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ISRAelPROFEDELENGUA

Suecia, Noruega, Dinamarca

Bueno, para ser más exactos y menos pretenciosos, diremos Estocolmo y Kiruna (Suecia), isla de Senja, islas Vesteralen e islas Lofoten (Noruega), y Copenhague (Dinamarca). Ésta ha sido la meta de diez días inolvidables durante los que hemos visto ciudades y pueblecitos maravillosos, y paisajes naturales impresionantes. Un viaje que siempre había estado en la recámara y que por fin ha visto la luz. La bendición de la fotografía es que ayuda a mantener vívidos los recuerdos; paralelamente, la maldición es que, especialmente en este caso, no hacen justicia a tanta espectacularidad.

DIARIO DE VIAJE

DÍA 1. Tras una productiva escala en Londres (nos compramos unos rebajadísimos Clarks cada uno), aterrizamos a media tarde en Vasteras, a una horita en bus de Estocolmo. La capital de Suecia nos recibe lluviosa y plomiza. Así que aprovechamos para retirarnos pronto, después de curiosear Drottningatan, una de las principales calles comerciales, no lejos de nuestro hotel, el Nordic Sea. Un troll parapetado a la puerta de una tienda de souvenirs nos mira con una sonrisa maliciosa.

DÍA 2. Con un cielo inesperadamente azul, iniciamos nuestro tour por la ciudad. El imponente edificio de ladrillo del Ayuntamiento es nuestra primera parada, acierto pleno, porque desde lo alto de su torre percibimos la verdadera esencia de Estocolmo: su insularidad. Estocolmo no es una uniforme extensión urbana, sino un precioso mosaico de islas que combina a partes iguales agua, bosques y parques, calles y edificios. Al norte, Nörmalm, en el centro Helgeandsholmen, Gamla Stan, Skeppsholmen, Kastelholmen, Djurgarden; al sur, Södermalm…

 

Amarrado abajo está el Caballo de Dalarna, símbolo de Suecia. Parece amistoso y se deja acariciar...

Nos perdemos por las callejuelas de Gamla Stam, sin un rumbo fijo. Las calles principales están muy animadas, pero basta doblar una esquina para encontrarte casi en soledad.

 

En un parque infantil juegan dos niñas rubísimas y otra más bien mulatita. Lo domina todo la Tysta Kyrkan, pero preferimos para tomarnos un descanso la Stortorget, la plaza más pintoresca, con sus estilizados edificios de colores. Nos compramos en el kiosco una cerveza, y ocupamos uno de los bancos de la plaza. Un ambulante ha puesto un sofá para vender más cómodamente sus baratijas. Otro de los bancos lo ocupa graciosamente una familia entera, cada uno con su helado. De repente, al son de una música cercana, la Plaza se queda vacía: es un desfile de los soldados en el Palacio Real.

El Palacio Real está al noroeste de Gamla Stan, muy cerca del agua. Es fácil que la vista se desvíe entonces hacia el Saltsjön: los muelles, los barcos, el reflejo del sol en el agua… constituyen una panorámica mucho más sugerente. Cogemos uno de los barcos que van haciendo paradas por las islas y vemos por vez primera una de las estampas más típicas de Estocolmo: la hilera de edificios y barcos de Strandvagen.

De repente, maniobrando ante nosotros, uno de los Ericsson de la Volvo Ocean Race. ¡Tremendo! Nosotros nos detenemos al lado de la terminal de cruceros para subir hacia el famoso mirador de Fafängatan. La panorámica es soberbia.

Nuestra siguiente parada nos lleva a conocer el principal escenario de las novelas de Stieg Larsson, la isla de Södermalm. Por Götgatan las bicicletas van zumbando. Muy cerquita, la recoleta Mosebacketorg es perfecta para hacer otro descanso en nuestra ruta. Como Mikael Blomqvist, me bebo una Ramlösa.

Me imagino viendo aparecer la frágil figura de Lisbeth Salander. Más allá, un duende hace la burla a los transeúntes. Una cerveza en un local de jazz pone otro punto y seguido. El día se deshace y ya unas cuantas imágenes de la ciudad pueblan mi mente.

DÍA 3. Otro día azul, azul. Qué suerte. Paseamos por Östermalm para ver su famoso mercado modernista; le compramos a un simpático charcutero un salchichón de reno, o de muuuuuuuuus, como él dice riendo.

 

Continuamos andando por Strandvagen -las farolas son como mástiles- hasta cruzar a Djurgarden, para ver el museo Vasa. El orgullo de la marina real sueca, un precioso barco hundido apenas unos minutos después de su pomposa botadura, nos hace pensar en la estúpida soberbia del ser humano.

 

El museo Skansen es menos impresionante, pero cuenta historias mucho más amables: es una especie de museo etnográfico construido con el objeto de preservar el modo de vida tradicional sueco, ante la vorágine de la industrialización. De alguna manera, lo ha conseguido, porque es como un viaje en el tiempo. Rebeca compra una regaliz. Por primera vez yo veo un alce en vivo y en directo, aunque, eso sí, bastante somnoliento… A las pobres hembras, más espabiladas, nadie les hace fotos…

Volvemos por Gamla Stan y Helgeandsholmen. Un pescador saca del lago un enorme salmón, para soltarlo a continuación. Nuestro día acaba en el Ice Bar, con un delicioso cocktail de vodka. Un brindis por Estocolmo. Y por nosotros, qué caramba.

 

DÍA 4. Por fin la Laponia sueca, más allá del Círculo Polar. Un Wolkswagen Golf nos espera en la oficina de Budget. Aquí la atmósfera es diferente, difícil explicar por qué. Kiruna es un pueblo grande, con muchas casas de madera, crecido sin apenas planificación, al ritmo de la extracción del hierro de la enorme mina que domina las afueras. Una preciosa y roja iglesia que parece una tienda sami nos confirma que estamos ya en otras latitudes.

Entramos en un café y una pandilla entera de tipos con pinta de moteros se gira para vernos, como en una escena de un western. El día está nuboso y fresco. La chaqueta no sobra para nada. En el ICA nos abastecemos de víveres para cinco días; en todos los alojamientos noruegos tendremos cocina y los precios allí son realmente caaaaaaros.

La E10 entre Suecia y Noruega apenas tiene tráfico, y avanza entre lagos y suaves montañas. Poco a poco el paisaje se irá endureciendo.

Primera señal de peligro con un alce negro pintado en su interior. Estamos en Noruega. Cogemos la E6 hacia el norte, y tras una parada en la cascada de Malselvfossen, a la altura de Bardufoss, giramos para encontrar la isla de Senja. Nos cuesta sangre, sudor y lágrimas encontrar el HI, pero al fin nuestros huesos hallan su merecido descanso. El albergue resulta ser una gran cabaña de madera, más que confortable.

DÍA 5. Hay que madrugar un poco para coger en Gryllefjord el ferry de las 11:00 horas. La carretera que cruza Senja de sur a norte es encantadora, pero los paisajes más septentrionales nos dejan sin palabras: altos promontorios que se deshacen abruptamente en el mar, profundos valles, estrechos fiordos… Nos detenemos en Hamn, y luego seguimos hasta Gryllefjord, un homogéneo puñado de casitas frente al muelle.

 

No hay mucha actividad, hasta que aparece el ferry a Andenes, en las islas Vesteralen. Un grupo de excursionistas asturianos, vaya encuentro, también se sube al ferry. Desde el barco, las siluetas recortadas de las montañas son impresionantes. Una neblina las atraviesa como un cinturón de algodón.

Los asturianos probarán suerte con las ballenas. Nosotros seguiremos hacia el sur, al encuentro con las Lofoten. Pero a la salida del pueblo de Andenes, a mano derecha, una preciosa playa de fina arena nos hace detenernos. Buen lugar para un improvisado picnic. Prácticamente no hay olas, el mar está como un plato.

Hacia el sur, las islas Vesteralen nos muestran estampas bellísimas: suaves praderas al lado de apacibles lagos, puentes en inverosímiles escorzos, montañas que surgen de la nada, un reno en la carretera…

Saltando de isla a isla, llegamos a Melbu, donde cogemos el ferry a Fiskebol: por fin, las Lofoten.

Una carretera increíble –fotos cada quinientos metros- al lado de un fiordo escoltado por afilados picos nos lleva hasta Svolvaer y hasta nuestro sjohus, una especie de hotel de pescadores rehabilitado, que nos ofrece un par de literas, una minicocina y una mesa con su par de sillas. Perfecto. Por la ventana un montón de barquitos amarrados a los pantalanes. Fuera, un saliente de la montaña tiene un enorme parecido con los cuernos de una cabra…

 

DÍA 6. Es domingo por la mañana, y quizá por eso, Svolvaer parece un desierto. De hecho, ya la tarde-noche anterior habíamos dado un paseo por el pueblo, y solo algún comercio estaba abierto. Unas carpas en la plaza principal daban cuenta de alguna fiesta a la que, desde luego, ya habíamos llegado tarde. Ponemos nuestro Golf en ruta, y nos encontramos con Kabelbag, un bonito pueblo con armoniosas casitas de madera. Pero Hennigsvaer, la llamada Venecia de las Lofoten (un poco pretencioso el título), más hacia el sur, es sin duda más vibrante. Llueve pero poco importa. Aquí nos encontramos con un aroma más decididamente marinero, una deliciosa taberna en la que tomamos una cerveza, los típicos secaderos de bacalao, una multitud de barcos de pesca anclados frente a los muelles, dos pescadores vendiendo gambas recién pescadas y cocidas. Riquísimas, y a 12 euros el kilo, la comida con mejor relación calidad-precio de todo el viaje…

Dejamos la isla de Austvagsoy y entramos en la isla de Vestvagoy. Al llegar a un alto nos hacemos a un lado para disfrutar de las preciosas vistas. Un poco más allá, nos salimos de la E10 para girar hacia Eggum, en el oeste, uno de los lugares más reputados para ver el sol de medianoche, la puesta del sol que no se pone. Pero eso es en junio, y nosotros ya estamos a finales de agosto… Pasamos de largo el museo Vikingo y torcemos hacia Utakliev, camino de una de las maravillas de las Lofoten: la playa de Auckland. Describir esta increíble playa es imposible: una larga media luna de arena fina, con una verde pradera donde pasta alguna oveja, alguna casita solitaria de color rojo, un fastuoso decorado de montañas alrededor…

 

Pero, ya entrando en la siguiente isla, Flakstadoy, el día todavía nos reserva una sorpresa, el pueblecito de Nusfjord, un conjunto de cabañas de pescadores sostenidas por pilotes, arremolinadas alrededor de un pequeño muelle en el extremo de un fantástico fiordo. Rorbu 30. Nusfjord. Flakstadoy. Lofoten. Nordland. Noruega. Qué maravilla tener esa dirección postal durante unos cuantos meses… A la vista se unen dos claras sensaciones que aún perduran: el agudo grito de las gaviotas y el aroma penetrante del mar. Llovizna pero es el paraíso.

DÍA 7. Nos resistimos a dejar Nusfjord pero es inevitable. Como recompensa, luce un sol espléndido. Flakstadoy nos reserva preciosos parajes, como la playa de Flakstad, e interesantes detalles, como una vaca lanuda pastando en un praderío, o un apacible cementerio de lápidas austeras, al pie de una montaña.

 

Paramos en un Bunnpris, aunque trece euros por unas patatillas, un pastelito y una tableta de chocolate no parece precisamente una ganga… Las vistas de la más meridional de las Lofoten, Moskenesoy, son impresionantes desde la carretera que serpentea al sur de Ramberg.

Cruzamos a Moskenesoy y avanzamos hacia el sur por la parte oriental de la isla. Apenas unos kilómetros más adelante, en Hamnoy, aparece el majestuoso Reinefjord. Gaviotas, secaderos de bacalao, cabañas de pescadores, una lengua de mar que duerme en el fondo de una enorme cordillera…

Decidimos internanos en el fiordo de la mejor y única manera posible: sentados en la cubierta de popa de un barco que ofrece paseos para turistas. Espléndido. Las arrugadas ancianitas aventureras que van a nuestro lado parecen opinar lo mismo.

La E10 muere al llegar a A, el último pueblo de las Lofoten. Es también realmente evocador, otro lugar de postal. La mejor vista del conjunto es desde el pequeño espigón que protege el puertecito.

Unos cientos de metros más adelante, tras pasar encantadores chalecitos con jardines cuidadísimos, tomamos un sendero que lleva a unas rocas que nos dejan la sensación de fin del mundo. Casi, porque se vislumbra una isla cercana, Vaeroy, y la recortada línea de la Noruega continental…

DÍA 8. Tras pasar la noche en el HI, desandamos nuestro camino y volvemos hacia el norte, pero el paisaje, ya familiar, adopta matices diferentes al ser recorrido en diferente sentido y con un día totalmente soleado.

Con 18ºC qué mejor idea que volver a Auckland para un auténtico día playero… más allá del Círculo Polar Ártico.

Después del baño más rápido y septentrional de mi vida, nos dirigimos hacia Stansund, y visitamos su archifamoso HI.

Allí cogemos el Hurtigrutten, el expreso costero que bordea todo el litoral noruego. Es increíble que semejante mole flote y maniobre con esa facilidad. Por unos momentos nos sentimos como Paco Martínez Soria al llegar a Madrid: el MS Nordkapp nos parece una laberíntica ciudad, y solo encontrar nuestro camarote nos lleva bastantes minutos. Por fin acomodados, la tarea es simple: sentarse en una tumbona de cubierta y contemplar la dentada silueta de las Lofoten.

Ya anochece, son las 23:00 h. pero una pequeña claridad persiste cuando nos internamos por el impresionante Trollfjord, que se estrecha más y más: las maniobras del enorme barco, ayudado por sus potentes faros y por unas pequeñas lanchas, son por sí solas un espectáculo digno de ver.

DÍA 9. Nos despertamos cerca ya de Harstad, nuestra parada. Bordeamos la parte norte de la bahía de Narvik, y a partir de ahí, carretera hasta Kiruna, otra vez Suecia. En el aeropuerto compartimos dos horas de retraso con unos fornidos montañeros que se han pateado el Abisko Park. Escala en Estocolmo Arlanda y, finalmente, aeropuerto internacional de Copenhague. Nuestro precioso hotel Bethel, un antiguo edificio de ladrillo, en su día alojamiento para pescadores, es una cuenta más del collar multicolor de las casas del canal Nyhavn. Sentados en una de las terrazas, saludamos la llegada de la noche con medio litro de cerveza (Tuborg, no Carlsberg).

 

Nyhavn, Copenhague por israel_profedelengua.

DÍA 10. Día soleado en la capital de Dinamarca. A primera hora rendimos honores a la Sirenita, más allá del Palacio de Amalienborg,

La sirenita, Frederiksstaden, Copenhague por israel_profedelengua.

y después nos perdemos en el bullicio del centro de la ciudad, por Stroget, una calle peatonal que parece no tener fin y que se extiende desde Kogens Nytorv hasta Radhausplatsen, la plaza del Ayuntamiento.

Amagertorv, Copenhague por israel_profedelengua.

 

Radhuspladsen, Copenhague por israel_profedelengua.

Después de la paz anestésica de las tierras laponas, Copenhague parece una vibrante metrópolis, con un incesante ir y venir de gentes. Algunas chicas, por cierto, son guapísimas, pero la morena con la que estoy casado también llama la atención de los nativos. La bici es la protagonista indiscutible, pedaleando por igual yuppys y hippies, jóvenes y mayores, daneses y turistas. Después de comernos una ensalada de diseño tan sabrosa como cara (bendito desayuno buffet) regresamos a Nyhavn bordeando el mar.

 

Tras descansar un poco, decidimos aprovechar las horas de luz de nuestro penúltimo día de viaje al máximo, y cruzamos hasta Christianhavn. Aquí la ciudad se amansa, meciéndose en los canales, escenarios de picnics improvisados.

 

Christianhavn, Copenhague por israel_profedelengua.

 

También entramos en el Territorio Libre de Christiania, utopía construida en los años 70 como modo de vida alternativo que poco a poco parece disolverse entre el aroma de la marihuana y las camisetas para turistas.

 

De vuelta en la Unión Europea, el estómago reclama lo suyo y elegimos para esta última cena una apacible terraza de un restaurante con solera, al lado de un canal. Deliciosa cazuela de pescado y gambas con salsa bechamel. La noche acaba en las tintineantes luces del Tivoli, el parque de atracciones más antiguo del mundo. Elegimos la atracción más antigua, tiro al plato de porcelana, para gastar las pocas coronas que nos van quedando…

Tivoli, Copenhague por israel_profedelengua.

 

DÍA 11. Todavía tenemos unas pocas horas antes de tomar el avión, y las empleamos para visitar el precioso castillo de Rosenborg y callejear un poco más.

Castillo de Rosenborg, Copenhague por israel_profedelengua.

Una postal, un bote de galletitas. Es la hora de irse. El payaso de Lego del aeropuerto nos indica la puerta de embarque. Hasta pronto, Escandinavia.

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