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ISRAelPROFEDELENGUA

dosautores.com

El azar ha hecho que hoy me detuviese en la página web de dos escritores, Luis de la Fuente y Alberto Garijo, en la que aparecen deliciosas narraciones breves. A mí personalmente me gustan más las de Luis de la Fuente, sencillas, con un ritmo y una sintaxis que las convierte casi en poemas en prosa. Las narraciones de Alberto Garijo son más complejas e intelectuales, de períodos largos, con cierto aire ensayístico. Pero para gustos... Aquí está la lista completa de los textos que pueden leerse. Yo he seleccionado algunos...

DE LA FUENTE, Luis:

El hogar roto

Hundió con fuerza el rostro congestionado contra la almohada al escuchar llegar a su padre, que se sentó a oscuras en la sala sin recabar en su presencia. Inmóvil y casi todo ausente, su figura en penumbra era la de un hombre acabado, cuyas pupilas brillaban porque los ojos que las contenían lloraban a todas horas solos.
Y solos lloraban, padre e hijo, en aquella casa de hielo y de sombras, en aquel hogar sin alma, queriendo olvidar el recuerdo de la fría oscuridad de un nicho donde ella, sola, esposa y madre, derrotada por la vida, yacía con sus recuerdos de amor hechos cenizas.

La mujer del marinero

La mujer del marinero observa con tristeza el mar desde su ventana. Los pesqueros salen del puerto en comitiva, como en un cortejo fúnebre, y se adentran en el mar despacio. No estarán de vuelta para la boda de la hija de María. Los hombres se alejan en sus barcos, y sus rostros ajados tienen el aire grave de una sentida despedida. Algunos marineros lloran al ver a María. El pueblo se ha quedado otra vez solo, con su faro diminuto, sus callejuelas encaladas y sus caminos en cuesta que desembocan en la plaza de la iglesia.
En el bar del puerto los viejos juegan a las cartas, y en la panadería las mujeres se lamentan por María.
Un marinero no estará de vuelta para la boda de su hija. Ya no podrá partir de ningún puerto.

Una estación de tren abandonada

Una estación de tren abandonada... En sus paredes, sucias y llenas de pintadas, se percibe el murmullo de viajeros que en otra época esperaban, mientras cien ojos gélidos parecen mirar desde los huecos negros de las ventanas. Las farolas oxidadas no iluminan, y la herrumbre va destruyendo poco a poco el esplendor de una estación que ya no tiene nombre. La hierba crece libre entre las traviesas de madera, y ráfagas de viento levantan caprichosos remolinos que recorren la estación desplazando arena de un lado a otro. Preside el andén un reloj muerto, y un chasquido eléctrico en la vía, quebrada, anuncia la imposible llegada de un convoy a la hora en punto. Aire y sombras. No queda nada. Tan sólo una estación de tren abandonada.

Mi infancia se quedó allí

Mi infancia se quedó allí, no en las aulas ni en las galerías, sino entre las nubes de polvo que se levantaban sobre la arena del patio de recreo. Allí se quedó ese sol, redondo y amarillo, que alumbraba horas eternas, la juventud de mis padres y la madurez de mis abuelos; allí se quedó mi inocencia, el niño Jesús y la cigüeña que traía a los niños de París volando. Se quedó mi primer amor y mi primer desengaño. Mi primera pelea se quedó allí, mi primer miedo. Se quedó la muerte de la madre de mi compañero, tan querido, y la de mi tío Julio; la canica de cristal, el tren eléctrico y la bicicleta que con todo su cariño me regaló mi abuela; la sonrisa abierta, la ilusión sincera, la confianza. Se quedó el futuro proyectado de mi vida. Se quedó mi infancia. Se quedó allí, flotando entre las nubes de polvo. En aquel patio de recreo.

El amor los besó

Angya estacionó el automóvil y apagó el motor. El olor del agua de lluvia evaporándose sobre los adoquines de la acera les acompañó hasta que entraron en aquel pequeño pub de barrio con cierto aire irlandés, regentado por David, una especie de John Wayne bonachón, de angelote enorme de mirada transparente y ademanes delicados, que nada más verles entrar se deshizo en atenciones hacia ambos. ¡Pobre David, él también estaba enamorado de Angya sin quererlo! Las mesas del establecimiento eran pequeñas, por eso cuando se sentaron frente a frente, tan cerca el uno del otro, se sintieron tan bien. Ninguno de los dos hacía nada por ocultar sus sentimientos; se miraban abiertamente a los ojos, sin importarles lo más mínimo lo que sucediera a su alrededor, ajenos a todo lo que no fueran ellos. Miguel acariciaba el rostro de Angya con la mirada, se detenía en sus labios y la buscaba después, vehemente y apasionado, en las profundidades de unas pupilas celestes que parecían querer entregarse a él sin reservas.
De repente se hizo el silencio entre los dos, el amor se abrió paso y, abrazándolos, los besó.

GARIJO, Alberto:

La emanación [este me gusta por el toque kafkiano final]

Carmen empezaba a arrepentirse de su temeridad. Meterse en una cueva sin más instrumental que una linterna ya entrañaba de por sí bastantes riesgos, pero culminar tamaña imprudencia adentrándose por un oscuro boquete de la pared más profunda del fondo de la gruta suponía coronar la cima del despropósito. Bien era cierto que la progresiva holgura de aquel conducto mitigaba su desasosiego, como también lo hacía la reconfortante claridad eléctrica que despejaba las tinieblas desde su mano. Pero el motivo de su preocupación se acrecentaba a cada paso: un débil rastro olfativo, el reclamo que la había inducido a internarse en tan desaconsejable poro de la montaña. El olor aumentaba sutilmente de intensidad, mas aquella taimada infiltración gaseosa o lo que fuere no revelaba su verdadera naturaleza, e identificarla mediante la nariz -en apariencia la única vía posible- era un empeño vano. Su difuso matiz afrutado incrementaba la confusión acerca de su origen, aunque sugería una procedencia orgánica. Carmen se paró al apreciar un cambio en la textura de la roca, enfocó la luz sobre un punto concreto y lo tocó. De pronto invirtió sus pasos a toda velocidad hasta salir por el orificio inicial, que cegó con varias piedras antes de huir fuera de la cueva.
Descubrir que el túnel era de manzana fue algo mucho menos dramático que su innegable aspecto de galería excavada por un gusano
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1 comentario

Luis de la Fuente -

Muchas gracias por hacer mención a nuestros textos. Me alegra saber que le gustan y que ha disfrutado con los mismos. Un saludo cordial.
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