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ISRAelPROFEDELENGUA

Microrrelatos del profe de lengua

Traducción inconclusa

Pintura de María José Daffunchio

Grégori Gregórevich Sóbolev todavía conservaba un porte distinguido, pero el tiempo, implacable, había dejado sus marcas. Hacía mucho tiempo de Cuba, de la Revolución. Encorvado y encanecido, Grégori Gregórevich era un mal plagio de aquel joven traductor, alto, rubio, apolíneo, que iluminaba el Malecón de La Habana con sus largas zancadas.

Cuando se acabaron las palabras que traducir, regresó a la Unión Soviética, a un confortable puesto de profesor titular en la Universidad Lingúística de Minsk. Lóshad, caballo, le llamaban maliciosos sus alumnos, pero era verdad que los años le habían dejado un aire de jamelgo arrocinantado. Fumaba cigarrillos ásperos, con un filtro de cartón que arrugaba con sus dedos afilados. Respiraba el humo con nervio, como si en alguna de las bocanadas esperase revivir el sabor salado de la brisa del Caribe.

Coincidía con él en los baños del cuarto piso, el único lugar del edificio en el que estaba permitido fumar. "¿Cigarrillos americanos?", señalaba mis manos, y ladeaba la cabeza con disgusto. Un día me preguntó: "¿Qué significa exactamente la palabra logística?". Yo traté de complacerle, sin resultado. Buscaba una palabra rusa que la tradujese de manera limpia, un giro perifrástico quizá, pero ninguna solución le satisfacía: organización, gestión, administración... Logística... Volvió a insistir unas cuantas veces más: más preguntas, más cigarros, más respuestas insatisfactorias.

Comenzó a ausentarse poco a poco del ritual; las pocas veces que le veía, le notaba más circunspecto, más esquivo. A través del humo y los ventanales, su mirada volaba por encima del horizonte de edificios, hacia los entresijos de la memoria.

Un día me dijeron que había caído enfermo. Solo unas semanas después, el decano recibió una lacónica llamada de teléfono: Grégori Gregórevich Sóbolev había muerto. Al día siguiente, casualidades de la vida, la Academia de la Lengua Rusa publicó su nuevo diccionario. Entre los nuevos vocablos que incorporaba, allí estaba la palabra, логистика, logística, una adaptación burda de un galicismo inaceptable.

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En otras circunstancias

En otras circunstancias

Foto: Sergei Grits (The Associated Press)

Como una cenicienta que temiese las campanadas de medianoche, Katja quiso irse pronto de la fiesta, y Maurizio, tras insistir inútilmente en que se quedase, la acompañó hasta la parada del autobús, frente al parque Gorki. Ya se habían dicho adiós por última vez hacía cinco años, y cinco años después volvían a hacerlo, con el peso triste de saber ambos que esa vez sí sería la despedida definitiva.

La nieve de la noche anterior se había convertido en hielo, y ella, para asegurar el paso, de una manera natural e inofensiva, enroscó su brazó alrededor del de él. Sin embargo, y pese al frío polar, Maurizio sintió que le ardían las mejillas, y que su alma trastabillaba ya por las resbaladizas laderas de los sentimientos escondidos.

Llegaron a la parada del autobús. Sus brazos se desanudaron. Ella compuso la bufanda que se descolgaba rebelde, del cuello de él. "Si te resfrías, me sentiré culpable". El corazón de Maurizio galopaba en una alfombra de estrellas cristalizadas. Katja resumió los cinco años de ausencia mutua. Él buceaba en sus ojos puros y azules, mientras escuchaba. Ella le habló del desengaño de las expectativas, del peso de la reponsabilidad, de la tristeza del paso del tiempo. "Siento que mi vida no es mía". Y él pensó por un momento si debía ser él quien la ayudara a recuperarla.

El autobús 244 no llegaba. Maurizio encendió un cigarrillo, ansioso. Querría decirle lo mucho que valía, lo mucho que debía quererse a sí misma, pero esas palabras sonaban ridículas en su mente. Algo en él -o en ella- lo animaba simplemente a recorrer su inocencia con la boca, a abandonarlo todo por ese pálpito repentino. A subir la apuesta más allá del límite de lo razonable. Era la parte de él que soñaba con que ningún autobús pasase, con que el alba no apagase las farolas. La otra parte intuía que el alba, inexorable, sí apagaría las farolas, y que el riesgo de aquella apuesta era inasumible.

"¡Oh, Katja!". Él sujetó suavemente su cabeza con las dos manos, deslizó sus dedos por las cascadas de su pelo, y se inclinó sobre su rostro. Y la besó. En la frente. Aquel beso no saciaba a ninguno de los dos, pero los dos sonrieron.

Katja detuvo un taxi, segura ya de que el autobús no pasaría esa noche. "Hasta siempre". Los dos veían la mirada líquida en los ojos del otro, pero ninguno añadió nada. Maurizio insistió en pagar, y dejó un billete de 20.000 rublos en la palma de su mano. Para ella era una pequeña fortuna y no se negó a rechazarlos una segunda vez. Ella le dio las gracias y entró en el coche. "Úlitsa Púshkina", alcanzó a oír él. Aunque pagar el taxi era un detalle imprescindible, no pudo evitar sentirse sucio, como si hubiese tratado a una reina como a una ramera barata. Katja ya no se volvió para un último gesto de adiós; el Lada se alejó por la avenida Skorina, hasta que sus faros se diluyeron entre las luces nocturnas de la ciudad.

De vuelta a la fiesta, Maurizio se unió con fingido entusiasmo al coro de conocidos que le brindaban buenos deseos para el futuro. Apuró el penúltimo vaso de vodka, mientras pensaba que quizá en otras circunstancias, él no habría regresado: habría acompañado a Katja a su apartamento, o hasta el fin del mundo. En otras circunstancias.

Eliseo

Eliseo

In memoriam Argimiro Iglesias Vázquez (1932-2012)

Un paso, y otro, y después otro más. Eliseo emprendió su rutina diaria, que don Alejandro le había prescrito con ese tonillo suyo, que mezclaba cariño y condescencia a partes iguales: "Eliseo, menos plato y más zapato". Él refunfuñó, pero fue obediente, y el día siguiente fue el primer día de su nuevo oficio de caminante.

La de aquel domingo era una mañana especialmente luminosa. Y estaba de buen humor: "Vai ser certo que andar é bo para o corazón". La rutina de sus paseos lo llevaban desde su casa a la plaza de abastos, de la plaza de abastos a la Banda del Río, de la Banda del Río a la alameda. Allí, antes de que el corazón le exigiese un descanso mayor, se detenía ante un poste de la compañía eléctrica que los vecinos empapelaban con esquelas. "Fulano, que xoven". "Mengana, caramba, aínda durou ben anos". Luego, de la alameda al muelle, y de vuelta a casa, un paso, y otro, y después otro más.

Inició la caminata. Como era festivo, no pudo entrar en la plaza de abastos para divertirse con el alboroto de las pescantinas. No le importó ese pequeño contratiempo: se sentía fuerte, radiante, contagiado por aquella mañana que resplandecía. Sí observó las fachadas blancas de la Banda del Río, los primeros brotes de los almendros de la alameda. También leyó las esquelas del poste de la compañía eléctrica. Entre el batiburrillo de cuartillas grapadas, se fijó en una esquela sin cruz, atípica en el texto y la disposición: "El señor don Eliseo Souto Pérez durmió en Jesús el día 18 de febrero de 1933, a los 80 años de edad. Su esposa, hijos, hermanos, sobrinos y demás familia agradecen las condolencias e invitan a asistir al breve funeral que tendrá lugar el lunes, a las 17:00 horas, en el cementerio municipal. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo". Volvió a leer, extrañado: "Eliseo Souto Pérez". Era él.

Miró a su alrededor. No había nadie. De hecho -ahora caía en ello- no se había cruzado con nadie durante el paseo, ni siquiera con alguna de las devotas católicas que acudían a misa de ocho. El café de la alameda estaba cerrado, también el kiosko de prensa. Nadie, más que él. Todo silencio, salvo el grito de las gaviotas y el embate de las olas contra el muelle. Se sintió desorientado.

La fuerza de la costumbre lo llevó al extremo del espigón. El mar brillaba tanto que le cegaba. Fue en ese momento cuando, detrás de él, sintió una Mano Ligera que flotaba en su hombro, y una Voz Suave que le susurraba al oído en un lenguaje sin palabras. Entonces sonrió, se dio la vuelta y abrió los ojos.

Próxima parada, Sol

Próxima parada, Sol Como si no hubiese tenido existencia previa, todo pareció que sucedía por primera vez a los catorce años. La primera vez que viajaba solo en tren. La primera vez que se perdía en el alboroto de una gran ciudad. La primera vez que tomaba el metro. La primera vez que se enamoraba, no de una mujer de carne y hueso, sino de una voz, delicada, cristalina, excitante, que decía: "Próxima parada, Sol".

Disfraz de carnaval

Disfraz de carnaval

Aquel año, cansado de llamativos trajes de fantasía, decidió disfrazarse de sí mismo. Lo que no esperaba era que todos, absolutamente todos, siguiesen sin reconocerle.

Obsesión

Obsesión

 

El aborrecimiento con que la aborreció fue mayor que el deseo con que la había deseado (2º libro de Samuel, capítulo 13).

 

Nunca antes le había interesado una mujer como aquella. En realidad, aquella fascinación carecía de todo sentido: no era especialmente bella, ni esbelta; tampoco especialmente dulce o delicada. Sin embargo, había en ella algo perturbador, un halo oscuro, una sensualidad tórrida escondida entre esas guedejas de pelo negro, en las curvas de sus pequeños senos, en la generosidad de sus caderas. Era nada, y era todo, lo que removía en él los demonios de la naturaleza. Se sentía como en un túnel. Sus pensamientos lo arañaban como murciélagos.

Como un juego, para desahogar su carga, comenzó por bromear con ella, por regalarle algunos piropos inofensivos. Ella movía la cabeza fingiendo disgusto, pero él la conocía sobradamente de esos intermedios de café y galletita que ambos compartían con los otros compañeros de oficina: sabía que no le gustaban las flores, las frases empalagosas, los abrazos; pero también sabía que sus cuarenta y cinco años le pesaban demasiado, que no le gustaba conducir, que su gato no era para ella suficiente compañía.

Se dejó ir, pensando que en cualquier momento podría cortar aquella obsesión absurda. Continuó con coqueteos aparentemente casuales, tan directos como para desconcertarla, pero lo suficientemente sutiles como para no parecer insolente. Sintió que ella entraba definitivamente en el juego cuando, un día que sus miradas se cruzaron, él deliberadamente aguantó la suya. Ella bajó los ojos, pero él siguió atravesándola, seguro de que volvería a mirarle. Así sucedió, y en ese instante entendió que un abismo se abría ante él, definitivo.

Dejó pasar algún tiempo más, alimentando la ansiedad de ella. Ella quiso parapetarse tras una máscara de arrogancia, dispuesta a presentar batalla. Pero él rehuyó la pelea, la ignoró calculadamente, hasta que una tarde se presentó de improviso en su apartamento. No dijo nada. Ella sí quiso decir algo, pero nada rompió el silencio. Él la arrimó con fuerza contra la pared, y buscó la humedad de su boca, sin más caricias que las necesarias.

Sabía que un preliminar sentimental los defraudaría a ambos. Por ello fue deliberadamente brusco, la llevó hacia el sofá, la sentó en sus piernas, de espaldas, le giró la cara, la besó con furia. Su mano buscó el calor de las ingles, bajo la falda. Ella gemía, la voluntad entregada. Luego la bajó al suelo, le arrancó la ropa, entró en ella como un animal rabioso. Quería romperla con cada embestida. Ella lo ataba con sus piernas mientras extendía sus brazos a lo largo de la alfombra. La embestía todavía cuando empezó a pensar qué coño hacía él allí, tirándose a aquella zorra insulsa. La embestía todavía cuando se sintió embotado de su olor, cuando empezó a sentir náuseas, de ella y de sí mismo, de aquel sexo miserable. La embestía todavía cuando le agarró el cuello, para apagar esos gritos de placer que le estallaban en la cara. La embestía todavía cuando sintió que cedía la presión en sus caderas, los gemidos, el brillo de la mirada.

Finalmente se retiró, exhausto. Ella permanecía con los ojos abiertos. Se vistió y salió a la calle a toda prisa. Agradeció el aire fresco de la noche. En lo alto, se desperezaba una luna blanca, llena, hermosa.

La Estrella de los Magos

La Estrella de los Magos

Inspirado en un hecho real...

Noche de Reyes. Un velo de oscuridad cierra toda la Terra Cha lucense; solo los tramos de carretera por los que pasamos, hacia Ourense, van encendiéndose y apagándose alternativamente, a medida que los faros del coche apuntan y dejan de apuntar al asfalto. Apenas hay vehículos, ni en un sentido ni en otro. De repente, un fulgor atraviesa el cielo y lo ilumina todo, como en un espectáculo de pirotecnia. Es una luz potente, cálida, hermosa: ¡la Estrella que guía a los Magos! No, no puede ser... Claro que no, ya me doy cuenta, es el destello del flash de un cinemómetro de la Dirección General de Tráfico. Sumergido en mis meditaciones, me debió de pasar desapercibida una señal de tráfico que probablemente anunciaba, cien metros antes, con funesto pareado, "Por su seguridad, control de velocidad". Maldito radar. Definitivamente, se acabó la Navidad.

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Brindis de Navidad

Brindis de Navidad

Hoy es Nochebuena, y en una semana será Nochevieja, pocos momentos más tradicionales que estos para las felicitaciones y buenos deseos. Así que yo también me uno a la tradición, y a todos -a los que os conozco personalmente y a los que no- os deseo de corazón un Feliz Camino: que encontréis aquello que buscáis, y que sepáis buscar aquello que necesitéis. Permitidme regalaros un modesto microrrelato...


BRINDIS DE NAVIDAD

Mientras descorchaba la botella, Tinín sintió una punzada de culpabilidad por todas las Navidades perdidas. Pero bueno, al fin estaba en casa, y allí estaba todo listo, como en una postal perfecta, el fuego de la chimenea, las luces del árbol, los villancicos sonando en el tocadiscos, el cordero asándose en el horno... Vertió el champán –del caro, la ocasión lo merecía- en las dos copas. Se entretuvo un segundo, observando las burbujas que subían juguetonas a la superficie, y su mente voló por un instante a todos los mares recorridos, todos los puertos desembarcados, todas las novias fugaces cuyo amor había saboreado. Pero ese año, por primera vez había sentido el anhelo profundo de colgar las redes, de sentir para siempre un suelo firme bajo los pies. Así que, un poco nervioso, como un actor debutante en el estreno de una obra de teatro, se esforzó en la representación que sabía que de él se esperaba. "Bueno… Feliz Navidad!". No encontró la respuesta esperada. Alrededor, todo seguía en su lugar: el fuego, las luces, los villancicos, el cordero. "Feliz Navidad, Nieviñas!", repitió con la copa en alto, en un tono más afectuoso. Las burbujas subían más lentas, más pesadas. "Veña ho, por esta Navidad, muller, a primeira de moitas xuntos", añadió al fin, como esperando algo. Todavía tardó diez minutos en comprender que allí ya no había nadie, que Nieves lo había abandonado, que la última burbuja hacía tiempo que había desaparecido. Solo estaba él, con un fuego, con unas luces, con unos villancicos, con un cordero.

El funeral (artículo de costumbres).

Llega la hora última, la hora de sellar la piedra de la tumba. Un corrillo de conocidos y semidesconocidos hacen cola, como en la carnicería, y no se conforman con saludar en silencio e irse, sino que, haciendo ostentación de su presencia, como si enseñasen el ticket al tendero, palabrejean al oído de la viuda, del huérfano, creyendo pretenciosos que sus palabras constituyen mayor consuelo que el sencillo susurro del viento en las ramas del magnolio que domina el cementerio. El eco de la última elegía se apaga, al poco marchan los enterradores, y la multitud, por un momento respetuosa a causa del mínimo decoro, ya satisfecha de sí misma y del espectáculo del dolor, retarda su salida del recinto para entretenerse ahora con conversaciones fútiles, cada vez más alegres y ruidosas. La vida sigue... como si nada en realidad hubiese ocurrido. El camposanto se vacía poco a poco, hasta que solo queda en el aire, mezclado con el de los crisantemos, un aroma de soledad y desamparo.

El gallo de la Quinta da Foz

El gallo de la Quinta da Foz

Un pequeño relato dedicado a un gallo madrugador que nos despertó una noche que dormimos en Oporto.

 

A las seis de la mañana, el viejo gallo de la Quinta da Foz notó las primeras y tenues luces del amanecer. Abrió su único ojo sano y apuntó con él al este, al horizonte del que colgaba el puente sobre el río Douro. Presintió que ese día no sería como otro cualquiera, que algo excitante sucedería que lo liberaría de su tediosa rutina de guardián de gallinero. Se sentía mayor. A las seis y diez de la mañana, le pareció que todas las gallinas estaban despiertas ya, incluso la más perezosa, una ponedora de primera que miraba con cierto desprecio a sus vecinas de corral. Siguió cantando para asegurarse de que todas se espabilasen. "Estúpidas", pensó. A las seis y veinte de la mañana, el gallo siguió cantando, con kikirikís rítmicos y penetrantes. Miraba su ojo ahora hacia el oeste, donde todavía se confundía, negro sobre negro, la espesura del mar con la espesura del cielo. Decenas de gaviotas zigzagueaban sobre ese lienzo oscuro, locas todas de felicidad, gritando todas en anárquica sinfonía. El concierto estridente irritó al gallo: "Cantan mal". Se esforzó por emitir un kirikí majestuoso y profundo, digno de sus mejores tiempos. Las gaviotas parecieron ignorarle. A las seis y treinta el gallo siguió cantando, envidioso de las divertidas piruetas de aquellos pájaros: "Qué alto vuelan". Batió sus alas inútiles durante un momento; las gallinas cacarearon extrañadas. "Imbéciles", pensó. A las seis y cuarenta, escuchó las inconfundibles pisadas del amo de la Quinta, que arrastraba con dificultad una de sus piernas. No vio venir el terrible golpe, que le dio de lleno en la cabeza por el lado de su ojo ciego. Sintió un dolor agudo que lo hizo marearse y perder el equilibrio. Rojo sobre rojo, notó cómo chorreaba un viscoso líquido que empapaba su cresta, sus barbillas. A las seis y cincuenta, el viejo gallo de la Quinta da Foz dejó de respirar. Su único ojo sano seguía mirando al cielo, pero el iris ya había perdido, para siempre, su color miel. Decenas de gaviotas seguían chillando, saludando el nuevo día. Los primeros rayos del sol acariciaban las aguas del río: ya eran las siete de la mañana.

Cambio de hora

Cambio de hora

Un microensayo, más que un microrrelato, juguetón, escrito sin embargo con la melancolía que siempre produce la inexorabilidad del paso del tiempo.

Mañana a las 2:00 serán las 3.00, y una hora de mi vida será secuestrada impunemente. A nadie parece importarle este delito de increíbles proporciones. Ni siquiera a mi mujer, que me mira entre aburrida y condescendiente, como si mi indignación no fuese más que la pataleta de un niño caprichoso. Escucho por la radio que se trata de aprovechar mejor la luz solar, de compensar el inmutable ciclo de las estaciones. Un terrible cataclismo que sucedeu hai milleiros de anos desviou o eixo da Terra da súa vertical. Soy de natural aprensivo; al oír la palabra "cataclismo" bajo la velocidad y me encojo sobre mí mismo en el asiento del coche. Ao quedar oblicuo o eixo, os hemisferios receben a luz do sol por desigual. Las líneas contínuas de la carretera se transforman en meridianos, en husos horarios. Con precaución, trato de que las ruedas del coche pisen la pintura blanca, como si el destino final de mi viaje fuese el polo norte geográfico, y no la casa de mis suegros. Imaxinemos que estamos lendo un libro, e a luz da lámpada se move; haberá que cambiar a postura, moverse con ela. Por un momento me dejo seducir por la imagen del lector que se mueve al ritmo de un escurridizo flexo con patas. Pero no. Dicen que recuperaré esa hora perdida al llegar el otoño, pero no, yo no me lo creo, sospecho que me están timando, que esa hora que me darán no tendrá el valor de esta que me pretenden robar. Haberá un aforro enerxético estimado do 5%. Me detengo en la siguiente gasolinera; apago el motor, le doy las llaves a la chica: veinte euros de gasóleo. Continúo ruta, pero ya no enciendo la radio. Estoy más seguro de mí mismo. He trazado un plan. Cerraré puertas y ventanas, desenchufaré todos los aparatos eléctricos, esperaré en la soledad del salón: 1:57, 1:58, 1:59. Si me concentro con todas mis fuerzas, lograré que sean las 2:00, y las 2:01, y las 2:02. No se me escurrirá esa hora, y la viviré a oscuras, en silencio, hasta que el sueño me venza. La disfrutaré porque es mía, solo mía. Llego a casa de mis suegros satisfecho de mí mismo. Como no uso ni quiero usar esos pesados relojes de pulsera, miro instintivamente el minutero de la cocina para saber a qué hora hemos llegado. Creo que el aroma del pollo al horno me confunde, no puedo haber tardado tanto. "No", ríe mi mujer, "es mi padre que ya ha cambiado la hora, nunca espera hasta la noche". Me dejo caer en la silla, derrotado. Nada podré cambiar. Mañana a las 2:00 serán las 3.00, y una hora de mi vida será secuestrada impunemente.

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A careta de Petróleo Padín

Un pequeño relato que me salio de la nada, casi sin querer... tras ver en la "bibliobaronceli" una antigua careta de peliqueiro que se exhibe en el Museo del Traje, en Madrid (más info en http://bibliobaronceli.blogspot.com/2010/02/un-peliqueiro-republicano.html). Un regalito para todos los que de vez en cuando os paseáis por mi blog...

Petróleo Padín non atopou nin amor nin fortuna nas Américas. A longa viaxe emprendida dende Laza a Montevideo mareoulle a alma e confundiulle a sorte. Sen traballo, sen amigos, sen alento, arrastrou o seu corazón polas dúas ribeiras de Río de la Plata, pola pampa, pola selva, polo olvido. Morreu dúas veces, enterrárono unha, gracias aos cartos dun home piadoso que non quería na súa conciencia o peso daquel desdichado emigrante. Á terceira atopárono morto, cos petos cheos de terra da súa terra, posta na cara unha careta de peliqueiro, pintada nela a imaxe dun barco, maldito, da Compañía Transatlántica de Viajeros.

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