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"Hablamos fatal", por J. A. Xesteira

"Hablamos fatal", por J. A. Xesteira

Reproduzco íntegro el artículo de J. A. Xesteira para el Diario de Pontevedra (28 de agosto de 2008). Una reflexión interesante sobre el periodismo que nos "ataca"...

HABLAMOS FATAL

Y escribimos igual. Me refiero a los periodistas en general y a nadie en particular. Lo grave es que lo que se habla y escribe en los Medios es el máximo común divisor de lo que se habla en la calle. En las tribunas parlamentarias, en los debates radiofónicos, y unos y otros, los Medios y el personal muncipal, espeso y semoviente, interactúan, se contagian, se prestan las palabras absurdas, las frases deslavazadas, las malas traducciones de neologismos, anglicismos, principalmente, y todo se vuelve una jerigonza pobre y rastrera. No sé de quien es la culpa, si de las facultades que mantienen un nivel de “todos juntos, que nadie destaque, que es peor” o la propia sociedad, que ha colocado en la escala de valores a la cultura, al saber, a la gramática y la ortografía, muy por debajo de otros supuestos valores más competitivos y enriquecedores. De siempre cualquier patán fue capaz de hacer millones con sólo garabatear su firma; no se pide más para poder hacer dinero. El mundo de la cultura nunca cotizó en el mercado de valores. Pero el nivel que asoma por las pantallas de televisión y en más de un titular de primera página (por cierto, los periódicos no tienen portada, como suelen decir los habladores de televisión, sino primera página) es de alarma roja. Veo la tele, y entre anuncios que me recomiendan un “Riddel Splash” para matar cucarachas con impulsos digitales (una posible estafa televisiva) y un “Schlinder Shaper” o algo así, para realzar el busto, asisto estupefacto a las conexiones en directo a las que son tan aficionados los informativos de un tiempo acá; parece que la persona que está en la redacción no tiene datos para contar, por lo cual mandan a un enviado para que lo cuente desde la plaza del pueblo del asesino o la puerta de los juzgados de una capital de provincia. Y ahí, en directo, sin haberlo escrito previamente, el o la enviado/a especial se hacen un lío en sus partes y no dan pie con bola, cuentan cuatro tópicos, cinco lugares comunes y se pierden en una explicación que no nos aclara nada. El pasado accidente aéreo, que todos los Medios han convertido en un circo siniestro, fue la piedra de toque para mostrar una evidencia: no saben hablar, no saben contar, que es la condición básica para ser un periodista en directo. Cuando los supuestos enviados (casi todas enviadas) tienen que improvisar, se dicen cosas como que los familiares de las víctimas estaban indignados, pero después de hablar con un técnico de la compañía ya quedaron “contentos”, o que esos mismos familiares, por lo menos pudieron disfrutar de los triunfos olímpicos. La pobreza periódistica con que fue tratada la noticia del siniestro, además de gastar todo el surtido de adjetivos (una vieja norma periodística decía que lo evidente no necesita adjetivos) y, por supuesto, el calificativo de “espectáculo dantesco” (¡pobre Dante, todos lo citan sin haberlo leído para saber de que va ese espectáculo!) demostró que algo está fallando en el periodismo, y está fallando desde hace mucho tiempo. Se hicieron entrevistas a personajes tangenciales, a un bombero que pasaba por allí, a un enfermero al que preguntaban si los del Samur habían recibido asistencia psicológica (sólo faltó preguntarle a los psicólogos si ellos también habían tenido asistencia psicológica) y una serie de preguntas retóricas, absurdas, redundantes, sin objetivo claro, con un lenguaje perdido en la necesidad de llenar un tiempo de información en el que no había nada dentro. Y lo que se expresa mal de palabra se lleva al papel de la misma manera; hagan la prueba. Hace un par de días, en un diario que no voy a nombrar pero es de alcance nacional, leía que mil y pico de policías “se dedican a la violencia machista”. Así, no es de extrañar, con tanto uniformado “dedicado” a machacar a las mujeres, es milagro que no haya más víctimas. La gramática elemental se cotiza ya muy cara en este país. Un viejo colega de periódico solía regañar a los becarios, que por aquel entonces se llamaban “de prácticas” porque habían descubierto los dos puntos y las comillas, y dentro de eso metían cualquier frase de cualquier rueda de prensa (otro mal invento del periodismo actual); decía él a los chavales que las tonterías que dicen los concejales, los futbolistas, los empresarios, los artistas, no son artículo de fe gramatical y lo textual no tiene nada que ver con el periodismo. “Acabarán escribiendo como concejales de tercera o como boxeadores sonados, todo por las putas comillas”. Puede que tuviera razón, pero es lo que hay y hay que darle la vuelta a lo que es, porque, de otro modo dentro de poco hablaremos poco y mal y escribiremos mucho (mensaje) y peor. A veces basta con aplicar las leyes, sobre todo las comerciales que regulan los productos en su publicidad; ya es raro que un producto esté escrito totalmente en español, un desodorante es un “natural protect”, una crema, una “soft lotion”, hasta el Banco de Santander tiene un “open bank” y una marca de ron vende mojitos en un idioma que se supone que es inglés. Todo viene en “pack” cuando realmente viene en un paquete, y las películas de estreno ya ni se traducen sus títulos, ni falta que hace. Mientras, los políticos encontraron el filón de hacer un nuevo frente bélico sobre la guerra de las lenguas autonómicas y el castellano triunfante. Se equivocan como la paloma de Alberti, que por ir al Norte, fue al Sur. El problema no es una lucha de lenguas, sino que las que hay las manejan sin el más mínimo rigor ni rubor, comenzando por los propios políticos, que lo único que esperan es ver sus tonterías metidas entre comillas en la primera página de un periódico o en su imagen en televisión, rodeada su cara de micrófonos.

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