDeTerZero.

Si hacéis clic en la cabecera de la revista podréis ver la versión en pdf del último número, con el que han ganado el segundo premio nacional de El país de los estudiantes.

Orson Welles y "La guerra de los mundos" de H.G.Wells

La  compañía del famosísimo director Orson Welles llevó a cabo una versión radiofónica de La guerra de los mundos el 30 de octubre de 1938, la víspera de Halloween -aquí mientras sí había una guerra de verdad-. La novela de Herbert George Wells narraba, en una excelente parábola sobre la fragilidad del ser humano,  la invasión extraterrestre del planeta. Nada parecía pararles a los aguerridos marcianos, hasta que las insignificantes bacterias terrícolas -ningún héroe homínido, no- les machacaron el sistema inmunológico... A Orson Welles le ofrecieron que llevara la historia al cine. Él prefirió filmar "Ciudadano Kane", pero no se resistió a hacer un radiodrama -qué lástima la desaparición de ese género-, bajo una perspectiva diferente: le dio apariencia de informativo.

Tras la presentación ("La CBS presenta a Orson Welles y el Mercury Theatre en La guerra de los mundos, de H. G. Wells”), se escuchaba información sobre el tiempo, y después una música de ritmo lento que era bruscamente interrumpida por el anuncio de la invasión, que era retransmitida "desde el lugar de los hechos", el tejado de la CBS, hasta que el propio locutor muere. Al final una voz decía: “Este es Orson Welles, señoras y señores, fuera de personaje, para asegurarles que La guerra de los mundos no es otra cosa que la diversión de un día libre que pretendía ser. Es la forma radial del Mercury Theatre de cubrirse con una sábana y aparecer detrás de un arbusto gritando ¡buu! [...] Lo hicimos lo mejor que pudimos: aniquilamos el mundo delante de sus oídos, y destruimos la CBS. Se alegrarán ustedes, espero, de enterarse de que en realidad no lo hicimos, y que ambas instituciones siguen con sus negocios. De manera que adiós a todos y por favor recuerden mañana la terrible lección de esta noche: [...] si suena su timbre y del otro lado de la puerta no hay nadie, no se trata de un marciano... sino de Halloween”.

En una manipulación de los límites de la ficción y la realidad que probablemente no se había dado desde el Quijote, Orson Welles utilizó la fe en el género informativo como fuente de verdad para transformar una historia ficticia en algo más que verosímil, en algo tan real que ocasionó una respuesta irracional, un realísimo episodio de histeria colectiva, notablemente exagerado (quizá de manera interesada) por los periódicos. El propio Orson Welles se apresuró a pedir disculpas después, aunque lo imaginamos con un invisible fondo de sorna bajo su apariencia compungida. En realidad estaba más que satisfecho del efecto logrado, del teorema que acababa de demostrar: el infinito poder de los medios de comunicación, la facilidad con la que la informe masa de espectadores puede ser manipulada.

No sabemos si habremos tomado demasiada nota de la enseñanza de Orson Welles, porque parece que sistemáticamente los poderosos han utilizado los medios de comunicación como bastón para perpetuarse en el poder, para deformar a voluntad los hechos, para minimizar daños, para ganarse el favor popular, para desacreditar al enemigo. Antes las manipulaciones masivas se hacían con los libros de historia, contada solamente por los hijos y nietos de los vencedores. Ahora los medios de comunicación han tomado el relevo. Y el hecho de que los medios de comunicación estén tan intrínsecamente ligados a grupos ideológicos o económicos ponen en duda su compromiso de ser fieles a la verdad.

Es cierto que no debemos confundir verdad con objetividad: los seres humanos somos por fuerza subjetivos, porque interpretamos la realidad según nuestro -corto- entendimiento. Así que los "mass media" no son ni pueden ser independientes y objetivos, pero al menos sí tienen la obligación de no contar mentiras. La única garantía que tenemos de estar cerca de esa "áurea mediocritas" de la verdad periodística es que haya una diversidad de medios con diversidad de perspectivas. Menos mal que en democracia sí disfrutamos de ello; en otros lugares solo padecen la "versión oficial" de los hechos... Pero no deja de ser inevitable que siempre hay un componente de fe, hasta en los más ateos. ¿Cómo contrastar toda la tremenda variedad informativa de la que disponemos? Imposible. Al menos queda entonces la estrategia de Descartes: ponerlo todo en duda para hallar así el conocimiento. Pero, bien pensado, cómo no caer en el cinismo si todo lo ponemos en duda. Salir indemne de todo este proceso ya no es cosa solo de los bien informados, ni siquiera de los paladines del conocimiento: eso es cosa de sabios muy sabios.

El experimento de Wells se ha repetido en Georgia. Decían los responsables que se trataba de poner a los televidentes en la tesitura de una hipotética invasión rusa, de cómo sería un "hipotético desarrollo de los acontecimientos". El guion estaba muy elaborado, y tan creíble resultó que aquellos que no vieron la advertencia inicial de que se trataba de una ficción fueron presas del pánico, especialmente los que más próximos vivían a la frontera rusa.

El objetivo del programa era sensibilizar a la sociedad georgiana sobre qué pasaría si no permanece unida frente a "los planes de Rusia". Quizá con un rotulito en la parte inferior de la imagen "Hey, conciudadanos georgianos, esto es ficción" podría haberse evitado el pánico que se ha saldado con cientos de ataques de ansiedad y con dos víctimas (una anciana y el bebé que otra mujer esperaba). Muy caro ha salido el experimento, que no ha demostrado sino lo que ya se sabía, que los seres humanos somos tan frágiles -Wells- como manipulables -Welles-. Como por aquí se dice: "E que din que chove e mexan por nós".

"No somos el ombligo del mundo", por Ángel Valle

"No somos el ombligo del mundo", por Ángel Valle

Ángel Valle escribe en La Razón un interesante artículo de opinión sobre la necesidad de autocrítica del periodismo actual...

NO SOMOS EL OMBLIGO DEL MUNDO

La irrupción de las nuevas tecnologías y la revolución que su aplicación al mundo de la comunicación ha supuesto han abierto un debate en el mundo del periodismo que ha ocupado, y todavía lo hace, buena parte de los esfuerzos y el tiempo de los profesionales del sector. Sin embargo, y pese a que este nuevo panorama que se nos abre está cambiando la profesión desde sus cimientos, dicho debate se ha centrado casi siempre en aspectos más de forma que de fondo. Es decir, la revolución tecnológica afecta, fundamentalmente, a los soportes; ahora, además de la Prensa, la radio y la televisión, podemos estar informados también a través del ordenador o del móvil. Sin embargo, aún queda pendiente un debate mucho más importante, que afecta directamente al espíritu de la profesión y que no es otro que saber quiénes somos, qué espera la sociedad de nosotros, cuál es nuestra función en el nuevo orden y, en definitiva, qué significa, hoy en día, ser periodista y hacia dónde vamos. Y para ello, lo primero que hace falta es humildad, algo que, desde luego, brilla por su ausencia en buena parte de nuestra profesión -al igual que en muchas otras, todo hay que decirlo-. Humildad para hacer autocrítica; humildad para entender que no somos intocables ni infalibles; humildad para huir del mesianismo; humildad para evitar el corporativismo absurdo; humildad para aceptar que nos equivocamos y para pedir perdón sin necesidad de sentencias judiciales; humildad para reconocer que sólo somos meras correas de trasmisión entre la información y la gente; humildad, en definitiva, para darnos cuenta de que somos una profesión como otra cualquiera y que no nos ha señalado Dios con el dedo para realizar una misión. Y es que, los periodistas no somos el ombligo del mundo. Olvidamos con demasiada frecuencia que no somos garantes de nada. Que nuestra misión es mostrar la realidad, no darle forma a nuestro antojo para enseñarla conforme a determinados intereses, por muy honorables que éstos sean. Investigar, sí, por supuesto, pero no manipular. Desgraciadamente, en demasiadas ocasiones primero se eligen las conclusiones y después se busca que la realidad se adapte a ella. Aquel dicho de no dejemos que la verdad nos estropee un buen titular es el pan nuestro de cada día. ¿Cuántas tropelías no se habrán cometido en nombre de la libertad de expresión?, ¿cuántos supuestos profesionales no son, en realidad, unos terroristas de la palabra? ¿Vale todo?, ¿se puede insultar a alguien por no estar de acuerdo con él, por no compartir sus ideas o su concepción del mundo? No, no vale todo. No es lo mismo discrepar que descalificar, criticar que ofender, denunciar que herir. El papel del periodista es fundamental, de vital importancia para el buen funcionamiento de la sociedad. Por eso mismo, debemos tratar de no ensuciarlo y de no dejar que determinados elementos lo enturbien cada día con insultos y soflamas apocalípticas. No debemos olvidar que esos Mesías de la verdad también responden a intereses personales. Si queremos recuperar una parte de la autoestima perdida, empecemos por nosotros mismos, por hacer autocrítica y por asumir con rigor y la máxima entrega nuestra tarea, que principalmente es informar. Otra cosa son las secciones de opinión y para tal fin existen.

La Razón, 20-11-2008

¡No en mi periódico!

Excelente ejemplo de cómo debemos respetar el trabajo de la (buena) prensa y el periódico-de-cada-día, hasta las máximas consecuencias... (los principios son los principios).

¿Cómo se sintió usted al enterarse de que su hermano iba en el avión siniestrado de Spanair?

"Tú es que eres gilipollas, ¿no? No te jode, como me iba a sentir, ¿no te lo imaginas, so memo?"

Bien. Es un diálogo inventado, pero bien podría ser cierto. De hecho, la pregunta del ¿periodista? es casi textual. Lamentable. La zafiedad, la insensibilidad, el despropósito del periodismo más mezquino, más amarillo, deseoso de hurgar en las heridas, de rescatar el morbo, de preguntar lo obvio, de adjetivar gratuitamente, de relatar los detalles más repugnantes... venía siendo una constante en los medios de comunicación en los últimos años, pero definitivamente este subperiodismo degradante ha quedado patente con la bochornosa cobertura mediática del accidente del avión de Spanair en Barajas. ¿Dónde han quedado los cronistas serios, rigurosos? Ahora solo quedan "comunicadores", payasos en busca del paraíso del share y el prime time.

De verdad que a veces lo pienso: somos un país asqueroso.

"Hablamos fatal", por J. A. Xesteira

"Hablamos fatal", por J. A. Xesteira

Reproduzco íntegro el artículo de J. A. Xesteira para el Diario de Pontevedra (28 de agosto de 2008). Una reflexión interesante sobre el periodismo que nos "ataca"...

HABLAMOS FATAL

Y escribimos igual. Me refiero a los periodistas en general y a nadie en particular. Lo grave es que lo que se habla y escribe en los Medios es el máximo común divisor de lo que se habla en la calle. En las tribunas parlamentarias, en los debates radiofónicos, y unos y otros, los Medios y el personal muncipal, espeso y semoviente, interactúan, se contagian, se prestan las palabras absurdas, las frases deslavazadas, las malas traducciones de neologismos, anglicismos, principalmente, y todo se vuelve una jerigonza pobre y rastrera. No sé de quien es la culpa, si de las facultades que mantienen un nivel de “todos juntos, que nadie destaque, que es peor” o la propia sociedad, que ha colocado en la escala de valores a la cultura, al saber, a la gramática y la ortografía, muy por debajo de otros supuestos valores más competitivos y enriquecedores. De siempre cualquier patán fue capaz de hacer millones con sólo garabatear su firma; no se pide más para poder hacer dinero. El mundo de la cultura nunca cotizó en el mercado de valores. Pero el nivel que asoma por las pantallas de televisión y en más de un titular de primera página (por cierto, los periódicos no tienen portada, como suelen decir los habladores de televisión, sino primera página) es de alarma roja. Veo la tele, y entre anuncios que me recomiendan un “Riddel Splash” para matar cucarachas con impulsos digitales (una posible estafa televisiva) y un “Schlinder Shaper” o algo así, para realzar el busto, asisto estupefacto a las conexiones en directo a las que son tan aficionados los informativos de un tiempo acá; parece que la persona que está en la redacción no tiene datos para contar, por lo cual mandan a un enviado para que lo cuente desde la plaza del pueblo del asesino o la puerta de los juzgados de una capital de provincia. Y ahí, en directo, sin haberlo escrito previamente, el o la enviado/a especial se hacen un lío en sus partes y no dan pie con bola, cuentan cuatro tópicos, cinco lugares comunes y se pierden en una explicación que no nos aclara nada. El pasado accidente aéreo, que todos los Medios han convertido en un circo siniestro, fue la piedra de toque para mostrar una evidencia: no saben hablar, no saben contar, que es la condición básica para ser un periodista en directo. Cuando los supuestos enviados (casi todas enviadas) tienen que improvisar, se dicen cosas como que los familiares de las víctimas estaban indignados, pero después de hablar con un técnico de la compañía ya quedaron “contentos”, o que esos mismos familiares, por lo menos pudieron disfrutar de los triunfos olímpicos. La pobreza periódistica con que fue tratada la noticia del siniestro, además de gastar todo el surtido de adjetivos (una vieja norma periodística decía que lo evidente no necesita adjetivos) y, por supuesto, el calificativo de “espectáculo dantesco” (¡pobre Dante, todos lo citan sin haberlo leído para saber de que va ese espectáculo!) demostró que algo está fallando en el periodismo, y está fallando desde hace mucho tiempo. Se hicieron entrevistas a personajes tangenciales, a un bombero que pasaba por allí, a un enfermero al que preguntaban si los del Samur habían recibido asistencia psicológica (sólo faltó preguntarle a los psicólogos si ellos también habían tenido asistencia psicológica) y una serie de preguntas retóricas, absurdas, redundantes, sin objetivo claro, con un lenguaje perdido en la necesidad de llenar un tiempo de información en el que no había nada dentro. Y lo que se expresa mal de palabra se lleva al papel de la misma manera; hagan la prueba. Hace un par de días, en un diario que no voy a nombrar pero es de alcance nacional, leía que mil y pico de policías “se dedican a la violencia machista”. Así, no es de extrañar, con tanto uniformado “dedicado” a machacar a las mujeres, es milagro que no haya más víctimas. La gramática elemental se cotiza ya muy cara en este país. Un viejo colega de periódico solía regañar a los becarios, que por aquel entonces se llamaban “de prácticas” porque habían descubierto los dos puntos y las comillas, y dentro de eso metían cualquier frase de cualquier rueda de prensa (otro mal invento del periodismo actual); decía él a los chavales que las tonterías que dicen los concejales, los futbolistas, los empresarios, los artistas, no son artículo de fe gramatical y lo textual no tiene nada que ver con el periodismo. “Acabarán escribiendo como concejales de tercera o como boxeadores sonados, todo por las putas comillas”. Puede que tuviera razón, pero es lo que hay y hay que darle la vuelta a lo que es, porque, de otro modo dentro de poco hablaremos poco y mal y escribiremos mucho (mensaje) y peor. A veces basta con aplicar las leyes, sobre todo las comerciales que regulan los productos en su publicidad; ya es raro que un producto esté escrito totalmente en español, un desodorante es un “natural protect”, una crema, una “soft lotion”, hasta el Banco de Santander tiene un “open bank” y una marca de ron vende mojitos en un idioma que se supone que es inglés. Todo viene en “pack” cuando realmente viene en un paquete, y las películas de estreno ya ni se traducen sus títulos, ni falta que hace. Mientras, los políticos encontraron el filón de hacer un nuevo frente bélico sobre la guerra de las lenguas autonómicas y el castellano triunfante. Se equivocan como la paloma de Alberti, que por ir al Norte, fue al Sur. El problema no es una lucha de lenguas, sino que las que hay las manejan sin el más mínimo rigor ni rubor, comenzando por los propios políticos, que lo único que esperan es ver sus tonterías metidas entre comillas en la primera página de un periódico o en su imagen en televisión, rodeada su cara de micrófonos.

Patinazos de la prensa escrita

Aquí os dejo una presentación (es la primera que hago en mi vida, así que perdonad los defectillos...) que he hecho a base de la recopilación de Jesús Marchamalo de los disparates que los telespectadores del programa de La 2 de TVE "Al habla" (patrocinado por el Instituto Cervantes) iban encontrando y enviando a la sección "El museo de los horrores". Esa sección tenía el propósito de mostrar los malos usos del idioma en los medios de comunicación: equívocos y malentendidos provocados por erratas, errores sintácticos o gramaticales, usos incorrectos de las palabras... Y tras el aluvión de "denuncias", está claro que los errores no son cosa extraordinaria en la prensa, aunque errare humanum est...

Como podéis ver, en la prensa hay lugar para brillantes redactores, pero también para enormes chapuceros (como la vida misma, vamos). Apuesto a que no podéis contener al menos una carcajada.


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