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ISRAelPROFEDELENGUA

La mariposa

La mariposa

Apareció en el parque con los primeros calores del verano. La veían siempre sola, con el pelo revuelto, vestida siempre con el mismo vestido estampado, naranja y negro. Extendiendo el brazo, estirando cuanto podía la mano, invitando a las mariposas a posarse en su dedo índice. Tarde o temprano alguna se posaba, y la niña sonreía. El resto de niños se arremolinaban asombrados, imitándola sin éxito, hasta que al poco tiempo se cansaban y volvían a sus juegos. Ella seguía con el brazo en alto, corriendo hacia donde veía volar una nueva mariposa, quieta después como una estatua, hasta que la mariposa se posaba, y luego se iba, y otra vez corriendo hacia donde veía volar una nueva mariposa, y así hasta que el brazo le dolía y se sentaba en un banco a descansar, entre dos maceteros de asclepias. Algún adulto le habló a la niña alguna vez. Cómo te llamas. Dónde están tus papás. Ella no contestaba. Al caer la tarde, las mariposas se marchaban; las sombras crecían entonces en los ojos silenciosos de la niña. No tenía voz para explicarse, pero reconocía aquellas sensaciones recurrentes: el miedo de haberse perdido, la angustia de sentirse perdida, el pánico de volverse a perder.  

A principios de septiembre, la niña-rara-de-las-mariposas dejó de venir al parque. Aunque todos se habían acostumbrado a su presencia, nadie acabó realmente de echarla de menos. Tampoco nadie se fijó en una enorme mariposa de color naranja y negro, una preciosa monarca que partía hacia el sur, en busca de tierras más cálidas. El otoño llegaba.

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