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ISRAelPROFEDELENGUA

Microrrelatos del profe de lengua

La mariposa

La mariposa

Apareció en el parque con los primeros calores del verano. La veían siempre sola, con el pelo revuelto, vestida siempre con el mismo vestido estampado, naranja y negro. Extendiendo el brazo, estirando cuanto podía la mano, invitando a las mariposas a posarse en su dedo índice. Tarde o temprano alguna se posaba, y la niña sonreía. El resto de niños se arremolinaban asombrados, imitándola sin éxito, hasta que al poco tiempo se cansaban y volvían a sus juegos. Ella seguía con el brazo en alto, corriendo hacia donde veía volar una nueva mariposa, quieta después como una estatua, hasta que la mariposa se posaba, y luego se iba, y otra vez corriendo hacia donde veía volar una nueva mariposa, y así hasta que el brazo le dolía y se sentaba en un banco a descansar, entre dos maceteros de asclepias. Algún adulto le habló a la niña alguna vez. Cómo te llamas. Dónde están tus papás. Ella no contestaba. Al caer la tarde, las mariposas se marchaban; las sombras crecían entonces en los ojos silenciosos de la niña. No tenía voz para explicarse, pero reconocía aquellas sensaciones recurrentes: el miedo de haberse perdido, la angustia de sentirse perdida, el pánico de volverse a perder.  

A principios de septiembre, la niña-rara-de-las-mariposas dejó de venir al parque. Aunque todos se habían acostumbrado a su presencia, nadie acabó realmente de echarla de menos. Tampoco nadie se fijó en una enorme mariposa de color naranja y negro, una preciosa monarca que partía hacia el sur, en busca de tierras más cálidas. El otoño llegaba.

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El río del Olvido

El río del Olvido

"¡Publio Quinto!".

"¡Lucio Vinidio!".

La voz ronca de Décimo Junio Bruto atravesaba la niebla como una espada. Siguió llamando por su nombre a cada uno de los centuriones. En silencio, con paso inseguro, los hombres vadearon el cauce, uno a uno, metro a metro, manípulo a manípulo, hasta que todas las cohortes ganaron la otra orilla. Cabizbajos, calados hasta los huesos, pero más serenos al fin y al cabo, los soldados esperaron órdenes detrás de su general. Décimo Junio Bruto permanecía inmóvil, con las manos en el estandarte, escrutando la corriente de agua. Nadie notó ese instante de extremo hastío -no se lo habría perdonado a sí mismo-, ese breve momento en el que el general deseó con todo su ser que aquel hubiese sido de verdad el Lethes, el río del Olvido, y vaciar su memoria de todo recuerdo. Olvidar -sangre y polvo- cada maldito día de aquella maldita campaña. Olvidar -humo y ceniza- toda su maldita vida de ambiciones insatisfechas. Olvidar -dioses despiadados- su propio nombre en aquella maldita tierra del fin del mundo.

La princesa y el caballero

La princesa y el caballero

Cuadro Día de lluvia: mujer de Nueva York, de Emerico Toth.

[Tantas veces la había visto, y nunca la había visto. Pero aquel día, que parecía cualquier día, ella se le apareció como de la nada, envuelta en un abrigo inmensamente ROJO. Se oscureció todo alrededor, se estrechó el pasillo mientras los pasos de ambos convergían, y al llegar a su altura él reconoció la amapola y la cereza, la mujer a la que, sin conocer, tan bien conocía.]

Pasó de largo la princesa, y el caballero torció las riendas de Destino, a galope tendido su corazón tras la estela escarlata de pétalos infinitos.

 

La muñeca

La muñeca

La niña, entre sollozos, a duras penas conseguía explicarse:

-¿Qué pasa?

-La... La muñe... ca... Vo... ló...

-¿Cómo que voló? ¿La tiraste por la ventana? ¿Cayó a la carretera?

-Saltó.... Voló...

-Te lo dije, "no la saques por la ventanilla", te lo dije...

-Pero tenemos que ir a buscarlaaaa... Mamiiiii, por favor...

-No, no vamos a dar la vuelta. Haber tenido más cuidado, ya te lo advertí.

-Mi muñecaaaaaaaaaaaaa...

La niña continuó llorando, desconsolada. Mientras, dos kilómetros más atrás, la muñeca se incorporó con dificultad, todavía atontada por el golpe, pero sorprendida por su propia audacia. Entonces sonrió y echó a andar, resuelta, triunfante, dispuesta a emprender la nueva vida de aventuras que siempre había soñado.

Céline

Céline

Sí, era ella. Los años habían conferido un barniz de madurez al rostro aniñado que recordaba. Pero era ella: los mismos ojos vivos, la misma nariz chata, los mismos pómulos marcados y redondeados, el mismo pelo lacio derramándose sobre los hombros…

A Velasco no le había resultado fácil encontrarla. Sin lazos ya con amigos comunes de la época, llegó a dudar incluso de su nombre. ¿Existías de verdad, Céline? ¿O eras Aurelie? ¿Natalie? No, no, Céline. Cé-li-ne… Un día como otro cualquiera, sin proponérselo, recordó su apellido: Levallois. Céline Levallois. Con una ansiedad febril, encendió el portátil, abrió el navegador y tecleó nombre y apellido en Facebook.

CÉLINE LEVALLOIS.

Pero todas las Céline Levallois eran demasiado mayores, demasiado jóvenes, demasiado insulsas. Entonces buscó en Google:

CÉLINE LEVALLOIS ST PETERSBOURG.

La ciudad que habían compartido con ella veinte años antes.  

El único resultado de la búsqueda:

CÉLINE LEVALLOIS … ÉCOLE 74… ASSISTANTE DE FRANÇAIS… 1994… ST PETERSBOURG.

Era una web francesa de reencuentro de antiguos alumnos. Velasco no tuvo que registrarse en la página para que una fotografía en tonos sepia llenara la pantalla del ordenador. Se le encogió el corazón. Era ella. Céline…

Los recuerdos se desbocaron, como una fuerza de un millón de amperios viajando de torre en torre por un cable de alta tensión… Aquella primera vez que nos cruzamos en la residencia… Fuiste como una aparición, una damisela que flotaba sobre las baldosas del pasillo… Y aquella vez que me propusiste que practicase español contigo… Qué graciosos errores sintácticos cometías… Y aquella vez que paseamos en barca por los canales… Pero quisiste sentarte enfrente, en vez de a mi lado… Y aquella vez que te invité a cenar, y tú trajiste crêpes de postre… Qué malos estaban, Céline… Y aquella excursión en grupo a Moscú en la que tú me ignoraste calculadamente… Y la Plaza Roja se transformó en un palacio de la tortura… Y aquella vez que te insinuaste en mi cuarto, y yo, que te deseaba y te temía al mismo tiempo, fingí no darme cuenta…

Velasco leyó sorprendido el número de ciudades en las que ella había trabajado desde que se habían visto por última vez. Una ciudad cada año: Dublín, Copenhague, Edimburgo, Estocolmo, Londres… Los climas fríos y lluviosos te atraían, aunque nunca fueras capaz de echar raíces en ningún sitio, Céline. ¿Qué buscabas? ¿De qué huías, Céline?

La página estaba desactualizada, y los hitos de su biografía acababan en 2006. ¿Dónde estabas ahora, Céline? ¿Quién eras ahora? Ningún dato hacía referencia a su situación personal. ¿Te habías casado, Céline? ¿Tenías hijos? Céline…

Meditó durante un minuto, y escribió:

CÉLINE LEVALLOIS TEACHER.

¿Seguías siendo profesora, Céline? Tres resultados. El primero, un perfil profesional en LinkedIn:

CÉLINE LEVALLOIS … FRENCH TRAINER... FRENCH TEACHER.

Sí, te gustaba ser profesora, aunque tus alumnos decían que eras demasiado dura, demasiado exigente… La misma coraza que empleabas con todos aquellos que trataban de acercarse a ti, Céline.

El segundo resultado era un foro de profesores de idiomas, una propuesta de intercambio de cartas entre tus alumnos ingleses y estudiantes francófonos de otros países. Cartas, la carta, aquella carta, aquella carta tuya, Céline…

El tercero, un anuncio de clases particulares:

I AM A UK QUALIFIED FRENCH NATIVE TEACHER.

25 libras la hora. Pagaría 500, Céline, por media hora contigo, para que me explicases por qué te fuiste así, sin despedirte, con esa carta tan fría y emocionante –solo tú eras capaz de eso, Céline-, ese sobre de color pastel que dejaste en recepción, pour Velasco, ese papel que desdoblé despacio, despacio, esas frases que leí y releí, y que me dejaron conmocionado… Aquella carta en la que me pedías perdón y me perdonabas, me dabas tiempo y me lo quitabas…

En el anuncio aparecía su correo electrónico: nelicelevallois@yahoo.fr. Las sílabas de tu nombre al revés, como si jugases a arrepentirte de ti misma, Céline. Tu correo electrónico. El timbre de tu puerta, Céline.

Como un autómata, Velasco abrió su cuenta de correo, hizo click en REDACTAR y escribió aquella dirección en la ventana de destinatario.

PARA nelicelevallois@yahoo.fr.

Sus dedos acariciaban el teclado, sin saber qué escribir en ASUNTO: “Céline, te he encontrado”. Le pareció demasiado sentencioso. Borró. “Mademoiselle Levallois, bonjour!”. Le pareció demasiado jovial. Borró. “¡Céline, no me lo puedo creer!” Le pareció demasiado dramático. Borró. Al fin se decidió:

CÉLINE, C’EST TOI?  

Y en el espacio reservado al texto repitió:

CÉLINE, C’EST TOI?

No quiso escribir nada más. Hizo click en ENVIAR, con el mismo miedo y excitación con que un aprendiz de mago recita un conjuro prohibido. Pero durante los minutos, las horas siguientes, deseó que aquella cuenta de correo ya no existiese. Intuía un cataclismo colosal, aunque no podía evitar revisar el correo cada diez minutos.

Quiso dormir algo, pero no pudo.

Finalmente, varias horas después, en su cuenta de correo apareció el aviso de UN MENSAJE NUEVO en la bandeja de entrada. De nelicelevallois@yahoo.fr. Eras tú, Céline.

Y en el ASUNTO:

OUI, C’EST MOI.

Eras tú, Céline. Ya no eras un brumoso recuerdo del pasado, ni un delirio del presente. Eras tú. Eras real, Céline. Estabas ahí, y hablabas conmigo.

Entonces Velasco inspiró hondo e hizo click en el MENSAJE. Cerró los ojos mientras se cargaba el texto, consciente de vivir uno de esos momentos cruciales, críticos, tras los que la vida ya no vuelve a ser la misma, pase lo que pase.

 

[foto Hana Al Sayed: "Under water"]

Abrázame más fuerte

Abrázame más fuerte

-Fuerte… ¡Más fuerte!

Y él la apretaba con fuerza entre sus brazos.

-Flojito…

Y él dejaba de apretar.

-Te quiero papá. Te quiero mucho.

A él se le llenaron los ojos de lágrimas:

-Yo también te quiero, princesa. ¿Te acuerdas? Mucho, como la trucha al trucho…

Una risita, una pausa breve, y otra vez:

-Abrázame fuerte. Más fuerte. ¡Más fuerte! ¡Flojito, flojito…!

El juego siguió hasta que la niña quedó rendida por el sueño. Luego él la arropó, la besó en la frente, y dejó la puerta de la habitación entreabierta, como solía hacer, para espantar con la luz del pasillo los fantasmas de la oscuridad.

El sello

El sello

Él le dijo que se desvistiera, y ella obedeció con sumisión. Se azoró cuando la vio desabotonarse el vestido y su cuerpo desnudo apareció, como la carne de una fruta tierna después de quitársele una cáscara molesta. El hombre recorrió con los ojos su cuello, sus hombros, sus pechos, su cintura, sus muslos…  Sintió un hormigueo intenso, y después el monstruo que se despertaba desde las cavernas del deseo, calentándole las mejillas. A duras penas consiguió contenerse, y con una voz que no ocultaba su desazón, le ordenó sentarse. Pudo respirar el aroma a primavera de su piel mientras la inmovilizaba con las correas. El roce leve de su mano lo ruborizó. Después cogió el sello de metal y lo imprimió en su antebrazo. Ella no se quejó, y su entereza acabó de desconcertarle. Pero trató de recobrar la compostura:

-Bienvenida, A 25747.

Por primera vez cruzó sus ojos con los de él. Eran unos ojos negros y profundos.

-Me llamo Rebeca Goldberg.

Y recalcó cada sílaba con una dignidad desafiante.

La insolencia de aquella mujer le devolvió a la realidad. Estaba siendo muy poco profesional. Le sostuvo la mirada como pudo, y se esforzó en una mal disimulada indiferencia:

-Tú no eres nadie. Tú ya no tienes nombre.

Le señaló la puerta. Ella se vistió un uniforme de rayas, adornado con una estrella amarilla, y salió de la estancia, con el paso firme y la cabeza alta. Él todavía la persiguió en una última mirada furtiva.  Y luego gritó con fuerza, como quien recupera la energía perdida después de un momento de debilidad:

-¡El siguiente!

La boa

La boa

Un corro de mujeres preocupadas se arremolinó ante el chico, pálido como un fantasma. Las piernas en alto. Así... Dejadle espacio para que respire. Poco a poco recobró la consciencia… Ya, ya estoy mejor. Estaba avergonzado. Pero no por saberse el centro de todas las miradas, no. Avergonzado por haber perdido el sentido como un idiota, ante la visión de aquella diosa rubia ceñida en licra negra, que delante de él había estado flexionando, estirando, flexionando, estirando, ondulando su cuerpo celestial hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás, como una ola ingrávida, como una boa salvaje encerrada en la jaula de una clase de pilates.

El palacio de cristal

El palacio de cristal

Era un hombrecillo absolutamente insulso, con una vida ordinaria desprovista del más mínimo interés. Pero en el interior de su cuarto de baño, García era alguien extraordinario. La mampara de la ducha era un pasaje a un mundo de maravillas, del que él era simultáneamente creador y criatura. Bajo el chorro de agua caliente, reblandecida la epidermis y dilatados los capilares, ese hombrecillo minúsculo viajaba en el tiempo y en el espacio para vivir las vidas que él no podía vivir. Construía sus historias meticulosamente, disfrutando de cada detalle de cada destino, de cada curva de cada mujer que amaba. El tiempo se detenía bajo esa lluvia de sensaciones. A sus ojos las gotas caían muy despacio, tanto que si quisiera, podría contarlas.

Al principio aquello no fue más que un juego inocente, pero poco a poco se convirtió en un rito adictivo. Su ducha se transformó en su vida. Nada había más allá de los límites de la mampara, nada más que aquellos sueños fantásticos envueltos en la bruma de vapor. Y un día decidió encerrarse para siempre entre aquellos muros de vidrio templado. Tomar una ducha eterna. El viaje definitivo. Y así fue. Tras unas horas, su corazón apenas palpitaba ya, pero su mente volaba poderosa por Oriente. Después de dos días enteros bajo el agua, su piel se había disuelto en una especie de velo translúcido. Y a la mañana del tercer día, mientras le hacía el amor a una princesa persa,  todo él acabó por deshacerse en una pasta acuosa, todo él se derramó por el sumidero, hasta que desapareció por las cañerías de las identidades vacías, hacia las alcantarillas del olvido.

El Rincón de Reyes

El Rincón de Reyes

Descendió la Gran Vía despacio, escondido bajo un abrigo viejo. Caminaba cabizbajo, con la mirada perdida en el suelo, ajeno a la marea de gente que iba y venía, acera arriba, acera abajo. Al fin acabó la calle y se detuvo, sin saber qué dirección tomar. Alzó la frente y vio el espacio abierto de la Plaza de España, y a continuación, la inmensa mole de la Torre de Madrid, que recortaba el horizonte entre las luces del crepúsculo. Giró entonces hacia su derecha, por la pequeña y discreta calle de Reyes. Vislumbró a una decena de metros una taberna, en el bajo de un edificio de ladrillo. En la puerta, dibujadas en ventanales, palabras que invitaban a entrar: Tostas, vinos, cafés, vermús, combinados.  Aceptó la invitación y entró. Pidió un vodka con tónica, que le trajo sin demasiada ceremonia una camarera de acento extranjero. Miró con disgusto la rodaja de limón en el fondo del vaso, pero no protestó. La bebida estaba demasiado  ácida, demasiado fuerte, pero apuró la copa de un trago. Pidió una segunda copa.

Tres chicas jóvenes entraron, alegres, ruidosas, por la puerta, y se sentaron frente a él. Las tres estaban muy maquilladas, vestidas informalmente las tres con deportivas, mallas ajustadas y jerséis de lana flojos. Le parecieron actrices, o bailarinas, sí, bailarinas, seguramente las bailarinas de alguno de esos jodidos musicales que últimamente estaban tan de moda. Hablaban, reían con excitación. Brindaron con agua mineral, bebieron a la salud de un nuevo proyecto que cambiaría sus vidas, y siguieron charlando animosamente, sin advertir al hombre desconocido que las miraba fijamente. A él una de ellas le pareció especialmente hermosa, una diosa pelirroja de pelo alborotado, y no pudo dejar de mirarla, tan pura, tan perfecta. Le atravesó una puñalada de envidia. Embotado por el vodka, abrumado por la luz que irradiaba aquella Bella Trinidad, su semblante acabó por oscurecerse por completo. Apretó las mandíbulas, y ciego de rencor, odió con todas sus fuerzas aquellas beldades que le recordaban de manera tan evidente su existencia triste y marchita, en especial aquella ninfa roja, edénica, aquella puta que parecía que iba a reventar de felicidad. Al fin ellas se levantaron y pagaron la cuenta. La mujer pelirroja anunció que debía ir al baño, y propuso a sus compañeras que la esperaran en bastidores. La puerta de atrás de un teatro estaba a apenas unos metros de la taberna.

Solo una hora más tarde, comenzó la función en el Coliseum, donde se estrenaba la última versión de un célebre musical, esperado con expectación desde hacía semanas. Se apagó la luz, se hizo la música. La espectacular puesta en escena provocó los primeros murmullos de aprobación, y la mágica aparición del grupo de bailarinas arrancó los primeros aplausos. La simetría de sus movimientos no era, sin embargo, completa: una bailarina, para la que no había sustituta, faltaba. El coreógrafo estaba endemoniado por la ausencia inesperada, pero nadie en el público pareció advertir la anomalía. De hecho, los espectadores acabaron coreando en éxtasis las canciones del musical, y finalmente dedicaron a los protagonistas un aplauso de varios minutos. Los titulares del periódico del día siguiente alabaron en letras capitales el estreno, y el crítico especializado auguró meses y meses de éxito continuado. En la sección de sucesos, en letra más menuda, pasó más inadvertida la noticia de la muerte de una mujer de veintitrés años, de iniciales L.O.B., asesinada en el baño de una taberna de la calle Reyes.

La carretera

La carretera

Mientras dejaba atrás una curva tras otra, pensaba en lo sencillo que sería cerrar los ojos, dejar ir el coche de frente, flotar en el vacío, recibir la comunión de la muerte en aquellos barrancos olvidados de la mano de Dios. Mil años tardarían en encontrar el coche. Pero al acercarse la curva, invariablemente pisaba el freno, reducía marcha, giraba el volante, pisaba acelerador, subía marcha. Cobarde. En las rectas, las líneas discontinuas de la carretera ejercían un efecto hipnótico, que parecía que iba a darle el suficiente valor, y nuevamente la tentación de acabar con todo aquel sufrimiento inútil, de resolver el rompecabezas irresoluble de su vida de una manera digna. Al fin y al cabo, nadie pensaría que lo habría hecho a propósito. Se quedó dormido, qué tragedia. Pero invariablemente con cada curva repetía la misma secuencia freno-marcha-volante-acelerador-marcha, y el coche seguía testarudo la sinuosa senda de asfalto, como persiguiendo su propio destino. Entre las sombras nocturnas emergieron como fantasmas los primeros edificios grises de la ciudad; finalmente se detuvo frente a un destartalado bloque de apartamentos. Aparcó, apagó el motor y dejó caer la frente sobre el pecho, las lágrimas sobre la barbilla. Al rato alzó la cabeza, y miró a través del espejo retrovisor. La niña, desde su sillita, le dedicó una sonrisa. Ya hemos llegado, papi. Sí, cariño –y su voz sollozante repitió- ya hemos llegado.

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Hipocondría

Hipocondría

Solo una pequeña contractura muscular en la espalda había sido real. El resto -el esguince cervical, la luxación escápulo-humeral, la distensión lumbar, la tendinitis rotuliana, la fascitis plantar...- fue solo el invento de un hipocondríaco crónico, la disculpa de un pobre lunático, enamorado perdidamente de su masajista.

El sapo

El sapo

Cuando despertó, el sapo todavía seguía allí. Gordo, babeante, ridículo. Y sintió náuseas, náuseas del sapo, de sí misma, náuseas de veinte años de vida tirados a la basura.

La nuca no era la nuca...

La nuca no era la nuca...

LA NUCA NO ERA LA NUCA...

La nuca no era la nuca, ni el omóplato el omóplato, ni la espalda la espalda, ni la cintura la cintura. La nuca, el omóplato, la espalda, la cintura… eran la Tortura, el Morbo, la Magia, la Locura.

Conversión

Conversión

Un roce accidental bastó, una mirada tímida, una sonrisa sincera. Él se convirtió aquel día. Dos de diciembre de mil novecientos noventa y cinco.

El Genio y el camellero

El Genio y el camellero

El deseo es el origen de la insatisfacción (Segunda "noble verdad" del budismo).

El Genio salió de su prisión desorientado, aturdido tras el sueño centenario. El camellero había imaginado el fantástico encuentro cientos de veces, desde que la Lámpara se cruzase en su camino, unos días antes, pero nunca hubiese pensado que el Genio habría presentado ese aspecto frágil y desaliñado. Por eso no quiso resultarle molesto, y apuró el momento decisivo.

-¿Un deseo? -preguntó casi en un susurro.

-Solo uno. Al Genio se le notaba incómodo, como con prisa por hacer algo.

El camellero habló con pausa, repitiendo el mantra que escuchara más allá del Gran Desierto, en voz de un ermitaño budista:

-Deseo no desear nada nunca más.

El Genio prestó entonces atención al hombre menudo que aguardaba expectante, y le devolvió una mirada de compasión.

Fotografía sin contraste

Fotografía sin contraste

Foto: Kevin Carter (The New York Times), Pulitzer 1993

La vida de Kevin Carter (1960-1994) suele contarse muchas veces demasiado simplificada; incluso la historia de la famosa fotografía que tomó en Sudán no es exactamente como suele relatarse (ni como la relato yo aquí). En fin, hay mucho más drama en la triste historia de este fotoperiodista, y este microrrelato, versión literaturizada de esa historia, solo aspira a recordarla.

 

Billy Kennard condujo durante horas hasta reconocer el lugar en el que jugaba de niño. Salió de la furgoneta, revolvió unos trastos en el maletero, volvió a sentarse en el asiento. El Mphongolo seguía siendo la risueña corriente de agua que recordaba; cerró los ojos y revivió aquellas sencillas tardes veraniegas de risas y chapuzones. Los párpados le pesaban cada vez más, pero se sentía en paz. Se quedaría para siempre allí, donde había sido feliz por primera y última vez, feliz, feliz, inconscientemente feliz, antes de que ese miserable trabajo de fotografiar las tragedias del mundo hubiese emparedado en cal su corazón. Esa jodida fotografía, tan meditada durante casi media hora, aquella diagonal perfecta con el buitre en la parte superior, esperando, él también esperando, venga pájaro, extiende las putas alas que el efecto va a ser la hostia, la niña en la parte inferior, muriendo, muriendo, esa jodida fotografía que lo había perseguido implacable -¿y después no la salvaste, a la niña, no la salvaste?-, esa jodida fotografía perdía poco a poco el contraste hasta que ya no era sino un nebuloso conjunto de manchas blanquecinas. El jodido Sudán entero era ya una pálida nebulosa. El jodido mundo entero -gracias a Dios- era ya una pálida nebulosa. Kennard encendió la radio y tarareó una canción de un viejo casette, hasta que el monóxido de carbono lo sumió definitivamente en un sueño placentero, largo, ese que el insomnio del Destino le había negado durante años.

Gran reserva del 74

Gran reserva del 74

Gran reserva del 74. Se dijo a sí mismo que en el momento apropiado descorcharía aquel vino de tan extraordinaria añada. Los días y las semanas y los meses y los años pasaron. Hubo varios entierros, antes de que finalmente el siguiente fue el suyo. Su único hijo heredó, entre otras cosas menores, aquella magnífica botella. Y mientras pensaba en lo efímero de la vida, el joven guardó en un armario, bajo llave, aquel precioso legado de su padre, aquel gran reserva que sin duda descorcharía en el momento apropiado.

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La historia de la Creación

La historia de la Creación

Creó Dios los cielos y la tierra, y todo lo que en ellos hay. En seis días los creó, y al séptimo descansó. Y entonces, en un solo día, el séptimo, el hombre jodió todo lo que Dios había creado.

 

Asco de vida

Asco de vida

A las 7:58, como cada mañana desde hacía trece años, Domínguez fichó en el portal de entrada, llegó a su cubículo, se acomodó en la silla y encendió el ordenador personal. Escribió en el buscador de internet el nombre de un diario deportivo en el que consultar los resultados de la quiniela futbolística: primero A, luego S. Se sorprendió cuando la función "autocompletar" de Google le mostró una realidad, la suya, de una manera inobjetable, demoledora. Asco de vida. Pero era la inyección de valor que necesitaba para tomar La Gran Decisión. Un minuto más tarde, a las 8:06, su cuerpo yacía despedazado sobre el techo de una furgoneta de reparto, veintiún pisos más abajo.  

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