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Dudas legales

Hace un par de semanas, nos reunimos los baroncelianos Departamentos de Lingua Galega y de Lengua castellana para un feliz propósito: tratar de uniformizar nuestros programas didácticos. Una simple discusión informal, nada más. Discutimos de manera constructiva la idoneidad de ciertos contenidos gramaticales, la necesidad de incidir más en la práctica textual oral y escrita, la manera de simultanear el estudio de las distintas etapas de la historia de la literatura...
Sin embargo, una cuestión no formulada explícitamente nos impedía llegar mucho más allá: ¿qué hacer si el Diseño Curricular Base es lo suficientemente claro respecto a los contenidos que deben ser impartidos en cada curso? ¿Qué hacer si el propio DCB impide la armonización de contenidos entre los diversos Departamentos? Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que en 4º, en Ciencias Sociales, se estudie la Revolución Industrial del siglo XVIII mientras en 3º, en la asignatura de castellano, se estudia hasta la Ilustración, y en la asignatura de gallego se llega hasta el Rexurdimento del XIX? ¿Por qué en 3º tenemos los profesores de lengua castellana que explicar a los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II... la historia de los siglos de Oro, mientras los de Historia solo imparten contenidos de Geografía?
Sin duda sería recomendable una mayor interconexión de los respectivos programas. Pero nadie podrá decirnos que nosotros no somos los primeros interesados; esta vez, no somos los profesores los únicos culpables de un sinsentido que provoca tamañas discrepancias y desconciertos. La última pregunta es obvia: ¿obediencia o insumisión?
El efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión se define como una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad.
La historia de Pigmalión merece ser contada. Era Pigmalión el rey de Chipre, que buscaba a una mujer perfecta para convertirla en su esposa. Como las chicas no daban la talla -o él era muy exigente- decidió crear una escultura (era un excelente escultor) en la que plasmar la perfección de una mujer. Al terminarla, la vio tan perfecta que se enamoró perdidamente de ella, dándole todos los cuidados que le daría a una mujer de carne y hueso. En unas fiestas en honor a Afrodita, Pigmalión le pidió a la diosa que le diera la vida a su escultura. Afrodita se compadeció de él, y le concedió su deseo. Así Pigmalión y Galatea, su nueva reina, fueron felices y comieron perdices...
Pigmalión consiguió que su profecía-escultura se hiciese real. Y esto mismo nos ocurre a muchos, hacemos cumplir nuestras propias profecías. Un ejemplo sencillo para entendernos. El primer día de un profesor sustituto suele ser difícil; se somete al juicio implacable de sus nuevos alumnos: "Vaya pinta de estirao, este tipo nos va dar el trimestre". He aquí la profecía. Evidentemente, sus rostros reflejarán lo que piensan, el profesor lo interpretará como un signo de hostilidad y se pondrá a la defensiva con ellos, convirtiéndose en un autoritario estirao para no perder el control del aula. La profecía se ha cumplido: "Ya te decía yo que era un estirao".
Otro ejemplo. Al empezar el curso, un profesor puede pensar de un alumno repetidor: "Aquí tengo otra vez al vago este, ojalá que al menos se comporte y no me fastidie el curso". He aquí la profecía. Inconscientemente, el profesor dará pocas oportunidades al chico, será implacable con él, y este inmediatamente se sentirá marginado y se descolgará al instante del ritmo de las clases, siendo el vago que todo el mundo esperaba que fuese. "Ya lo decía yo, que este chico es incorregible".
El efecto Pigmalión está instalado en nuestra médula espinal. Todos nos consideramos unos fisonomistas, unos "perros viejos", unos profetas clarividentes. Imagínense lo que diría el profesor de primaria de un tal Albert Einstein, cuando este, con seis años, todavía no sabía escribir. "Este chico no vale" o algo peor. Menos mal que Einstein no dejó que esa profecía se cumpliera, quizá porque hubo otros profesores que rompieron el círculo, que sí tuvieron unas altas expectativas de él y vieron la potencialidad de aquel muchacho de aire despistado. Todos, en mayor o menor medida, somos víctimas de este efecto Pigmalión, y de todos es la responsabilidad de convertir estos "círculos viciosos" en "círculos virtuosos".
Estas reflexiones me vinieron a la mente al leer el artículo de Ángeles Caso para el Magazine del 4 de octubre, en el que la escritora habla de la hipocresía de nosotros, los adultos, cuando criticamos a los jóvenes sin reparar en el penoso ejemplo que les estamos dando (y de aquellos barros, estos lodos). Yo añadiría que también fomentamos sus comportamientos con nuestras bajas expectativas (Pigmalión). A algunos profesores se les llena la boca hablando de lo desastrosos que son sus estudiantes. Pero, ¿cómo van a actuar nuestros jóvenes si no esperamos de ellos otra cosa? Cambiemos nuestras expectativas y quizá empecemos a cambiar algo. Quizá no salvemos al mundo, pero, ¿quién nos garantiza que no hay un Einstein escondido entre los pupitres?
JÓVENES
Se ha puesto de moda hablar mal de nuestros jóvenes. Que si son unos maleducados y unos irresponsables, que si no tienen respeto por nadie, que si lo quieren todo regalado y no se esfuerzan en nada, que si lo único que saben hacer a conciencia es emborracharse… No sé, quizá tenga mucha suerte, pero jamás pensaría cosas semejantes de las chicas y los chicos que me rodean.
No es que todos ellos sean lumbreras intelectuales ni individuos abnegados en busca del bien común. Son, simplemente, personas normales, con las virtudes y los defectos propios no sólo de su carácter individual, sino también de la educación que les hemos dado nosotros, sus padres, la gente de mi generación, los que fuimos niños en los años 60, los que empezamos a practicar el sexo a los 16, y nos cogíamos entonces las primeras borracheras, y pasamos muchas noches en las discotecas hasta la madrugada, y suspendimos muchos exámenes por no estudiar lo suficiente, y creímos que las drogas nos ofrecían el paraíso. ¿O es que se nos ha olvidado que hubo un tiempo en que también fuimos así? (Muchos, por cierto, siguen en lo mismo).
Queremos que nuestros hijos respeten a los demás. Por supuesto. Pero, ¿es eso lo que les enseñamos cuando nos oyen desde pequeños soltar juramentos al volante del coche, insultar al árbitro del partido que vemos en la televisión, hablar a voces a nuestra pareja o negar el saludo y las gracias al tendero que nos despacha? ¿Es eso lo que aprenden de los necios enfrentamientos de los políticos o de muchos periodistas que despliegan su talento para el desprecio al otro en nuestros medios de comunicación? Queremos que se esfuercen por estudiar y formarse. ¿Pero es eso lo que les transmite una sociedad que valora infinitamente más al jugador de fútbol, a la mujer despampanante o al tipo que cacarea estupideces en la pantalla que al sabio más sabio o al mejor de los seres buenos? Queremos que sean tranquilitos y no se emborrachen. ¿Pero es eso lo que aprenden de un país en el que beber es lo normal y ser abstemio se considera en cambio una anomalía por la que hay que pasar la vida disculpándose?
Queremos, en fin, que nuestros hijos sean lo que ni nosotros ni nuestro entorno hemos sabido o tal vez ni siquiera deseado enseñarles. ¿No deberíamos entonces dejar de criticarles un poco y, por una vez, contemplar nuestro propio y casposo ombligo?
¿Te gusta la poesía?

Imagen de cabecera del blog La magia de la música y las letras
A esta pregunta la inmensa mayoría de nuestros alumnos responden "no". Entienden ellos por poesía, porque quizá así se lo han -hemos- enseñado desde siempre, unas columnas de versos prácticamente ininteligibles, unos extraños objetos de estudio que han de bautizar de alguna manera (sonetos, romances, liras, coplas...), y donde han de contar sílabas, descubrir sinalefas, buscar rimas, inventariar figuras literarias de enrevesados nombres (sinécdoques, pleonasmos, hipérbatos, anadiplosis...). Sin embargo, mienten. La poesía les encanta; incluso se saben muchos poemas de memoria. Sencillamente, no saben que las letras de las canciones de sus grupos favoritos pueden considerarse como poesía, digna además de ser estudiada en la clase de Lengua y Literatura. Sí, repito, digna de ser estudiada en la clase de Lengua y Literatura.
Esta tesis que hoy presento puede parecer descabellada. Por ejemplo, alguien podrá aducir que esos supuestos poemas no pueden considerarse literatura porque la poesía seria está escrita para ser leída en silencio, o para ser recitada; a la poesía de verdad no le hace falta un acompañamiento musical que la mayor parte de las veces lo único que hace es disfrazar el contenido del texto, porque la letra está en función de la música y no al revés.
Pero quienes sean de esta opinión, ignoran que los orígenes de la poesía fueron orales, y así fue durante siglos, hasta la invención de la imprenta. Desde esos inicios, la poesía siempre estuvo asociada a la música, desde los rapsodas griegos hasta los juglares con sus cantares de gesta. La palabra poética siempre fue musical. Cuando se extendió la palabra escrita, la poesía comenzó a escribirse también para ser leída en silencio, o recitada, pero esta clase de poesía siempre estuvo vinculada a élites culturales y nunca llegó a popularizarse del todo. Sólo algunos escritores excepcionales, como Bécquer por poner un ejemplo, gozaron de una completa difusión en todos los círculos sociales. Es más, en el siglo XX es innegable que fue la música, de la mano de los grandes cantautores sobre todo (desde Víctor Jara hasta Joan Manuel Serrat), la que ayudó a la difusión de las obras de los grandes poetas.
Puede que alguien piense que esos supuestos poemas, envueltos en sus acordes "rockopoperos" o sus ritmos raperos, carecen de la clase literaria de los textos de autores consagrados como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez. Y que es necesario empezar a "cultivar" el gusto de nuestros alumnos con los escritores pata negra, no con letristas de dudoso talento. Es posible, pero mediocres, los hay en todas partes y, lo mismo que a veces la letra de una canción nos pone los pelos de punta, un poema famoso puede resultarnos totalmente anodino. Y, por otra parte, ¿quién nos ha hecho jueces sobre lo que es bueno, como si perteneciésemos a alguna "academia del buen gusto"? ¿Acaso poetas reconocidos hoy no fueron considerados unos parias en su tiempo? ¿Pretendemos imponer un canon poético determinado, o queremos inculcar en nuestros estudiantes el amor por la poesía?
Creo sinceramente que perdemos una gran oportunidad de conocer a nuestros alumnos, de motivarlos, de integrar sus intereses con los nuestros, al no aprovechar las enormes posibilidades que nos brinda ese infinito número de canciones que rodean nuestra existencia diaria. Potenciar la sensibilidad artística y la expresividad lírica de los chicos a partir de sus preferencias musicales es posible y deseable. Y muchas canciones de La oreja de Van Gogh, El canto del loco, Juanes, Amaral, La quinta estación, Carlos Baute, Julieta Benegas, Miguel Bosé, Joaquín Sabina... además de provocar intensas emociones, presentan un riquísimo lenguaje poético. Después, quizá esos alumnos estén más maduros para recorrer con más ganas ese maravilloso camino que es la historia de nuestra literatura. Bueno, perdón. Es que ya lo habrán iniciado.
PS. Hay una fantástica web donde encontraréis cientos de poemas musicalizados: http://www.musicalizando.com/ Echadle un vistazo que seguro que encontráis algo útil.
Luis Landero: "El gramático a palos"
Una visita a http://lenguaenliteratura.blogspot.com/ me llevó a este excepcional artículo de Luis Landero, publicado por El País el 14 de diciembre de 1999. En él se expresan -de manera inmaculada- muchas de mis inquietudes como profesor de Lengua durante los últimos años, relativas al enorme -y lastrante- peso de la gramática en las programaciones docentes de nuestra área. Las programaciones, que deben ser un instrumento de organización, acaban por esclavizarnos cuando somos indiferentes al principio fundamental que debe sostenerlas: la flexibilidad, la adaptación a los alumnos, los protagonistas del proceso de aprendizaje.
La cosa raya el esperpento cuando seguimos, no ya la nuestra, sino la programación que nos proporciona una editorial cualquiera. Si un tercio del libro de texto toca el análisis morfológico o sintáctico, o ambos, pues adelante, tres meses dividiendo palabras o analizando oraciones. La verdad es que es cómodo para todos, reconozcámoslo: los profes no tenemos que preparar las clases, y los chavales prefieren estos ejercicios mecánicos a los comentarios de texto, es evidente. Y, si después de dominar el análisis sintáctico de oraciones subordinadas de relativo, en nuestras clases queda tiempo para practicar un poco la comprensión y expresión, escrita y oral, ya es el acabóse, nuestro año habrá sido estupendo y podremos tomarnos nuestras merecidas vacaciones estivales sin remordimiento alguno de conciencia. Luego, cuando los mismos chavales que diferencian sin problema un Suplemento de otro Complemento, muestren en cualquier escrito evidentes problemas de expresión, echaremos la culpa a su holgazanería, a la irresponsabilidad de los padres, a la ausencia de valores de la sociedad, a la falta de profesionalidad de los profesores de las etapas educativas tempranas.
El concurso de TV ¿Sabes más que un niño de primaria?, afortunadamente desaparecido de la parrilla, era un reflejo fiel de este absurdo educativo. Los concursantes debían contestar a una serie de preguntas relativas a las diferentes asignaturas de Primaria, ayudados por un grupito de niños de doce años. En la categoría "Lengua y literatura", por ejemplo, aparecían cuestiones referentes a conceptos teóricos de morfología, de sintaxis, de literatura... que, se supone, los niños debían dominar. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Le habrá ayudado al niño a escribir mejor su primera carta de amor saber diferenciar entre Sujeto y Predicado, saber definir perfectamente la hipérbole o la metonimia, saber qué es un lexema y un morfema?

Huelga decir que la mayoría de los concursantes no ganaban el premio final, y tenían irremediablemente que despedirse con la humillante frase: "No sé más que un niño de Primaria". Pero, simplemente, esos concursantes habían olvidado esos conceptos tan teóricos, y en consecuencia, demostraban que la importancia de tales conceptos para su vida práctica era más bien nula.
Durante un curso de formación para docentes en Verín, una maestra de Primaria se sintió profundamente molesta cuando sugerí que desde los primeros años de escolarización se debía programar para la expresión y la comprensión, y desterrar de las programaciones de aula los contenidos gramaticales, dejándolos para Secundaria, por mucho Decreto que los amparase. Esto se aplicaba también, por supuesto, a las lenguas extranjeras, donde el fracaso de los métodos de aprendizaje basados en la gramática es brutal (tras ocho años estudiando inglés, pocos chavales son capaces de mantener una conversación). Mi romántico grito de amotinamiento contra los Legisladores Educativos no solo cayó en saco roto, sino que chocó contra los esquemas mentales de algunos de los allí presentes, en particular de los de la maestra en cuestión, que sintió que yo estaba despreciando su trabajo, y farfulló algo parecido a que los profesores de Secundaria siempre estábamos igual, echando las culpas a los de Primaria de todos los problemas de los alumnos.
Opté por callar, para rebajar la tensión del debate. Derivaba la discusión hacia un punto absolutamente opuesto al que yo pretendía. Pero me sentí frustrado. Conmigo mismo primero, porque no supe expresar lo que quería con la suficiente claridad. Y con todos nosotros como colectivo profesional, porque, instalados en una cómoda dinámica de comodidad y de miedo al cambio, muchas veces no tenemos el valor de hacer bien nuestro trabajo. Afortunadamente, hay compañeros, sin embargo, cuyo esfuerzo y entusiasmo todavía nos sirven de inspiración. Y si no nos inspiran, al menos no seamos piedras en sus zapatos. Os dejo con el artículo de Luis Landero, "El gramático a palos".
Tengo un joven amigo que, después de diez años de estudiar gramática, se ha convertido al fin en un analfabeto de lo más ilustrado. Se trata de un estudiante de bachillerato de nivel medio, como tantos otros, y aunque tiene dificultades casi insalvables para leer con soltura y criterio el editorial de un periódico, es capaz sin embargo de analizar sintácticamente el texto que apenas logra descifrar. Su léxico culto es pobre, casi de supervivencia, pero eso no le impide despiezar morfológicamente, como un buen técnico que es, las palabras cuyo significado ignora y enumerar luego de corrido los rasgos del lenguaje periodístico, y comentar las perífrasis verbales y explayarse aún en otras lindezas formales de ese estilo. De puro disparatada, a mí la paradoja me resulta hasta cómica, quizá porque, como bien decía Bergson, siempre es motivo de risa la teatralidad con que se manifiesta lo que en el hombre hay de rígido, de mecánico, de autómata. O, si se quiere, de deshumanizado. A mí todo esto me recuerda a Charlot en la cadena de montaje, aplicado y absurdo, cautivo en movimientos maquinales de títere hasta cuando se rasca la pantorrilla con el empeine del zapato. Este joven no está lo que se dice alfabetizado, es cierto, pero sí ampliamente gramaticalizado, y la suya es sin duda una forma bien laboriosa de ignorancia. Podríamos también decir que lo que le falta en construcción y fundamento le sobra sin embargo en presencia y diseño. Vaya, pues, una cosa por otra. Libros, ha leído pocos, y no quizá por falta de afición sino porque ahora en las escuelas se enseña poca literatura y mucha lengua. Hay que estudiar demasiada gramática como para andar perdiendo el tiempo en novelas de caballerías. Aunque en la teoría no tiene por qué ser así, la práctica es otra cosa. En la práctica, la literatura está pasando incluso a ser una provincia más de esa patria común que es la lengua (o más bien de ese Saturno que devora a sus hijos), y donde a menudo ha de convivir, de igual a igual, con esas otras provincias que son el periodismo, la publicidad, la ciencia y la técnica, o la jurisprudencia. Ahí, en esa gran democracia, si es que no compadreo, todos alternan y se codean con todos. Y es que, si de lo que se trata es de enseñar lengua, la verdad es que tanto da diseccionar una lira de fray Luis como el eslogan de una marca de detergente o una receta gastronómica, porque al fin y al cabo la cantidad de gramática y de semiología que hay en esos mensajes viene a ser técnicamente más o menos la misma.
Pero, en fin, todo sea por esa buena y sacrosanta causa que es el aprendizaje de la lengua, puede pensarse. Claro que, luego, uno se pregunta: ¿y para qué sirve la lengua? ¿Para qué necesitan saber tantos requilorios gramaticales y semiológicos nuestros jóvenes? Porque el objetivo prioritario de esa materia debería ser el de aprender a leer y a escribir (y, consecuentemente, a pensar) como Dios manda, y el estudio técnico de la lengua, mientras no se demuestre otra cosa, únicamente sirve para aprender lengua. Es decir: para aprobar exámenes de lengua. Entre ellos, el de selectividad, por supuesto, que eso son ya palabras mayores. Yo sospecho que, en algún oscuro departamento de alguna universidad, en el centro de algún laberinto pedagógico, alguien alimenta el sueño, o más bien la pesadilla, de que algún día habrá en España cuarenta millones de filólogos.
El asunto, de cualquier modo, no es de ahora. En 1879, por ejemplo, en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza escribía Manuel B. Cossío: "¿Por qué no suspender el abstracto estudio gramatical de las lenguas hasta el último año de la enseñanza escolar y ejercitar al niño en la continua práctica de la espontánea y libre expresión de su pensamiento, práctica tan olvidada entre nosotros, donde los niños apenas piensan, y los que piensan no saben decir lo que han pensado?" Ciento veinte años después, la erudición gramatical, aunque con distinto ropaje, sigue vigente en las escuelas, y va camino de convertirse poco menos que en una plaga de dimensiones bíblicas.
Lo que le ocurre a mi joven amigo me recuerda mis tiempos de estudiante de Filología Hispánica. Yo llegué a sufrir aún los excesos, tan ridículos como estruendosos, de la erudición. Jamás en cinco años llegamos a comentar ni una sola página de La Celestina, el Lazarillo o el Quijote. Como en aquel relato de Kafka donde el mensajero del emperador no podrá llegar nunca a su meta porque la inmensidad del propio imperio se lo impide, o por la misma razón por la que Aquiles no conseguirá darle alcance a la tortuga, de igual modo tampoco nosotros accedíamos nunca a los textos originarios porque antes había que atravesar un laberinto inacabable de datos, de hipótesis, de averiguaciones, de fechas, de variantes, de teorías, que (ahora lo sé) no eran un medio para llegar a la obra y enriquecer la lectura sino un fin en sí mismo. Tampoco mi joven amigo sabe bien lo que lee porque, entre él y los textos, se interpone siempre la gramática, como un burócrata insaciable. Un poco al modo de aquella parodia donde Cortázar da instrucciones para subir una escalera, tanto mi joven amigo como yo nos quedamos en la higiene de los manuales de uso, sin lograr apenas ascender unos cuantos peldaños.
No hay esperpento sin un fondo solemne sobre el que destacarse. ¿Y qué mejor fondo, y de mayor solemnidad, que el de la técnica, sobre todo si se le añade el aura de un cierto hermetismo? Ante la cosa técnica, y la superstición de lo útil, todos callan y otorgan, como si se tratase del traje nuevo del emperador. Hace ya tiempo que la tecnificación del saber llegó también a las humanidades, culpables acaso de parecer sobrantes y anacrónicas en el mundo de hoy. Uno no tiene nada contra la gramática, pero sí contra la intoxicación gramatical que están sufriendo nuestros jóvenes. Uno está convencido de que, fuera de algunos rudimentos teóricos, la gramática se aprende leyendo y escribiendo, y de que quien llegue, por ejemplo, a leer bien una página, entonando bien las oraciones y desentrañando con la voz el contenido y la música del idioma, ése sabe sintaxis. Sólo entonces, como una confirmación y un enriquecimiento de lo que básicamente ya se sabe, alcanzará la teoría a tener un sentido y a mejorar la competencia lingüística del usuario. Así que, quien quiera aprender lengua, que estudie literatura, mucha literatura, porque sólo los buenos libros podrán remediar la plaga que se nos avecina de los gramáticos a palos.
San Severo, curso de 1963...
Tres, dos, uno... Empieza Curso del 63, un "docu-reality" de Antena3 en el que unos chicos del siglo XXI pasarán unas semanas en "San Severo", un internado de ambiente sesentero, estricto, estricto... No creáis que soy un fan de la telerrealidad, ni mucho menos, pero no me negaréis que la cosa promete... Esto sí que puede ser un experimento de los buenos... Y por lo que empiezo a ver, el primer día está resultando durillo...
Juan Vaello Orts
Tuve este año el placer de escuchar en Verín a una conferencia de Juan Vaello Orts, que llevaba por título "Gestión del aula desde un enfoque preventivo". Fue bastante didáctico, sin duda, y todos los presentes nos fuimos para casa con las alforjas llenas de cosas en las que meditar. Es la misma conferencia que la que puede verse en el vídeo de arriba, aunque en diferente escenario.
Tras la charla, quisimos encargar un libro suyo de sugerente título, Cómo dar clase a los que no quieren, convencidos de que sería útil. El Blog de la Biblioteca del Baronceli me ha recordado que todavía tengo que leerlo (upssssss...). Pero he visto una conferencia de Vaello con el mismo título para el CEP Priego-Montilla, y no me he resistido a colgar el vídeo también aquí.
Discurso del Rey en la apertura del curso escolar 2009/10

Ya se calientan motores para el inminente comienzo del curso 2009/10 en todos los centros de Secundaria de España. El Rey ha hecho su tradicional discurso de apertura del curso, esta vez en un IES de Reinosa (Cantabria). Y lejos de un discurso artificial y rutinario, el Rey ha expresado claramente lo que piensan muchos ciudadanos de a pie -incluso los republicanos...-: la necesidad de un pacto nacional entre los partidos en materia de Educación. Quizá a él si le escuchen los mandamases políticos.
En este enlace está el discurso íntegro para aquellos que quieran leerlo.
Profesores, autoridad pública
Es la medida que ha tomado la Comunidad de Madrid, siguiendo el camino de las de Valencia y de Cataluña (en este caso, solo los directores): los profesores serán reconocidos como autoridad pública, igual que jueces, policías, médicos o pilotos de naves y aeronaves. Esto implica dos cosas principalmente. Primero, la agresión a un profesor estará tipificada como agresión a una autoridad pública en el Código Penal, y puede conllevar penas de prisión; incluso la Fiscalía puede actuar de oficio. Segundo, como autoridad pública se les presume a los profesores veracidad, es decir, su palabra vale más que la de otro ciudadano.
Una feliz noticia en este inicio de curso, este apoyo claro de las instituciones para que los profesores puedan ganar la autoridad perdida. Y es que algunas aulas son auténticas selvas donde impera la ley del "sálvese quien pueda". No son casos mayoritarios, me parece (todo lo magnifican los medios de comunicación), pero evidentemente existen y es enormemente complicado trabajar en contextos donde no hay un elemental respeto y civismo. Es cierto que los profesores tenemos nuestra parte de responsabilidad cuando no sabemos imponernos, y debemos preguntarnos en qué fallamos y en qué podemos mejorar. Los alumnos suelen estar atentos para probar nuestra paciencia y nuestros límites, así que habrá que estar preparados para ponernos serios cuando haya que hacerlo, sin dejar de tener una actitud amistosa y dialogante el resto del tiempo.
Pues enhorabuena a los profesores madrileños, siempre que la elevación del rango no signifique un regreso al autoritarismo que sufrieron nuestros abuelos...
PS. Sobre este mismo tema se han vertido muchas opiniones estos días; el artículo de César Casal que publica La Voz de Galicia el sábado 19 de septiembre habla de la otra "pata de la silla", la responsabilidad de los padres:
[...] no tengo la misma esperanza que Aguirre en que una solución sea convertir a los profesores en agentes de autoridad.A los críos hay que controlarlos en casa. Lo que pasa es que no lo hacemos. Los hábitos han cambiado. No les vemos el pelo. La mayoría comen fuera y quienes los educan, casi en exclusiva, son los profesores y, ojo, sus propios compañeros. A esas edades imitan lo que hace el grupo, la pandilla. Aguirre propone que, definitivamente, les pasamos toda la responsabilidad de cómo salgan nuestros hijos a los profesores, que bastante tienen. Nos lavamos las manos y, si salen rebeldes, la culpa es del colegio. No es así. Ser padres es algo más que pagar las facturas. Es una responsabilidad enorme de la que no se puede escabullir uno. En muchos colegios ya hay mecanismos precisos que avisan a las familias cuando las cosas van mal. Pero los profesores no son los que dejan que un menor baje a un botellón a beber litros de alcohol hasta las tantas, sin horario de vuelta a casa. La comodidad de los padres de decir siempre que sí se paga de forma muy amarga.
Declaración universal del derecho de los niños a escuchar cuentos

Parece ser que este "manifiesto" apareció por primera vez en una publicación venezolana, y a partir de ahí, han aparecido diferentes versiones en toda América latina y España. Lástima que no pueda citar la fuente original... es realmente hermoso.
Derechos de los niños a escuchar cuentos
1. Todo niño, sin distinción de raza, idioma o religión, tienen derecho a escuchar los más hermosos cuentos de la tradición oral de los pueblos, especialmente aquellos que estimulen su imaginación y su capacidad crítica.
2. Todo niño tiene pleno derecho a exigir que sus padres le cuenten cuentos a cualquier hora del día. Aquellos padres que sean sorprendidos negándose a contar un cuento a un niño, no sólo incurren en un grave delito de omisión culposa, sino que se están autocondenando a que sus hijos jamás vuelvan a pedir otro cuento.
3. Todo niño que por una u otra razón no tenga a nadie que le cuente cuentos, tiene absoluto derecho a pedir al adulto de su preferencia que se los cuente, siempre y cuando éste demuestre que lo hace con amor y ternura, que es como se cuentan los cuentos.
4. Todo niño tiene derecho a escuchar cuentos sentados en las rodillas de sus abuelos. Aquellos que tengan vivos a sus cuatro abuelos podrán cederlos a otros niños que, por diversas razones, no tengan abuelos que se los cuenten. Del mismo modo, aquellos abuelos que carezcan de nietos están en libertad de acudir a escuelas, parques y otros lugares de concentración infantil donde, con entera libertad, podrán contar cuantos cuentos quieran.
5. Todo niño está en el derecho de saber quiénes son José Martí, Hans Christian Andersen, Rafael Pombo, Elsa Bornemann, José Sebastian Tallon, Laura Devetach, Carlo Collodi, María Elena Walsh, entre otros. Las personas
adultas están en la obligación de poner al alcance de los niños todos los libros, cuentos y poemas de estos autores.
6. Todo niño goza a plenitud del derecho a conocer las fábulas, mitos y leyendas de la tradición oral de su país. En el caso de los niños colombianos, éstos tienen perfecto derecho a interesarse en nuestros relatos indígenas y cuentos costumbristas, así como en toda aquella literatura creada por el pueblo.
7. El niño tiene derecho a inventar y contar sus propios cuentos, así como modificar los ya existentes creando su propia versión. En aquellos casos de niños muy influidos por la televisión, sus padres están en la obligación de descontaminarlos conduciéndolos por los caminos de la imaginación de la mano de un buen libro de cuentos infantiles.
8. El niño tiene derecho a exigir cuentos nuevos. Los adultos están en la obligación de nutrirse permanentemente de nuevos relatos, propios o no,con o sin reyes, largos o cortos, Lo único obligatorio es que éstos sean hermosos e interesantes.
9. El niño siempre tiene derecho a pedir otro cuento y a pedir que le cuenten un millón de veces el mismo cuento.
10. Todo niño, por último, tiene derecho a crecer acompañado de las aventuras de "Tío Tigre y Tío Conejo", de aquel caballo que era bien bonito, de la barba del viejo Lucho, del colorín colorado de los cuentos y del inmortal "Había una vez...", palabra mágica que abre las puertas de la imaginación en la ruta hacia los sueños más hermosos de la niñez.
Sobre las vacaciones... por José Mª García Linares

Beni, la profe de Gallego, me envió un interesante texto firmado por José María García Linares, en respuesta a un reportaje aparecido en El País titulado Demasiadas vacaciones (uno ya sabe sin leerlo qué va a decir...). Corto-pego:
Es alentador comprobar, para un docente, el altísimo grado de implicación que la sociedad y el Estado españoles están demostrando en las últimas semanas en materia de educación. Qué orgullo al abrir los periódicos y encontrar todo el debate reducido a la lucha Religión/Educación para la Ciudanía, o lo que es lo mismo, como siempre en estas tierras, Partido Popular/Partido Socialista (o estás con nosotros o estás contra nosotros), o encontrarlo también centrado en el largo periodo vacacional de los profesores y los alumnos. Sí señor. Cuestiones de primer orden. Eso es lanzarse a la piscina, nunca mejor dicho, y empaparse hasta las cejas.
Qué rabia me daba de pequeño ir al colegio. No era yo como estos niños postmodernos de hoy en día que se aburren en sus casas y están locos por ver a sus amiguitos en el recreo. No. Yo, en caso de verlos, prefería hacerlo en el parque, en el Club o en la playa. Al aire libre, en grandes espacios, corriendo, saltando y sin muros ni verjas ni señores mayores que te contaban lo mismo que podías leer en esos libros, salvo contadas excepciones que lograban captar tu atención y llevarte de aquí para allá en un viaje fascinante. Cuando llegaba el mes de junio, ya tenía esa cosilla en mi estómago cada vez que veía el cielo azul o sentía esa luz melillense tostadita en el cogote al pasear por la Avenida. Olía a verano, a paz, a felicidad. En los escaparates, esos cuadernillos espantosos de Santillana para repasar y divertirse (por Dios) en julio y agosto. A mis hermanas y a mí no nos hacían falta, que ya estaban nuestro padres poniéndonos todos los días cuentas y copias, para que no se nos secara, a pesar de los chapuzones, la mollera.
El pasado día cinco de febrero el diario El País publicaba un artículo titulado "Demasiadas vacaciones" en donde se criticaba no sólo las de los profesores, sino también el poco número de días lectivos de los estudiantes. Algunos proponían ahí alargar el final del curso, otros adelantar su comienzo y, como telón de fondo, el problema que tienen los padres actualmente para conciliar su vida laboral con la familia, al parecer responsabilidad de los centros y no de sus empresas, esto es, qué diantres hago con la niña-molestia cuando le den las vacaciones. ¿A dónde la mando? Y leía estas argumentaciones mientras hacía la cola en el Ayuntamiento para recoger un certificado. De cuatro mostradores, sólo funcionaba uno. Hay que ver lo que tardan en servir los desayunos en las cafeterías.
Las vacaciones de nuestros jóvenes son distintas a la de los chicos y chicas de otros países, algo evidente porque aquí no se puede tener a treinta estudiantes metidos en un aula sin cortinas y sin aire acondicionado a finales de junio. El calor es insoportable.
Comparar esta situación con la finlandesa o la sueca es poco provechoso. Pero es que a principios de septiembre la temperatura, al menos en el sur de España, es igual, agobiante. Los que piden adelantar el comienzo al día uno del mismo mes olvidan también que en esas fechas están los exámenes de recuperación y que las plantillas de profesionales están incompletas. Lo que escuece de todo este asunto es que el debate haya saltado nuevamente a los medios por motivos que nada tienen que ver con la enseñanza.
Las familias quieren tener los centros más tiempo abierto para tener allí aparcaditos y cuidaditos a sus criaturas (que, curiosamente, son suyas. Algunos lo olvidan). Y digo aparcados porque da igual que aprendan más o menos (casi nadie trae la tarea hecha), que no haya ordenadores, que haya saturación, que las ratios sean elevadísimas, que falten recursos de todo tipo. Lo que importa, lamentablemente, es que estén allí vigilados porque así no estarán fuera, solos, de ahí la propuesta de varias CCAA de tener los colegios e institutos abiertos por las tardes, o casi de madrugada. La docencia tiene una función fundamental y valiosísima, si se deja ejercerla: la de enseñar. Todo lo que se salga de ese marco no es tarea de los docentes.
Tal y como se están poniendo las cosas, un alumno puede llegar a su colegio a las siete de la mañana, en régimen de acogida temprana, recibir sus seis horas de clase, comer a las dos y media y realizar las actividades extraescolares hasta las seis de la tarde, supuestamente controlados por personal distinto al de los profesores, nos dicen los expertos.
Esto huele a podrido. Todos estos pedagogos, presidentes de no sé qué, coordinadores de no sé cuánto que, o están liberados o no han dado clase en su vida, ¿no tienen nada que decir sobre el hecho de tener a un chico encerrado diariamente casi doce horas en un centro? La solución a los problemas sociales no la tiene en exclusividad la escuela. ¿El Estado no va a hacer nada para que los empresarios flexibilicen los horarios y turnos de sus trabajadores, para que puedan disfrutar de sus hijos? Ya está bien de echar sobre la enseñanza todas las responsabilidades sociales. A este paso, en cinco años, estaremos presentes en los partos para registrar la llegada de un nuevo alumno y evitar el fracaso neonato y el absentismo en las incubadoras.
"Conectar con los más pequeños", por Ferrán Ramón Cortés
He aquí un interesante artículo de Ferrán Ramón Cortés, publicado en El País Semanal el 26 de abril de 2009. Es un poquito largo pero merece la pena:
Conectar con los más pequeños
Muchas veces hablamos a los niños como si fueran adultos.
Pero nuestras palabras son muy poco estimulantes para ellos, y no despertamos su interés. ¿Cómo podemos comunicarnos mejor con los niños?
Cuando mi hija empezaba a leer, un día, libro en mano, me preguntó:
- Papá, ¿qué es generoso?
Se lo intenté explicar lo mejor que pude. Le conté que ser generoso consiste en dar a los demás, en compartir las cosas, en no quererlo todo para ti...
- ¿Lo has entendido? -Le pregunté-.
Al tiempo que corría por el pasillo hacia su habitación, oí que me contestaba:
- Creo que si.
Pasaron algunas semanas, y una tarde me volvió a preguntar:
- Papá, ¿Qué era lo de generoso?
Batalla perdida, pensé. Quizás lo había entendido en su momento, pero evidentemente no lo había interiorizado, y por ello ya no lo recordaba. Probé con otra estrategia: en lugar de insistir con mis explicaciones, le conté una historia. Un ejemplo de generosidad de una persona muy cercana a ella: su abuela. Escucho atentamente mi relato con los ojos abiertos como platos, y una gran sonrisa en sus labios. Yo noté que esta vez algo se estaba moviendo dentro suyo.
Algunos meses más tarde, volviendo de la escuela me dijo:
- ¿Sabes papá?, hoy en el “cole” hemos hablado de lo de ser generoso. Y yo les he dicho: “como mi abuela”.
Ahora estaba seguro: no sólo lo había entendido, sino que probablemente lo recordaría para siempre.
Conectando con los niños.
“La distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento” (Anthony deMello).
Como adultos, estamos acostumbrados a comunicarnos mediante explicaciones conceptuales. Un código de comunicación que compartimos y que permite que nos entendamos perfectamente entre nosotros. Lo utilizamos cuando nos comunicamos entre adultos, y por extensión lo utilizamos también con los niños. Pero la mente infantil es poco receptiva a este código. A los niños les entrar en el significado de los conceptos, y aunque los pueden entender, difícilmente los recuerdan por mucho tiempo. Las explicaciones conceptuales calan muy poco en sus mentes infantiles, y les llegan muy poco. Por eso nos parece que tenemos que repetirles doscientas veces las cosas para que las asimilen, cuando lo que ocurre es que no les interesa lo que les contamos. Y es que sin darnos cuenta, les hablamos en un código de adultos, que los adultos entienden y comparten, pero que a ellos les es completamente ajeno.
Pero comunicarnos con los más pequeños no es difícil. Exige solamente un cambio de código. Hemos de abandonar las explicaciones conceptuales y cambiarlas por la narración simbólica, es decir, las historias, los cuentos, las metáforas, las vivencias, o cualquier otro recurso narrativo que se nos ocurra.
Podemos explicarle a un niño veinte veces la necesidad de comer verduras. Ni le interesará ni lo comprenderá realmente. Pero una buena historia, con un héroe alimentado de verduras (al más puro estilo de Popeye y sus espinacas), le transmitirá perfectamente la idea, y no lo olvidará fácilmente.
El poder de las historias
“La mente es una criatura metafórica” (Michael A. Arbib).
La mente de los niños es especialmente sensible a la fantasía. Y lo que es más importante, como son muy listos, son perfectamente capaces de conectar esta fantasía a su vida real aprendiendo de las historias.
Los cuentos o las historias comunican mucho más que las meras explicaciones. En primer lugar, porque el niño las visualiza, las imagina, las vive. Se las hace suyas, atesorándolas y fijándolas en la memoria. En segundo lugar porque conectan con sus experiencias y con todo lo que ocurre a su alrededor. El niño le da significado a la historia estableciendo precisos paralelismos con su vida. Las historias conectan con vivencias y realidades que son únicas e individuales de cada niño que las recibe. Y en tercer lugar, porque las historias mueven emociones, cosa que difícilmente hace una mera explicación. Mover sentimientos es una clave esencial para fijar el recuerdo. No sólo en los niños, también en los adultos, las cosas que sólo se entienden, se olvidan. Las que además se sienten, se recuerdan para siempre.
Historias para educar y para transmitir valores.
“Los cuentos son para los niños una parábola de la vida” (Dr. Eduard Estivill).
Los niños se encuentran inmersos en pleno proceso de desarrollo de su personalidad. Es un momento crucial para que entiendan el significado de determinados valores, y para que den sentido a sus comportamientos. Es una etapa en la que necesitan información, y quieren comprender el significado de muchas cosas que ocurren a su alrededor. Y nosotros, como adultos, también nos vemos en la necesidad de explicarles muchas cosas que no son fáciles de explicar.
La separación de los padres de un amigo, la venida al mundo de un nuevo hermano, un compañero de clase que viene de un país lejano y no habla nuestro idioma, la muerte de un abuelo... hay mil cosas que vamos a tener que explicar a los niños porque son situaciones que ya están viviendo o que un día les tocará vivir.
A veces no sabemos “ni como ponernos a ello”. Sin embargo, es mucho más fácil de lo que parece. Nos basta con buscar, o inventar, una buena historia. Una historia que haga que el niño se meta en la situación que le queremos contar. Que la viva en su imaginación y la llene de fantasía. Si lo hacemos así, nos daremos cuenta que las preguntas vienen solas e inmediatamente al término de nuestro relato, prueba de que la historia ha despertado en el niño todo lo que tenía que despertar.
Cuentos para transmitir afecto.
Cuando explicamos historias a los más pequeños, además de educarles o enseñarles algún concepto (si la historia está pensada para ello), obtenemos un beneficio adicional: establecemos un fuerte vínculo de afectividad. A través de un cuento compartimos con el niño un espacio de fantasía que él aprecia y valora especialmente. Y de alguna manera, nosotros mismos acabamos siendo parte de la historia. Porque el cuento que le contemos tendrá los matices y la fuerza que le demos a través de nuestra entonación, de nuestra particular manera de contarla. Esto genera una gran complicidad con los pequeños, que querrán que le repitamos el cuento una y otra vez, exactamente con las mismas palabras, con las mismas inflexiones, sólo para disfrutar del momento.
Este es un efecto que si nos paramos a pensarlo no nos es en absoluto ajeno. Porque es exactamente igual a lo que nos paso a nosotros de pequeños, con los cuentos que nos contaban nuestros padres, y que esperábamos con impaciencia cada noche.
Cuentos para mantener el recuerdo.
Es bueno que los pequeños conozcan a sus antepasados, que tengan una historia familiar y que conozcan a toda la “saga”. Es bueno también que recuerden a los que ya nos han dejado, y a los que han tenido un papel especial en sus vidas. Todo esto lo podemos contar también con las historias. Historias que haremos a medida, y en las que los personajes y los héroes serán estos familiares a los que queremos recordar.
El recuerdo contiene siempre una importante dosis de distorsión. No nos debe preocupar que tenga, además, una buena aportación de fantasía. Lo importante es asegurarnos que lo mantenemos vivo.
“Jugando” con las reglas.
Otro aspecto fundamental en la comunicación con los niños es el establecimiento de normas o de pautas de conducta. También aquí el código que utilicemos será crucial.
Es difícil que un niño “entienda” que debe despertarse a las 7.15, que tiene que estar desayunando a las 7.35, y que a las 8.00 hay que salir hacia la escuela. Se lo podemos repetir cien veces que no lograremos mucho. Y recordar las normas cada mañana al tiempo que nos enfadamos porque vamos con retraso no ayuda mucho. ¿Cómo puede hacerse cargo un niño de lo que significa todo esto?. Hacer un juego de todo ello es mucho más efectivo. Marcar en el reloj de la cocina una gran línea roja, “jugar” a acercarse a la línea, hacer de los últimos minutos unos momentos de máxima expectación, y premiar con un punto la victoria convierte la norma en un reto. Y hará que la recuerden, y sobretodo que la aprendan.
¿Que no estamos muchas veces para juegos? Debemos saber que si recurrimos a la norma explícita, y a la “bronca” no la acabaran de comprender. Sabrán que les están riñendo, pero no sabrán exactamente porqué ni qué tienen que hacer para solventarlo. Es cierto que no todas las normas admitirán un juego, pero si una dosis de fantasía, una metáfora o una pequeña historia. Y es bueno que lo hagamos, porque es su lenguaje, y lo que queremos es que nos entiendan.
Bienvenidos al mundo de la fantasía.
Hay un montón de historias que nos van a ayudar a comunicarnos con los pequeños, desde las historias clásicas hasta los libros de cuentos que se han publicado especialmente para transmitir determinados valores. Pero nuestra imaginación también debe ponerse en juego en este punto. Si queremos conectar con nuestros niños, nada tiene más poder que una historia propia. Inventemos personajes. Démosles vida. Movámonos en mundos imaginarios para dar nuestros mensajes y crear estrechos vínculos. Todas estas historias creadas, todos estos personajes inventados, nos serán de gran ayuda cuando necesitemos transmitirles algo. Ellos hablarán por nosotros, nos ayudarán a poder crear reglas, a poder explicar mejor nuestros mensajes. Estos personajes acabarán formando parte de la familia por un tiempo, y harán un maravilloso trabajo. Yo elegí un pulpo que hablaba, que se nos había “colado” en el coche en nuestro último viaje a Menorca... y aquel pulpo, que tenía nombre y que acabamos dibujando en una gran cartulina, me ayudó muchísimo a explicarles muchas cosas.
Olvidarse de la razón. Atender a su lógica.
Los niños son extremadamente listos. Y tienen una lógica aplastante. A los cuatro años, el primer día que fuimos a esquiar, mi hijo andaba buscando la “tele” del telesilla: “ ¿Los telesillas no son sillas con tele?” –me dijo-
No caiga en la tentación de explicarle que “tele” es lejos, que “televisión” es una visión remota, o que “telesilla” son sillas que te permiten cubrir una cierta distancia. Conecte con su lógica y métase de lleno en su fantasía. Es usted quien ha de ir a su mundo, no traerlos a ellos al nuestro... todavía.
Criterios para la obtención del título de ESO o la importancia de una coma
El uso de los signos de puntuación está, sobre todo en esta época de comunicación digital, en franca decadencia. Pero una coma puede resultar determinante. Si hablamos de una cosa tan importante como los criterios de obtención del título de Graduado en Educación Secundaria, podemos leer en el DOGA que obtendrá el título...
1. O alumnado que ao terminar a educación secundaria obrigatoria superase todas as materias e alcanzadas as competencias básicas e os obxectivos da etapa obterá o título de graduado en educación secundaria obrigatoria.
2. Así mesmo, poderá obter o dito título aquel alumnado que, unha vez realizadas as probas extraordinarias, finalice a etapa con avaliación negativa nunha ou en dúas materias, e excepcionalmente en tres, sempre que o equipo docente que imparte no grupo considere que a natureza e o peso destas no conxunto da etapa non lle impediu alcanzar as competencias básicas e os obxectivos da etapa.
3. As decisións de titulación do alumnado con materias non superadas requirirán o acordo favorable da maioría simple do equipo docente.
Leed otra vez el enunciado en negrita. Si quitamos la coma después de "tres", se entiende que excepcionalmente el equipo docente puede decidir -si así lo cree conveniente- dar el título a un alumno que tenga tres materias suspensas, mientras si le quedan una o dos la titulación sería automática. Pero hay una COMA, lo que indica que el equipo docente debe decidir la titulación en todos los casos, es decir, si le quedan al alumno una, dos o tres materias suspensas. Entonces, ¿lo de "excepcionalmente"? Pues un caso excepcional sería, por ejemplo, que el alumno en cuestión tuviera cumplidos los 18 años y no tuviera posibilidad de continuar en el centro.
La conclusión es doble. Uno, al legislador le convendría ser más claro para evitar confusiones o interpretaciones perversas. Dos, al alumno le debería quedar claro que la única manera de sacar el título es aprobando todas las materias y alcanzando las competencias básicas... y punto. Solo excepcionalmente, podría obtener el título siempre que la mayoría simple del equipo docente considerase que el suspenso en esas materias no afecta a la adquisición de las competencias y objetivos de etapa, cosa e-sen-cial.
Mi amigo Juanjo también me recordó la importancia de la coma con un ejemplo más distendido...:
Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría a cuatro patas en su búsqueda.
Falta una coma ¿no? ¿Dónde?
Solución:
Más abajo
Si usted es mujer, con toda seguridad ha colocado la coma después de la palabra mujer.
Si usted es hombre, con toda seguridad ha colocado la coma después de la palabra tiene.
Precioso artículo de Pérez-Reverte: "Cervantes, esquina León"
CERVANTES, ESQUINA A LEÓN
Me gusta la calle Cervantes de Madrid. No porque sea especialmente bonita, que no lo es, sino porque cada vez que la piso tengo la impresión de cruzarme con amistosos fantasmas que por allí transitan. En la esquina con la calle Quevedo, uno se encuentra exactamente entre la casa de Lope de Vega y la calle donde vivió Francisco de Quevedo, pudiendo ver, al fondo, el muro de ladrillo del convento de las Trinitarias, donde enterraron a Cervantes. A veces me cruzo por allí con estudiantes acompañados de su profesor. Eso ocurrió el otro día, frente al lugar donde estuvo la casa del autor del Quijote, recordado por dos humildes placas en la fachada –en Londres o París esa calle sería un museo espectacular con colas de visitantes, librerías e instalaciones culturales, pero estamos en Madrid, España–. La estampa del grupo era la que pueden imaginar: una veintena de chicos aburridos, la profesora contando lo de la casa cervantina, cuatro o cinco atendiendo realmente interesados, y el resto hablando de sus cosas o echando un vistazo al escaparate de un par de tiendas cercanas. Cervantes les importa un carajo, me dije una vez más. Algo comprensible, por otra parte. En el mundo que les hemos dispuesto, poca falta les hace. Mejor, quizás, que ignoren a que sufran.
Pasaba junto a ellos cuando la profesora me reconoció. Es un escritor, les dijo a los chicos. Autor de tal y cual. Cuando pronunció el nombre del capitán Alatriste, alguno me miró con vago interés. Les sonaba, supongo, por Viggo Mortensen. Saludé, todo lo cortés que pude, e hice ademán de seguir camino. Entonces la profesora dijo que yo conocía ese barrio, y que les contase algo sobre él. Cualquier cosa que pueda interesarles, pidió.
La docencia no es mi vocación. Además, albergo serias reservas sobre el interés que un grupo de quinceañeros puede tener, a las doce de la mañana de un día de invierno frío y gris, en que un fulano con canas en la barba les cuente algo sobre el barrio de las Letras. Pero no tenía escapatoria. Así que recurrí a los viejos trucos de mi lejano oficio. Plantéatelo como una crónica de telediario, me dije. Algo que durante minuto y medio trinque a la audiencia. Una entradilla con gancho, y son tuyos. Luego te largas. «Se odiaban a muerte», empecé, viendo cómo la profesora abría mucho los ojos, horrorizada. «Eran tan españoles que no podían verse unos a otros. Se envidiaban los éxitos, la fama y el dinero. Se despreciaban y zaherían cuanto les era posible. Se escribían versos mordaces, insultándose. Hasta se denunciaban entre sí. Eran unos hijos de la grandísima puta, casi todos. Pero eran unos genios inmensos, inteligentes. Los más grandes. Ellos forjaron la lengua magnífica en la que hablamos ahora.»
Me reía por los adentros, porque ahora todos los chicos me miraban atentos. Hasta los de los escaparates se habían acercado. Y proseguí: «Tenéis suerte de estar aquí –dije, más o menos–. Nunca en la historia de la cultura universal se dio tanta concentración de talento en cuatro o cinco calles. Se cruzaban cada día unos y otros, odiándose y admirándose al mismo tiempo, como os digo. Ahí está la casa de Lope, donde alojó a su amigo el capitán Contreras, a pocos metros de la casa que Quevedo compró para poder echar a su enemigo Góngora. Por esta esquina se paseaban el jorobado Ruiz de Alarcón, que vino de México, y el joven Calderón de la Barca, que había sido soldado en Flandes. En el convento que hay detrás enterraron a Cervantes, tan fracasado y pobre que ni siquiera se conservan sus huesos. Lo dejaron morir casi en la miseria, y a su entierro fueron cuatro gatos. Mientras que al de su vecino Lope, que triunfó en vida, acudió todo Madrid. Son las paradojas de nuestra triste, ingrata, maldita España».
No se oía una mosca. Sólo mi voz. Los chicos, todos, estaban agrupados y escuchaban respetuosos. No a mí, claro, sino el eco de las gentes de las que les hablaba. No las palabras de un escritor coñazo cuyas novelas les traían sin cuidado, sino la historia fascinante de un trocito de su propia cultura. De su lengua y de su vieja y pobre patria. Y qué bien reaccionan estos cabroncetes, pensé, cuando les das cosas adecuadas. Cuando les hacen atisbar, aunque sea un instante, que hay aventuras tan apasionantes como el Paris-Dakar o mira quien baila, y que es posible acceder a ellas cuando se camina prevenido, lúcido, con alguien que deje miguitas de pan en el camino. Le sonreí a la profesora, y ella a mí. «Bonito trabajo el suyo, maestra», dije. «Y difícil», respondió. «Pero siempre hay algún justo en Sodoma», apunté señalando al grupo. Mientras me alejaba, oí a algunos chicos preguntar qué era Sodoma. Me reía a solas por la calle del León, camino de Huertas. Desde unos azulejos en la puerta de un bar, Francisco de Quevedo me guiñó un ojo, guasón. Le devolví el guiño. La mañana se había vuelto menos gris y menos fría.
PÉREZ REVERTE, Arturo. XL Semanal, 1 de marzo de 2009.
Emilio Calatayud, juez de menores, hombre sabio
Ayer tuvimos en el Baronceli una ponencia sobre conflictividad en las aulas. Los ponentes nos pusieron como colofón final esta conferencia de Emilio Calatayud, juez de menores en Granada, conocido por sus heterodoxas sentencias, tales como condenar a impartir 100 horas de clases de informática a un chico que había crackeado varias empresas, o a otro, condenado a 100 horas de patrulla junto a un policía local por haber conducido sin permiso y de forma temeraria, o a otro, condenado a hacer visitas a la planta de traumatología de un hospital de Granada por haber conducido un ciclomotor sin seguro. Sus sentencias -más de diez mil casos han pasado por sus manos- han logrado disminuir el número de jóvenes delincuentes reincidentes. Muchos se rehabilitan, y bendicen la suerte de haber sido juzgados por alguien que no los veía como delincuentes, sino como personas que han cometido un delito, lo cual es muy diferente. Los profes que tenemos que solucionar conflictos en el aula podemos aprender de la creatividad y del optimismo de este juez.
Emilio Calatayud habla desde su perspectiva de la educación de los jóvenes. Y creo sinceramente que dice verdades como puños.
"La educación de los hijos", por Enrique Rojas
Excelente artículo del psiquiatra Enrique Rojas. Para leer despacito y con calma... Los subrayados son de él.
LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
Educar es entusiasmar con los valores. Estamos en un unos momentos en el que mucha gente joven está perdida, sin saber a dónde ir. Estar perdido es no tener rumbo. Ir tirando a ver qué pasa. Veo mucha gente joven así. Y no hablo solo de nuestro país. McLuhan habló del planeta global.
¿Por dónde debemos empezar? Los edificios que no se caen son los que tienen unas bases firmes, unas raíces sólidas. Lo primero de todo es la formación. Educar convertir a alguien en persona. Educar es conseguir seres humanos con dignidad y criterio. Educar es seducir con modelos sanos, atractivos, coherentes y llenos de humanidad. Por ahí debemos comenzar. Ejemplos de vidas llenas de sentido, atractivas, que nos empujen, que arrastren nuestra conducta en esa dirección. Educar es atraer por encantamiento y ejemplaridad.
El gran educador moderno está enfermo y con mal pronóstico: la televisión. Y no hay ningún indicador que nos diga que va a cambiar en positivo. Pero la primera fuente educativa, donde todo debe arrancar, es la familia. La familia debe ser una escuela en donde uno se sabe querido por lo es y no por lo que tiene. Una familia sana es la primera escuela donde uno recibe lecciones que no se olvidan.
De niño, dos de mis asignaturas eran la Geografía y la Historia Sagrada. Y aunque yo nunca estudié en un colegio religioso (ese fue el criterio de mi padre, uno de los primeros psiquiatras españoles, que estudió en Alemania), ésta segunda me parecía impresionante: La historia de España me parecía apasionante e iba pasando y repasando el libro de Romeo de Armas: los Reyes Católicos, Felipe II, Carlos V,los viajes de Colón y el descubrimiento de América…
En la segunda materia que comento, veía las escenas pintadas sobre Abraham a pique de matar a su hijo Isaac con el cuchillo levantado o las disputas de Esaú y Jacob o la vida de José el undécimo hijo de Jacob vendido por sus hermanos y que terminó en casa de Putifar. Yo leía y mi imaginación volaba, porque en aquella época muchos libros de texto eran ilustrados y esto hacía más fácil comprender lo que allí se explicaba.
En casa de mis padres la educación se prolongaba a lo largo del día y del fin de semana. Desde las normas básicas de urbanidad, pasando por los almuerzos, en donde todos hablaban; yo era el sexto de siete hermanos y además un poco tímido, con lo cual muchas veces me limitaba a escuchar y preguntar lo que no entendía. La figura de mi padre era la de un Catedrático de Universidad de aquel tiempo (él muere en l974), de una disciplina entonces relativamente incipiente, la Psiquiatría, formado en Alemania. Mi madre no era universitaria, pero era un pozo de sabiduría y sentido común y generosidad para dar y tomar. Los dos marcaron mi personalidad a fuego.
Ahora, al repasar hechos y escenas, me lleno de agradecimiento a cada uno de ellos. Y veo como una panorámica de lo que debe de ser la educación en la familia. Esa es la primera universidad.
Si la familia funciona, la persona va a tener un edificio construido con materiales resistentes. Allí está un mundo mágico y decisivo. Porque la primera piedra de la educación es la formación. Adquirir una buena formación en general es distinguir lo que es bueno de lo que es malo; tener criterio; saber a qué atenerse; discernimiento: aprender a penetrar en la realidad distinguiendo lo que es mejor y más positivo, para escoger ese camino.
La formación hospeda en su interior distintos ingredientes. Hay dos notas principales que no quiero dejarme en el tintero y plasmarlas cuanto antes: la formación humana y espiritual. La primera, aspira a que lleguemos a tener un comportamiento propio de seres humanos y dentro de ese plano se abren 3 grandes notas: inteligencia, afectividad y voluntad. Para mi ellas constituyen el subsuelo en donde debe arrancar la condición humana. Cada una de ellas tiene un largo recorrido.
La inteligencia es capacidad de síntesis, saber distinguir lo accesorio de lo fundamental. Desde pequeños hay que enseñar a pensar, a tener espíritu crítico y a formular argumentos que defienden nuestras ideas y creencias. Hay muchos tipos de inteligencias y en general unas y otras se llevan a la gresca, parece como si poseer unas, excluyera a otras: inteligencia teórica, práctica, social, analítica, sintética, discursiva, creativa, inteligencia emocional (tan de moda hoy, desde el libro de Goleman), fenicia, instrumental, matemática…e inteligencia para la vida (saber gestionar del mejor modo posible la propia trayectoria). Todas tiene un lugar común: captar las realidad desde diversos ángulos.
La inteligencia se nutre de la lectura. Fomentar este hábito es esencial. Hoy a todos nos cuesta más, pues estamos en la era de la imagen. Pero hay que intentarlo. Un par de libros siempre cerca, alternándolos. Y la curiosidad como ingrediente esencial. La lectura es a la inteligencia, lo que el ejercicio físico es al cuerpo.
Quiero hacer una mención especial al tema de la lectura por la importancia que ésta tiene. La visión panorámica nos da una imagen bastante precisa: el final de la Edad Media corresponde a una poesía representada por los cantares de gesta, las cántigas de escarnio, el mester de clerecía y el mester de juglaría. El siglo XVI representa a la poesía del siglo de oro con Lope de Vega a la cabeza. El siglo XVII es el teatro, que fue en su tiempo lo que sería hoy la televisión, pero en bueno. El siglo XVIII es el ensayo…en España la Ilustración fue mucho menor comparada con Francia o Alemania. El siglo XIX es la novela, que fue la gran educadora sentimental en nuestro país, con Pérez Galdós y Clarín como máximos exponentes. El XX es el siglo del periodismo: los grandes escritores plasmaron sus ideas en los periódicos, como fue el caso de Ortega y Julíán Marías. El XXI por el momento es el de internet y las comunicaciones.
Solo un breve apunte en relación con la prensa. Mi suegro, Fabián Estapé (tiene más de 80 años) lee doce periódicos cada día, emplea casi toda la mañana en ello. Está claro que es importante estar bien informado, pero pienso que perdemos demasiado tiempo en ellos y en personas de media edad, hay que hacer una administración inteligente de la lectura de prensa.
La afectividad: ese pura sangre que recorre nuestra persona y que se manifiesta a través de los sentimientos, las emociones y las pasiones. Tener una buena formación sentimental significa capacidad para dar y recibir amor. Uno de los puntos básicos en este sentido es aprender a expresar sentimientos: desde dar las gracias, mostrar afecto, saber que la palabra bien empleada en puente de comunicación: te quiero, te necesito, perdóname, ayúdame en este asunto, necesito hablar contigo, tengo un problema y necesito que me orientes…Todo eso cultiva, hace prosperar el mundo sentimental y le da fuerza y consistencia.
En tercer lugar, la formación humana tiene un elemento decisivo, clave, de una importancia a la larga de gran alcance: la voluntad. ¿Qué es la voluntad, en qué consiste, qué características tiene?: Voluntad es capacidad para ponernos metas, objetivo y luchar a fondo por irlos consiguiendo. Con la voluntad no se nace, sino que uno la cultiva, la trata, se empeña por irla metiendo en la conducta personal, contra viento y marea. Voluntad es determinación, firmeza, esfuerzo deportivo por conquistar cimas de cierto nivel que nos ayuden a crecer como personas. Y ésta, a su vez, se compone de una serie de ingredientes que son muy importantes: orden, constancia y motivación. Yo le llamo a todos esos elementos la inteligencia instrumental, porque son las alas que le hacen volar alto a la inteligencia…las joyas de la corona. No hago lo que me apetece ni lo que me pide el cuerpo, sino lo que es mejor para mi, aquello que me hace crecer como persona.
La formación espiritual significa la rebeldía del que no quiere vivir como un animal, sino como una persona. Hoy lo políticamente correcto es no creer en casi nada, todo light, ligero, liviano, sin compromiso con nada…es el postmodernismo: una vida sin valores ni convicciones, suspendida en el relativismo y la permisividad. La espiritualidad bien entendida nos hace crecer en humanidad y nos lleva a ver al otro en toda su dignidad. Expulsar a Dios de la vida personal, porque está de moda y se lleva y eso es lo que hay…no hace más libre ni a las personas ni a la sociedad.
Eso lleva a lo que estamos viendo hoy tan a menudo, un vacío espiritual enorme. Solo un profundo sentido espiritual de la vida, moderno, abierto, liberal…pero firme como la tierra sólida que pisamos, es capaz de cambiar en profundidad el corazón del ser humano. Esta sociedad está muy perdida en lo básico. Hablaría de esto con detalle, pero ahora dejo solo apuntada esta idea, para el que quiera recogerla. Pero lo resumiría de este modo: la persona espiritual lo juzga todo.
Sarkozy ha hablado en la visita de Benedicto XVI a Francia de laicismo positivo: ser persona del siglo, pero sin renunciar a los valores imperecederos del hecho religioso y no dejarlo solo para el ámbito privado, pues es un bien público y social.
¡Qué tarea tan bonita y apasionante tenemos por delante los padres y los educadores! Vale la pena ponerse manos a la obra y llevarla a cabo. Lamentarse vale de poco, evita la úlcera de estómago y poco más. Somos los padres los primeros educadores. Los padres no podemos pretender que nuestros hijos vivan cosas que nosotros no practicamos. En la vida coherente de los padres está la base de una buena educación de los hijos: que entre lo que decimos y lo que hacemos exista una buena relación.
No quiero alargarme para no hacer muy extenso este artículo. Cuanto más vale una persona, más valora a los demás. Y al revés. No hay secretos para el éxito: éste se alcanza con preparación progresiva, trabajando con minuciosidad sobre uno mismo, sacando lecciones de los fracasos y procurando tener un modelo de identidad, esos ejemplos de vida lejanos o cercanos, que tiran, arrastran, empujan en esa dirección, para conseguir hacer una pequeña obra de arte de la vida personal. Querer es poder. Voy contra corriente. No me importa, se que son tiempos difíciles, en donde hay mucha gente desorientada, pero que puede ser reconducida…
En el libro de de Chesterton El hombre eterno el autor habla de ir contra corriente y dice lo siguiente: cuando uno va navegando por un río de cierto caudal a favor de la corriente, ésta le lleva a uno rápida y fluidamente, pero se corre el riesgo de ir tan bien, que uno se duerme y se puede caer al agua y ahogarse. Por el contrario, cuando uno está acostumbrado a ir contra corriente, hay que luchar y esforzarse y resistir y cada pequeña victoria es un triunfo…el agua salpica a la cara y es difícil seguir, pero la pasión por avanzar es mayor, así se fortalece la postura. Para ir contra corriente hoy hay que estar bien formado y tener ideas claras y criterios coherentes y sólidos, para no dejarse llevar por una sociedad herida por el consumismo y manipulada por los medios de comunicación.
El ser humano es el capital más preciado. La crisis económica es nada comparada con la crisis moral. No saber para donde tirar, ni a qué atenerse, es mucho más grave. Una educación permisiva y relativista, se sitúa lejos de la voluntad y la buena orientación y destruye el vigor del alma y del cuerpo.
Enrique Rojas es Catedrático de Psiquiatría y autor de un manual sobre la personalidad titulado Quién eres.
Una viñeta de Maitena

Sobre el manifiesto "No es verdad"
Ha llegado a mis manos un manifiesto (hay que ir aquí para leerlo y firmarlo), que creo que merece la pena ser leído, aunque personalmente no lo asuma a pies juntillas. Se titula No es verdad. Hago un resumen. Básicamente trata de desbaratar clichés sobre educación, de modo que explica que No es verdad que en la escuela española actual predomine un modelo de enseñanza diferente al tradicional, No es verdad que en la escuela española hayan bajado los niveles de exigencia, No es verdad que los alumnos y alumnas de ahora sean peores que los de antes, No es verdad que los docentes españoles tengan un exceso de formación pedagógica y un déficit de formación en contenidos.
A continuación afirma que necesitamos una escuela... 1. Centrada en los estudiantes y en su desarrollo integral (corporal, intelectual, social, práctico, emocional y ético). 2. Con contenidos básicos vinculados a problemáticas relevantes de nuestro mundo, buscando la calidad frente a la cantidad, la integración de materias frente a la separación. 3. Con metodologías investigativas que promuevan aprendizajes concretos y funcionales, al mismo tiempo que capacidades generales como la de aprender a aprender. Donde el esfuerzo necesario para aprender tenga sentido. 4. Con recursos didácticos y organizativos modernos y variados. Una escuela que utilice de forma inteligente y crítica los medios tecnológicos de esta época. 5. Con formas de evaluación formativas y participativas que abarquen a todos los implicados (estudiantes, docentes, centros, familias y administración), que impulsen la motivación interna para mejorar y que contemplen a las personas en todas sus dimensiones. 6. Con docentes formados e identificados con su profesión. Mediadores críticos del conocimiento. Dispuestos al trabajo cooperativo y en red. Estimulados para la innovación y la investigación. 7. Con una ratio razonable y con profesorado ayudante y en prácticas. Con momentos para diseñar, evaluar, formarse e investigar. 8. Con un ambiente acogedor, donde los tiempos, espacios y mobiliarios estimulen y respeten las necesidades y los ritmos de los menores. 9. Cogestionada con autonomía por toda la comunidad educativa. Que promueva la corresponsabilidad del alumnado. Comprometida con el medio local y global. 10. Auténticamente pública y laica. Con un marco legal mínimo basado en grandes finalidades y obtenido por un amplio consenso político y social.
No está mal el manifiesto, al contrario. Invita a la reflexión abstracta, pero ignora las realidades concretas. Algunos "peros":
Es más que discutible la afirmación, por ejemplo, de que "No es verdad que en la escuela española hayan bajado los niveles de exigencia". La comprensividad, que trata de reducir las diferencias entre los alumnos "buenos" y "malos", en la práctica ha resultado en una instalación generalizada de la mediocridad académica. La atención a la diversidad está ignorando a los alumnos que quieren aprovechar los recursos que se ponen a su disposición.
Por otra parte, los "principios orientadores" del manifiesto no constituyen realmente nada novedoso, pues básicamente son los principios de la LOGSE y de la LOE, y son demasiado generales, ya que evitan hablar del cómo se van a aplicar, defecto del que adolecen también nuestros administradores y gobernantes en general.
Por último, se es demasiado injusto con un colectivo, el de profesores, que si bien es cierto que a muchos les cuesta adaptarse a las nuevas realidades de las aulas (porque no se les ha preparado para ello), no es menos cierto que, en general, tratan, con mayor o menor éxito, de enseñar a sus alumnos de la mejor manera posible; de hecho, son los primeros interesados en que así sea. No conozco a ningún profesor que se limite sin más a dictar retahílas de frases de folios amarillentos por el paso del tiempo. No conozco a ninguno que haya renunciado al aprendizaje constructivo, que ignore tan vilmente las necesidades de sus alumnos.
La autocrítica es necesaria por parte de to-dos, y no de una parte de los implicados en el proceso educativo. Los profesores debemos renovar nuestros métodos, sí, actualizar nuestros conocimientos pedagógicos, sí. Tengo la convicción personal de que hay que llegar a nuestros alumnos como sea, y para eso hay que hablarles, conocerles, porque sin conocimiento mutuo no hay respeto mutuo. Pero no me parece cierto que los métodos tradicionales sean los culpables, así sin más debate. Habrá que ver en qué circunstancias funcionan y no funcionan los "métodos tradicionales", y en qué circunstancias funcionan o no funcionan los "métodos modernos". Además, ¿qué se entiende por "método tradicional"? El profesor que me contagió el amor por las letras hace veinte años... ¿utilizaba también un "método tradicional"?
Los padres tienen que entender su responsabilidad educativa (que no se limita al "Niño, haz los deberes", sino que consiste en una preocupación seria y desde bebés por su formación y su disciplina -¿adivináis cuántos padres de los alumnos de mi tutoría me llaman para ver cómo van sus hijos? Acertasteis, practicamente ninguno-), y reconocer la autoridad de los docentes, no sabotearlos, como sucede a veces por desgracia.
La administración debe financiar, no más (porque no hay) pero sí de un modo más razonable. Incluso el gasto en equipamiento en nuevas tecnologías (de las que me declaro seguidor entusiasta) debiera ser secundario respecto al tema de la ratio profesor-alumno. Debemos obsesionarnos por nuestros alumnos, no por las pizarras digitales. La administración nos ayuda a formarnos con cursos y jornadas, pero no son más que parches y mercadeo de puntos para los sexenios, unos cursos y jornadas con docentes que porque usen presentaciones de powerpoint parece ya que son grandes comunicadores y "neopedagogos". La administración nos empapela -literalmente- con planes, proyectos... que al final no hacen sino alejarnos de lo que queremos y lo que nos gusta: enseñar. La administración programa currículos que no son viables, con contenidos inapropiados (es sangrante en el caso de la Educación Primaria), que solo los profesores con más agallas tienen el valor de ignorar.
Así que todos debemos cargar con nuestras culpas. ¿Nuestra penitencia? Solo una. No desanimarnos y conocer las necesidades reales de nuestros alumnos, de nuestros hijos, de nuestros administrados, y amoldar todos los conocimientos y recursos disponibles a sus necesidades reales, sin necesidad de inventar nada, sin sacar conejos de la chistera. Porque al fin y al cabo, es cierto que nuestros alumnos no son iguales que los de hace veinte años, pero tampoco es cierto que sean tan diferentes. Necesitan, igual que hace veinte años, alguien que los entienda y que les enseñe.
[Por cierto, el manifiesto reza "Ciudadanas y ciudadanos". Buf. Entonces, ¿por qué no "estamos profundamente preocupadas y preocupados" y así indefinidamente? No tiene nada que ver con el fondo del asunto, pero estas cosas me superan...]
Proverbios del rey Salomón

Un clásico entre los clásicos: Salomón (Proverbios, capítulo 4). Releí hoy estos versos (los transcribo en prosa por cuestión de espacio) y no me resistí a ponéroslos...
Queridos jovencitos: cuando su padre los instruya, préstenle atención, si realmente quieren aprender. Yo, como maestro, les doy este buen consejo: no abandonen sus enseñanzas. Yo también fui niño; tuve un padre y una madre que me trataban con ternura. Mi padre me dio este consejo:
"Grábate bien lo que te digo, y haz lo que te mando; así tendrás larga vida. Hazte cada vez más sabio y entendido; nunca olvides mis enseñanzas. ¡Jamás te apartes de ellas! Si amas a la sabiduría, y nunca la abandonas, ella te cuidará y te protegerá. Lo que realmente importa es que cada día seas más sabio, y que aumentes tus conocimientos, aunque tengas que vender todo lo que poseas. Valoriza el conocimiento, y tu vida tendrá más valor; si haces tuyo el conocimiento, todos te tratarán con respeto, y quedarán admirados de tu gran sabiduría. Escúchame, jovencito: hazme caso y vivirás muchos años. Yo, como maestro, te enseño a vivir sabiamente y a siempre hacer el bien. Vayas rápido o despacio, no tendrás ningún problema para alcanzar el éxito. Acepta mis enseñanzas y no te apartes de ellas; cuídalas mucho, que de ellas depende tu vida. No te juntes con gente malvada ni sigas su mal ejemplo. ¡Aléjate de su compañía! ¡Aléjate, y sigue adelante! Esa gente no duerme hasta que hace algo malo; ¡no descansa hasta destruir a alguien! En vez de comer, se satisface cometiendo maldades; en vez de beber, festeja la violencia que comete. La vida de los hombres buenos brilla como la luz de la mañana: va siendo más y más brillante, hasta que alcanza todo su esplendor. La vida de los malvados es todo lo contrario: es como una gran oscuridad donde no saben ni en qué tropiezan. Querido jovencito, escucha bien lo que te digo. Grábate bien mis enseñanzas, y no te apartes de ellas, pues son una fuente de vida para quienes las encuentran; son el remedio para una vida mejor. Y sobre todas las cosas, cuida tu mente, porque ella es la fuente de la vida. No te rebajes diciendo palabras malas e indecentes. Pon siempre tu mirada en lo que está por venir. Corrige tu conducta, afirma todas tus acciones. Por nada de este mundo dejes de hacer el bien; ¡apártate de la maldad!".
El Informe PISA
El Informe PISA (Programme for International Student Assessment, en español "Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes") es una iniciativa de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) que busca analizar las competencias lectora, matemática y de conocimiento del medio (en cada prueba se introduce una cuarta área, por ejemplo, resolución de problemas) entre estudiantes de 15 años de todos los países del mundo. En otras palabras, PISA persigue conocer la capacidad de los estudiantes para entender, interpretar, resolver problemas auténticos de la realidad cotidiana. Se hacen cada tres años (2000, 2003, 2006, el próximo será el año que viene), y sus resultados son esperados por inquietud por aquellos países que, como España, suelen arrojar resultados decepcionantes, sobre todo si se comparan con países de desarrollo similar, aunque, al menos, los resultados son bastante parejos (no hay muy buenos ni muy malos), de lo que se desprende que nuestro sistema educativo es bastante equitativo (pobre consuelo). En este powerpoint tenéis esta información muy bien explicadita...
La competencia matemática se basa en la capacidad para realizar razonamientos y aplicaciones matemáticas en subáreas como espacio y forma, cambio y relaciones, cantidades, y estadística y probabilidad. La competencia lectora se basa en la capacidad de obtención de información y en la capacidad de interpretación. Donde los estudiantes españoles salen bastante malparados es precisamente aquí, mientras a duras penas mantienen el tipo en mates. Curiosidad: las chicas obtienen (mucho) mejores resultados en lectura, mientras que los chicos los obtienen mejores en matemáticas...
En un país educativamente tan descentralizado como el nuestro, es inevitable hacer el análisis por regiones. La cosa pinta bien para La Rioja, País Vasco y Castilla-León, que están por encima de la media de los países de la OCDE. ¡Y Galicia está por encima de la media española, bien! En el otro extremo, Andalucía, que suspende estrepitosamente. Aquí vemos una tabla del diario El Mundo que describe los resultados PISA 2006:

¿Las causas de este descalabro? Algunos (por ejemplo, la ministra Cabrera o ZP) lo achacan al retraso histórico de nuestro sistema educativo, balones fuera); otros, al caos total de nuestro sistema educativo: continuos cambios legislativos, diseños curriculares inapropiados, criterios inútiles de selección del profesorado...; otros van más allá y enriquecen sus críticas con abstractos lamentos sobre el materialismo y el infantilismo de la sociedad de hoy...
En fin, que ya sabemos donde mejorar: lectura, lectura, lectura. Los padres tienen aquí su cuota de responsabilidad; como decía el eslogan de una campaña de fomento de la lectura del Ministerio, "si tú lees, ellos leen". En mi modesta casa nunca hubo ningún lujo, al contrario, pero siempre hubo lugar para el Faro de Vigo, siempre hubo respeto hacia los libros, y siempre hubo tiempo y sacrificio para poner la educación de los hijos como prioridad, cosas por las que estaré agradecido eternamente a mis padres.
Pero yo también me aplico el cuento personalmente como profesor de lengua. Primero, es necesario insistir en clase mucho más en afianzar las habilidades comunicativas básicas (saber leer y escribir sobre todo) y contagiar el amor por la lectura con libros del gusto de nuestros alumnos, no del nuestro. Segundo, saber que el logro de esas habilidades comunicativas no son misión solo de una materia y de un profesor, sino del conjunto de docentes y asignaturas, y que es responsabilidad de todos. Tercero, rebelarse contra los contenidos curriculares prescritos desde la Administración que tienen mucho de teórico y poco de práctico, y que atan la labor de los docentes, especialmente -escandalosamente- en Primaria, porque ya me diréis qué utilidad puede tener para un niño saber lo qué es un morfema o una sinestesia, por ejemplo, cuando apenas logra dar con la idea central de un texto...
Para aquellos que quieran acceder a algunas pruebas de lectura liberadas de PISA, solo tienen que pinchar el enlace del pdf del Instituto de Evaluación del MEC La lectura en PISA 2000, 2003 y 2006. Marco y pruebas de la evaluación. Así los profes podéis (podemos) hacer nuestras propias estadísticas...
"La mejor escuela", por José Agustín Goytisolo

José Agustín Goytisolo (hermano de Juan y Luis, vaya trío de escritores, qué curioso) escribió este hermoso poema en Taller de arquitectura (1977). El director del CFR de Ourense lo citó en una conferencia durante un curso, en Verín, y no me he resistido a poneros estos magníficos versos. José Agustín Goytisolo (1928-1999) fue uno de los integrantes de la llamada Generación del 50 (en realidad debiera denominarse "del 55"), junto a brillantes escritores como Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Ángel González, Blas de Otero, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez o José Manuel Caballero Bonald, entre otros. Se trata de una generación semiolvidada para el español medio, eclipsada por los logros y las famas de otras generaciones anteriores, pero que constituye la primera gran hornada de autores nacidos tras la Guerra Civil, caracterizados por su mirada intimista, su lenguaje sencillo y cotidiano pero tremendamente lírico, su tratamiento de la propia experiencia, lejos de la poesía social que caracteriza la segunda parte de las producciones de Gabriel Celaya o Blas de Otero (otros fenómenos, por cierto).
Otro día os hablo más en detalle de estos (o de alguno) de estos poetas. Hoy me quedo con el hermoso consejo de Goytisolo... Podría ponerse en un póster, en la pared de cualquier instituto...
"El secreto de los finlandeses", por Carlos manuel Sánchez

Hace unas semanas mi santa esposa me pasó unas copias de un reportaje de Carlos Manuel Sánchez para la revista XLSemanal, pensando que podría resultarme interesante su lectura. Creo que a vosotros puede interesaros también; para que no caiga en el olvido e invite a la reflexión, aquí lo tenéis.
EL SECRETO DE LOS FINLANDESES
24 horas con uno de los jóvenes de 15 años que triunfa en Pisa
¿Por qué lo habitual en Finlandia es que un adolescente normalito termine Secundaria con notas excelentes, hablando un perfecto inglés y leyendo un libro a la semana, y aquí muy pocos consiguan algo remotamente parecido? Hemos viajado al país mejor clasificado por el informe Pisa para averiguarlo.
Les presento a Saili Sipilä. Tiene 15 años. Vive con sus padres y sus dos hermanos en Espoo, una ciudad de 360.000 habitantes a las afueras de Helsinki. He volado 4.000 kilómetros para conocerlo. ¿Por qué? Por dos razones: porque soy periodista y porque tengo un hijo de la misma edad. Como periodista, quiero saber por qué Saili, un adolescente normalito de Finlandia terminará la Secundaria con excelentes notas, hablando inglés a la perfección y leyendo un libro por semana. Lo típico para un finlandés. Como padre, quiero saber si es inevitable que mi hijo, Manuel, un adolescente normalito, acabe sus estudios obligatorios aprobando por los pelos, chapurreando cuatro palabras en inglés y sin el menor interés por la lectura. Lo típico para un español. ¿Hubiera sido diferente si hubiera nacido en Finlandia? ¿Qué comparaciones entre la educación finlandesa y la española puedo hacer como periodista? ¿Qué lecciones puedo aprender como padre?
Repaso en el avión los resultados calentitos del último informe Pisa, un examen trianual que mide las capacidades de los alumnos de 15 años de 57 países en ciencias, matemáticas y lectura. Participaron 375.000 estudiantes. En España, casi 20.000 alumnos de Secundaria de 686 coles e institutos. Veamos las notas. Ciencias: Finlandia, 1ª, 563 puntos. España, 31ª, 488 puntos. Si el aprobado lo marca la media de los países de la OCDE (491 puntos), ya tenemos el primer suspenso. Matemáticas: Finlandia, 2ª, 548 puntos, a sólo uno de China Taipei. España, 31ª, 480, a cuatro de la media de los países desarrollados. Segundo insuficiente. Lectura: Finlandia, 2ª (547), por detrás de Corea del Sur. España, 35ª (461), protagoniza además el peor descenso en comprensión lectora de los países de la OCDE (485) desde el último informe. Nuestros hijos no entienden lo que leen. A la cuarta línea de cualquier texto se pierden. Muy deficiente.
Tres cates en las tres asignaturas básicas. ¿Qué hacemos? ¿Castigamos de cara a la pared a los alumnos, a los padres, a los profesores, a las autoridades, a todos? Alemania cosechó unas calabazas semejantes hace tres años y la conmoción fue tan mayúscula que los políticos se pusieron las pilas y este año sus estudiantes han aprobado con nota. Aquí, el Gobierno culpa a Franco (la precaria educación de los padres dificulta la de los hijos). Además, la fiesta va por barrios, léase por comunidades autónomas. Los riojanos pueden sacar pecho: están en el grupito de cabeza. Los andaluces deberían ir pensando en las recuperaciones: en mates les gana hasta Azerbaiyán.
Taxi hasta Espoo. Son las siete de la mañana y todavía no ha amanecido. Ni lo hará. No veré el sol durante mi estancia en Finlandia. Cielos cubiertos y noche cerrada a las tres de la tarde. En esta época del año es un país en penumbra y con sus 5,3 millones de habitantes obsesionados en encender cirios, velas y lamparitas. Limosnas de luz. Llego a casa de los Sipilä a tiempo para ser invitado al desayuno familiar. No es lo habitual, porque cada uno suele tomar un bocado por su cuenta, pero ayer (6 de diciembre) fue el Día de la Independencia y la ocasión lo merece. Me sorprende que Saili no tenga puente, pues el festivo cae en jueves. Mi hijo enlazó cuatro días de vacaciones gracias al viaducto de la Constitución. En Finlandia, si una escuela hace puente (los centros tienen autonomía para toman estas decisiones), antes obliga a sus alumnos a salir algo más tarde cada día hasta completar las clases que se hubieran perdido.
Me descalzo, dejo los zapatos en el recibidor y converso con los Sipilä en calcetines mientras damos cuenta del café, los panecillos, el zumo de bayas y el queso lapón con mermelada. Seppo, el padre, es teólogo y se gana la vida traduciendo la Biblia. Domina una docena de idiomas, entre ellos arameo, copto y árabe clásico. Leena, la madre, es enfermera y trabaja en un hospital. Mikael, el hermano mayor, tiene 18 años y quiere estudiar Arte Dramático en la universidad, pero reconoce que las posibilidades de pasar el corte a la primera son escasas. Joel, el menor, de 12 años, es discapacitado psíquico y acude a un colegio de educación especial. La vivienda familiar es un dúplex de clase media en el centro urbano de Espoo. Lo de ‘urbano’ hay que matizarlo. Un bosque de abetos limita con la casa. «Nos mudamos aquí hace año y medio. El aire es muy puro». Espoo es la segunda ciudad de Finlandia en habitantes y la de mayor porcentaje de población universitaria en un país donde el 34 por ciento de los adultos tiene estudios superiores. «No hay apenas delincuencia. Nuestros hijos pueden pasear de noche con tranquilidad», explica el padre. Y Saili apostilla en un inglés prístino: «Finlandia es segura. Ni sunamis, ni terremotos… Me gusta vivir aquí». Yo les explico que me crié en la calle. Y eso es algo que se ha perdido en España, por los menos en las grandes ciudades. Que los niños puedan jugar al aire libre sin vigilancia.
Las ocho menos cuarto. Hora de ponerse los zapatos y salir camino de las respectivas ocupaciones. Saili coge el bus urbano (no hay autobuses escolares). El billete lo subvenciona el municipio. Por ley, ningún alumno puede vivir a más de cinco kilómetros de la escuela. Podría ir caminando, un paseo de veinte minutos, pero llovizna aguanieve y no le apetece. Saili tiene moto y bicicleta, como la mayoría de sus compis, pero sólo unos pocos desafían al frío en esta época. En el exterior, las instalaciones de la escuela Saarnilaakson dan una impresión espartana, excepto por el césped de los campos de deporte que la circundan. En la entrada no se ve a decenas de estudiantes apurando el primer pitillo de la mañana, como en los institutos españoles. Ni una colilla ni una hoja ni una pintada. «Aquí no se ensucia ni la nieve», me dice el fotógrafo.
En el interior, la limpieza resalta aún más. No hay garabatos en los pupitres ni en los aseos. Todo parece recién estrenado. Saarnilaakson es una escuela pública, como el 97 por ciento de los centros finlandeses, a diferencia de España, donde el 35 por ciento son privados. Por supuesto, es gratuita. Pero el equipamiento es el de un colegio caro en nuestro país. Las aulas disponen de un televisor con pantalla gigante de plasma, acuario de 200 litros con pececitos de colores, cocina con fregadero, medios audiovisuales, aire acondicionado, muchas plantas. Hay un ordenador por cada dos alumnos. Una docena de máquinas de coser en la clase de costura, aparatos de soldar, herramientas de carpintería, esquíes… Un gimnasio cubierto, un auditorio para las clases de teatro y un comedor con autoservicio. Todo en perfecto estado de revista. Los libros de texto son gratis (¡cómo duelen los 200 euros que tengo que desembolsar cada septiembre!), el material escolar es gratis, la comida es gratis. No parece demasiado apetitosa y los estudiantes reniegan, pero la comen. Al Ayuntamiento le cuesta 65 céntimos cada menú: un plato caliente, leche y fruta. Tanta generosidad me pone los dientes largos. Y cuando Kari Kajalainen, profesor de matemáticas, me explica que si un niño quiere estudiar, puede llegar a ser médico o juez o ingeniero, lo que se proponga, si se esfuerza, aunque su familia sea pobre, pongo cara de incredulidad. «La educación de cada finlandés le cuesta 200.000 euros al Estado, desde que entra en la guardería hasta que sale de la universidad con su título. Es el dinero mejor empleado de nuestros impuestos. La presidenta del país, Tarja Halonen, se licenció en Derecho y proviene de una humilde familia de clase obrera. «Cuando regaño a mis alumnos, les digo que están malgastando el dinero de los contribuyentes». Y otra profesora, Päivi Ketola, me cuenta que los universitarios sólo han de pagar los libros y la comida (2.50 euros en la cafetería de la facultad). El Estado los ayuda a emanciparse con subvenciones para alquilar una vivienda y una paga. Todo el sistema está montado para que los finlandeses se acostumbren a ser autónomos desde bien pequeñitos y se vayan a vivir por su cuenta a los 18 años.
Pero volvamos con Saili, que ha sonado el timbre (las notas de una balada al piano de Erik Satie) y entra en clase. Cursa 9º grado, el equivalente de 4º de la ESO en España. En la escuela de Saarnilaakson hay 400 alumnos y 40 profesores, médico, asistente social, psicólogo y hasta dentista. Y la ratio es de menos de veinte estudiantes por aula (en Finlandia, por ley, no puede haber más de 24). En la clase de mi hijo hay 34. Los compañeros de Saili son formalitos, por lo menos a primera vista. Y es que en el ideario del colegio, además de en la civilización europea y el multiculturalismo (hay clases de historia del islam o del catolicismo, aunque la población es mayoritariamente luterana), se hace un hincapié obsesivo en los buenos modales. Me asombra el respeto reverencial que le tienen a los profesores. «Sí, nos sentimos respetados y valorados por la sociedad. Ser maestro es una profesión de prestigio a la que solo aspiran los mejores. Y no basta con ser muy bueno en tu materia. Debes destacar también a la hora de saber transmitir tus conocimientos. Pero el respeto de los alumnos te lo ganas día a día. En 20 segundos lo puedes perder», explica Mati Karkkainen, docente de ciencias, en la sala de profesores, muy acogedora: un piano, una bandeja con bombones, cafeteras humeantes. Los maestros tienen un buen sueldo en comparación con los españoles, aunque algunos se quejan. Rocío no, desde luego. Esta madrileña imparte clases de español. «Cobro 1.800 euros por 15 horas semanales. El sistema no incentiva que trabajes más. Prefieren repartir el trabajo para que no haya paro. ¿Cómo? Aumentando mucho los impuestos a los que ganan más. A mí sólo me retienen el 10 por ciento. Pero a un médico que gane 5.000 euros le retienen la mitad. Además, tienes derecho a paro toda la vida. Tendría que pensármelo mucho para volver a España».
Ojo, a los niños finlandeses no les gusta el cole. Saili, que saca sobresalientes sin despeinarse, lo considera «demasiado fácil». Sus compañeros, menos brillantes, reconocen que hay que trabajar demasiado. Y Päivi Junkkari, profesora de inglés, recuerda su adolescencia como una etapa ingrata, de mucho sacrificio. «Los alumnos no vienen al colegio a pasárselo bomba. Es un trabajo. Pero saben que todos tienen las mismas oportunidades. Da igual a la escuela que vayan, en el centro de Helsinki o en un pueblo del Ártico. Todas tienen el mismo nivel». Kari Kajainen asiente. «Nos centramos en que la mayoría de los alumnos sean muy competentes. Que el nivel medio sea alto. No es una educación elitista. Preferimos que todos saquen aprobados y notables; que haya alumnos de matrícula no es una prioridad. Y, sobre todo, cuando vemos que alguno tiene problemas, le asignamos enseguida un profesor de apoyo. Tiene clases extra. Estamos muy pendientes y no dejamos que se retrase.»
Los deberes son sagrados. Y está muy mal visto que alguien copie, incluso por los mismos alumnos. Que alguien saque una chuleta es impensable. «En nuestra cultura son muy importantes dos valores: la honradez y el trabajo», comenta Päivi Junkkari. No es casualidad que Finlandia también encabece las estadísticas de transparencia y menos corrupción pública. Kari Kajainen apunta otra peculiaridad nórdica. No hay repetidores. Le digo que en España el 43 por ciento de los alumnos de Secundaria ha repetido curso alguna vez. Y que mi hijo, que siempre se salva al final, tiene incontables oportunidades para aprobar cada asignatura y, aun así, suelen quedarle un par para septiembre. Kajainen pone cara de asombro. «Aquí sólo tienes una oportunidad para aprobar un examen por la misma razón que la vida sólo se vive una vez. Y hay que aprovecharla. Si no apruebas, te quedas una hora más en clase hasta que demuestres que te lo sabes y si no, estudias en verano, pero la promoción es automática».
¿Dónde aprietan más las tuercas? «Sin duda, en la enseñanza de la lengua materna. Somos los primeros del mundo en ciencias y los segundos en matemáticas, pero el mayor reto de enseñar matemáticas es conseguir que los alumnos comprendan lo que leen, el enunciado de los problemas. Por eso lo fundamental es que lean. Y también es muy importante la enseñanza de lenguas extranjeras. El finés es una lengua minoritaria. Los alumnos también estudian sueco e inglés obligatoriamente. Y alemán, francés o italiano como optativas. Pero tienen una gran ventaja. Las películas y series de televisión extranjeras no están dobladas. Todas se pasan con subtítulos. Los niños se acostumbran desde pequeños a escuchar otros idiomas y, además, adquieren destreza lectora. Hay que leer rápido los subtítulos para no perder el hilo del programa», apunta Tuija Yrjö-Koskinen, profesora de inglés. Envidio la fluidez con la que todos hablan el idioma de Shakespeare en la clase de Sailu. E incluso chapurrean algunas palabras de español porque Los Serrano es la serie de moda.
La jornada de Saili es intensiva, de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Pero las clases son muy breves: 45 minutos mal contados. Hay un recreo obligatorio al aire libre (los adolescentes se apretujan en la entrada porque en el patio hace frío) y una pausa de media hora para comer. Todo el horario está salpicado de breves descansos que hacen llevadero el día. Terminan frescos. No se los abruma con una montaña de materias. Las carteras son livianas. Se estimula el razonamiento crítico antes que la memorización. Hay clases distendidas, como baile de salón, teatro, arte digital, peluquería, artes marciales, hockey sobre hielo, esquí de travesía, ¡cocina! (Saili y su hermano Mikael aprendieron a cocinar en el colegio y preparan la cena en casa cuando les toca). También primeros auxilios, carpintería, soldadura o música. Los alumnos tocan el violín, la guitarra eléctrica u otros instrumentos, según sus preferencias. Y, sobre todo, se estimula el pensamiento crítico. Se invita a discutir. El sistema español margina el debate y la expresión oral. El alumno toma apuntes pasivamente, bosteza.
Saili vuelve a casa, juega un rato al hockey y hace los deberes. «Tardo de una a dos horas. Luego cuido de mi hermano Joel o cocino si no hay nadie más en casa. A las siete hemos cenado. Me conecto un rato al Messenger si mi padre no está trabajando en el ordenador. O juego a videojuegos de rol y de estrategia. Luego, me acuesto y me quedo leyendo hasta las once. Mis libros preferidos son las novelas de Julio Verne y todos los de Harry Potter. El último lo voy a leer en inglés».
Finlandia presume del mayor índice de lectura de libros y prensa de Europa. Tres veces por semana la familia toma la sauna en casa. «Lo hacemos juntos. Es el lugar donde se comentan las preocupaciones y los proyectos, donde se planean las vacaciones. Siempre buscando el sol. Hemos ido a Madeira, París y Túnez», explica Leena, su madre. Saili todavía no tiene claro qué quiere ser de mayor. «Químico, veterinario o diseñador de videojuegos.» Le pregunto si es feliz. Y me responde sin pestañear que sí.
Carlos Manuel Sánchez, en XLSemanal, 23 de diciembre de 2007.
Pasapalabra en un instituto...
"Adeus pai", de Luís Filipe Rocha
Hoy he visto en el Instituto una película portuguesa preciosa, Adeus pai, de Luis Filipe Rocha, con motivo del ciclo de cine portugués que esta semana se exhibe en Verín en diferentes lugares, entre ellos el Castro de Baronceli, para reforzar los lazos culturales ante el reto de la eurociudad Verín-Chaves, y con la colaboración con el Instituto Camoes y las EOI de Ourense, Lugo y Vigo. Una historia de un adolescente que viaja a las Islas Azores para encontrarse con el padre que siempre quiso conocer y con el que compartirá unas vacaciones maravillosas e inolvidables. El regreso, sin embargo, del chico a Lisboa, la gran capital, a su lujosa casa y a su caro colegio, le devuelve a la realidad: su padre es un hombre de negocios que apenas le hace caso, y nos damos cuenta de que toda la experiencia de las Azores no ha sido más que fruto de su imaginación, el tema de una redacción...
Una película tierna, hábilmente dirigida, que nos recuerda a los hijos la importancia de la figura del padre en nuestras vidas, y que recuerda a los padres la importancia del mayor regalo que pueden hacerles a sus hijos, pasar tiempo con ellos. En esta sociedad de hoy este regalo de los padres a los hijos es cada vez más inusual, y esta generación "de la llave", niños y adolescentes que entran y salen de casa cuando quieren, o que están más tiempo con la televisión o con la academia de inglés que con sus padres, están condenados a sentirse solos, frustrados, incomprendidos.
Papás y mamás, educadores, tengamos claras nuestras prioridades, y recordemos que los niños no necesitan "tiempo de calidad", un minutito antes de acostarse para tener una conversación profunda; los niños necesitan saber que sus padres están ahí con ellos, y que ellos son la prioridad de la vida de sus padres. Si no pasamos tiempo con ellos cuando son jovencitos, si no les escuchamos con atención, no nos extrañemos de que el día de mañana apenas tengamos relación con ellos y sean unos auténticos desconocidos.
Un corto italiano que no tiene desperdicio...
"Permitidme tutearos, imbéciles", por Arturo Pérez-Reverte
Permitidme tutearos, imbéciles
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.
Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.
XLSemanal, 23.12.2007
Children see, children do
"Subvenciones, maestros y psicopedagogilipollas", por Arturo Pérez-Reverte
Me permito la licencia de "podar" un poquillo esta genial consideración de Pérez-Reverte. Apenas se nota (creo):
Me sigue sorprendiendo que se sorprendan. O que hagan tanto paripé, cuando en realidad no les importa en absoluto. Ni a unos, ni a otros. La última es que el número de alumnos españoles de diez años con falta de comprensión lectora se acerca al 30 por ciento. Dicho en parla normal: uno de cada tres críos no entiende un carajo de lo que lee. Y a los 18 años, dos de cada tres. Eso significa que, más o menos en la misma proporción, los zagales terminan sus estudios sin saber leer ni escribir correctamente. Las deliciosas criaturas, o sea. El báculo de nuestra vejez.
Pero tranquilos. La Junta de Andalucía toma cartas en el asunto. Fiel a la tradicional política, tan española, de subvenciones, ayudas y compras de voto, a los maestros de allí que «se comprometan a la mejora de resultados» les van a dar siete mil euros uno encima de otro. Lo que demuestra que son ellos quienes tienen la culpa: ni la Logse, ni la falta de autoridad que esa ley les arrebató, ni la añeja estupidez analfabeta de tanto delincuente psicopedagógico y psicopedagocrático, inquilino habitual, gobierne quien gobierne, del ministerio de Educación. Los malos de la película son, como sospechábamos, los infames maestros. Así que, oigan. A motivarlos, para que espabilen. Que la pretendida mejora de resultados acabe en aprobados a mansalva para trincar como sea los euros prometidos –una tentación evidente–, no se especifica, aunque se supone. Lo importante es que las estadísticas del desastre escolar se desplacen hacia otras latitudes. Y los sindicatos, claro, apoyan la iniciativa. Consideren si no la van a apoyar: ya han conseguido que a sus liberados, que llevan años sin pisar un aula, les prometan los siete mil de forma automática, por la cara. Y más ahora que, de aquí a tres años, con los nuevos planes de la puta que nos parió, un profesor de instituto ya no tendrá que saber lengua, ni historia, ni matemáticas. Le bastará con saber cómo se enseñan lengua, historia y matemáticas. Y más si curra en España: el único país del mundo donde los profesores de griego o latín enseñan inglés.
Así, felices, seguimos galopando alegremente, toctoc, tocotoc, hacia la nada absoluta. Todavía hay tontos del ciruelo –y tontas del frutal que corresponda– sosteniendo imperturbables que leer en clase en voz alta no es pedagógico. Que ni siquiera leer lo es; ya que, según tales capullos, dedicar demasiado tiempo a la lectura antes de los 14 años hace que los chicos se aíslen del grupo y descuiden las actividades comunes y el buen rollito. Y eso de ir por libre en el cole te convierte en pasto de psicólogos, psicoterapeutas y psicoterapeutos. Cada pequeño cabrón que prefiere leer en su rincón a interactuar adecuadamente en la actividad plástico-formativo-solidaria de su entorno torpedea que el día de mañana tengamos ciudadanos aborregados, acríticos, ejemplarmente receptivos a la demagogia barata, que es lo que se busca. Mejor un bobo votando que un resabiado culto que lo mismo se cisca en tus muertos y vete tú a saber.
El otro día tomé un café con mi compadre Pepe Perona que pese a ser catedrático de Lengua Española, exige que lo llamen maestro de Gramática. Le hablé de cuando, en el cole, nos disponían alrededor del aula para leer en voz alta el Quijote y otros textos, pasando a los primeros puestos quienes mejor leían. «¿Primeros puestos? –respingó mi amigo–. Ahora, ni se te ocurra. Cualquier competencia escolar traumatiza. Es como dejar que los niños varones jueguen con pistolas y no con cocinitas o Nancys. Te convierte en xenófobo, machista, asesino en serie y cosas así». Luego me ilustró con algunas experiencias personales: una universitaria que lee siguiendo con el dedo las líneas del texto, otro que mueve los labios y la cabeza casi deletreando palabras… «El próximo curso –concluyó– voy a empezar mis clases universitarias con un dictado: Una tarde parda y fría de invierno. Punto. Los colegiales estudian. Punto. Monotonía de lluvia tras los cristales. Después, tras corregir las faltas de ortografía, mandaré escribir cien veces: Analfabeto se escribe sin hache; y luego, lectura en voz alta: En un lugar de la Mancha, etcétera». Lo miré, divertido. «¿Lo sabe tu rector?». Asintió el maestro de Gramática. «¿Y qué dice al respecto?». Sonreía mi amigo, malévolo y feliz, encantado con la idea; y pensé que así debió de sonreír Sansón entre los filisteos. «Dice que me van a crucificar.»
XL Semanal, 16 de marzo 2008.
"Decálogo para formar un delincuente", por Emilio Calatayud
De esas cosas que llegan a tu correo y que no puedes dejar de reenviar... A todos los papás y mamás del mundo.
Un juez de menores de Granada, Emilio Calatayud, en su libro Reflexiones de un juez de menores (ed. Dauro), inserta un ”Decálogo para formar un delincuente”’. Ahí va:
1: Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2: No se preocupe por su educación ética o espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.
3: Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto lo animará a hacer cosas más graciosas.
4: No le regañe ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.
5: Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes. Así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6: Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero no de que su mente se llene de basura.
7: Riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así a él no le dolerá demasiado el día en que la familia, quizá por su propia conducta, quede destrozada para siempre.
8: Dele todo el dinero que quiera gastar. No vaya a sospechar que para disponer del mismo es necesario trabajar.
9: Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.
10: Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores y vecinos. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarlo.

























Verín