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ISRAelPROFEDELENGUA

Perlas argumentativas

Menosprecio de la corte y alabanza de aldea

Juan Manuel de Prada, que solía pasar los veranos de su niñez por Verín, escribe un texto que responde perfectamente a ese tópico literario clásico que conocemos como "menosprecio de la corte y alabanza de aldea". Un artículo precioso.

El diccionario define 'añorar' como «recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido»; pero lo cierto es que siempre añoramos lo que nunca tuvimos. Y tal vez sea natural que así sea, puesto que lo que nunca tuvimos es aquello cuya privación más nos humilla, cuya ausencia más nos aflige (como un miembro amputado o una inocencia pisoteada), cuya ausencia explica nuestra desazón y disgusto. Yo, por ejemplo, añoro la vida en el campo que nunca tuve: me nacieron en un paraje industrial del País Vasco, crecí en una recoleta ciudad de provincias, ahora sobrevivo en un infierno de asfalto en el que siempre me sentí extranjero. De la vida en el campo solo conozco vislumbres, seguramente enaltecidos o sublimados por la memoria: visitas de fin de semana a tíos y abuelos que vivían en el pueblo -pueblos campesinos y abnegados de Castilla, con casas de adobe y el sol temblando en lontananza, allá en la era-, excursiones campestres con mi abuelo -en pos de hierbas medicinales, en pos de manantiales recónditos, en pos de sombras rumorosas-, vacaciones estivales en Verín, rodeado de aldeas que aún escondían un rescoldo de paraíso ancestral, cada vez más hostigado por el avance del progreso. Apenas nada, en fin: pero en esos vislumbres apenas entrevistos se ha quedado una porción de mi alma, acaso la más genuina; y esa porción desgajada de mi alma me reclama sin cesar, como una novia despechada o un hijo abandonado en la inclusa.

Añoro cosas tan ajenas a mi vida cotidiana como roturar un huerto, ordeñar una vaca, arrancar los tomates de la mata, recoger los huevos que las gallinas han dejado entre la paja del ponedero, extraer el agua de un pozo en un cubo de latón abollado. Son labores que he visto hacer, con fascinada envidia, a labriegos anónimos; y también a tíos y primos, allá en la infancia remota. En alguna ocasión, incluso, me permitieron hacerlas a mí mismo, con condescendencia y prevención, como se deja al neófito atisbar los secretos de un arte que no comprende. Recuerdo la opulencia de las ubres de una vaca, como un botijo de carne blanda y dulcemente cálida, colmando mi mano tímida y balbuciente; recuerdo la tibieza de un huevo sobre mi mejilla todavía imberbe, mientras la gallina que acababa de ponerlo aleteaba despavorida; recuerdo el estallido de frescura de un tomate sobre el velo del paladar, sabroso como una fruta arrancada de algún árbol del paraíso; recuerdo el alborozo de la tierra que se rompe, al paso del arado, deseosa de brindarse; recuerdo, asomado a su brocal, el silencio atónito de un pozo en el que se copiaban las estrellas del cielo. Son retazos o jirones de memoria que apenas ocupan un instante diminuto de mi vida: pero en ese instante se contiene, como en la semilla de mostaza, un árbol frondoso de añoranzas.

A veces sueño que soy un hombre de campo (de un campo que ya no existe): que me despierto con el canto de un gallo, cuando el alba apenas ha empezado a rayar; que escucho misa muy de mañana, en una iglesia susurrante de bisbiseos de beatas, ante un altar donde el cura oficia de espaldas a los fieles; que arranco malas hierbas del modesto predio que yo mismo he roturado; que siego con una hoz el trigo, hasta que el dolor de la espalda me deja casi tullido; que interrumpo mis labores para rezar el ángelus, impetrando la lluvia del cielo; que saco por la tarde a pastar la vaca que luego ordeño en el establo, fragante de mugidos y de bostas; que celebro la matanza en compañía de familiares que ya murieron hace décadas (y en mis sueños soy el encargado de hincar el cuchillo al marrano, y su sangre me empapa el rostro); que me pongo un traje que me queda estrecho para la procesión del Corpus; que piso las uvas que luego me brindarán un vino morapio y un puntillo agrio; que bailo con las mozas del pueblo en la fiesta del patrón (y que entre todas las mozas cortejo a una menuda y rubiasca, asturianilla para más señas); que vuelvo a casa y me quedo mirando la lumbre de la chimenea hasta que se apaga, pensando si pedirle matrimonio a la rubiasca a la que ni siquiera me he atrevido a besar, a la que ni siquiera me he atrevido a acariciar con mis manos rudas y encallecidas; y que, mirando la lumbre, me quedo dormido, como un bendito de Dios, hasta que un gato me trepa a las rodillas y me advierte que es hora de meterse en la cama, cuyo colchón de lana tendré que acordarme de orear a la mañana siguiente.

Y entonces despierto. Y añoro lo que nunca he tenido. Y me maldigo por vivir una vida que no quiero, en lugar de la vida querida que sueño. 

Juan Manuel de Prada, en XLSemanal (1 de julio de 2012)

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/20120701/anoranzas-2897.html

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Kierkegaard y el anuncio de AXE

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El último anuncio de AXE, que invita a la fiesta del fin del mundo, me hizo pensar en la historia del payaso de Kierkegaard.

Al danés Søren Kierkegaard (1813-1855) se le considera el padre del Existencialismo. En realidad, el Existencialismo surgió como movimiento filosófico -aunque poco homogéneo- en la primera mitad del siglo XX (Heidegger, Sartre...), y descubrió en el filósofo de Copenhague una especie de ascendiente ideológico.

Siempre me ha parecido el Existencialismo una de las corrientes filosóficas más interesantes. No resolvió ningún misterio, cierto, pero al menos discutió acerca de los verdaderos problemas del ser humano, más allá de la filosofía fría, académica, metódica, de los siglos anteriores: el (sin)sentido de la vida, la (in)significancia del hombre, la (in)trascendencia de la muerte, el dilema de la libertad, de la fe, del tiempo... El existencialista trata de comprenderse a sí mismo, de encontrar una justificación a su existencia. Unamuno, autor al que adoro por cierto, es el escritor español que más me encaja en este perfil.

El existencialismo del siglo XX bebió del concepto de angustia que Kierkegaard planteaba: para él, la angustia era ese sentimiento de vacío, inherente al ser humano, pero un estado ideal al fin y al cabo, ya que lleva al hombre más allá de sí mismo, a lo trascendente, a Dios, a lo que el danés llamaba etapa ética. Sin embargo, Kierkegaard afirmaba que muchas personas se quedan en una etapa estética, apegados al mundo de los sentidos, tratando infructuosamente de apagar ese vacío llenándolo de cosas y sensaciones materiales (papá, parece que estás hablando tú Guiño), una vía que para Kierkegaard conduce ineludiblemente a la desesperación.

En un relato francamente inspirado, Kierkegaard se imagina una humanidad que festeja su propio apocalipsis:

Una vez sucedió que en un teatro se declaró un incendio entre bastidores. El payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero éste creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia y los aplausos eran todavía más jubilosos. Así creo yo que perecerá el mundo, en medio del júbilo general del respetable que pensará que se trata de un chiste.

Yo no sé si el mundo afronta el fin de los días, o simplemente es únicamente el hombre quien se asoma en solitario al precipicio. Pero ignorar esta cuestión no parece un asunto de frívolo hedonismo, sino de pura estupidez. Kierkegaard así lo creía. ¿Se dejaría llevar alguna vez el buen danés por la tentación de cerrar los ojos a lo inevitable, de abandonarse al yo, al aquí, al ahora?

Luis Alberto de Cuenca expresó genialmente esa invitación al placer, tan típicamente posmodernista:

Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlele los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.

Vale. Pero antes de morir, dejémoslo claro, ya apestamos. Bailamos, sudamos, apestamos. Y temerosos de que se apague la música, seguimos bailando, sudando, apestando. Pero para este olor no hay desodorante que valga. Ni siquiera AXE.

"Soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla..."

 

Ayer fui a ver También la lluvia, la película dirigida por Íciar Bollaín e interpretada por Luis Tosar y Gael García Bernal. Os recomiendo encarecidamente verla: es un sublime ejercicio de comparación entre dos historias de colonialismo y explotación, una del pasado, otra del presente. El equipo de producción de una película llega a Bolivia con la intención de sacar adelante, contra viento y marea, su proyecto, que consiste básicamente en relatar la historia del Descubrimiento de América, haciendo hincapié en la visión de los conquistados, denunciando las atrocidades de los conquistadores. Pero una revolución del presente torpedea sus planes... O no, quizá la revuelta popular, por causa de la privatización del servicio de abastecimiento de agua, les devuelve a los integrantes del equipo a la realidad en la que son ellos los que deben tomar decisiones importantes...

En fin, no era mi intención escribir una crítica, sino transcribir un pequeño pero enorme discurso que captó mi atención. En un momento de la película, el actor que interpreta al fraile dominico Antonio de Montesinos ensaya la escena de un sermón. Ese sermón fue pronunciado el 21 de diciembre de 1511, y había sido consensuado por todos los frailes que componían la comunidad dominica de la isla, escandalizados ante los atropellos que sufrían los indios nativos. Fue Montesinos el encargado de pronunciarlo ante un nutrido grupo de soldados y colonos. El texto original no se ha conservado, pero lo conocemos gracias a Bartolomé de las Casas, y dice así: 

Soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto conviene que con atención la oigáis, la cual les será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír. Esta voz es que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid: ¿Con que derecho y con que justicia tenéis en tan cruel y tan horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido en sus enfermedades, que los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Estos no son seres humanos? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? Tened por cierto que, en este estado en que estáis, no os podréis salvar más que los que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.

A lo largo de muchos meses los dominicos habían denunciado a las autoridades la situación intolerable en la que se encontraban los nativos de la isla. Como nada cambiaba, se pusieron de acuerdo para criticar públicamente los excesos de los españoles en el Nuevo Mundo. Ya se puede suponer el enorme revuelo que se montó. Montesinos fue obligado a volver a España a dar explicaciones, pero acabó incluso obteniendo tímidas concesiones legislativas del rey Fernando el Católico para mejorar la situación de los indios, a los que siguió defendiendo hasta su muerte, en lo que hoy es Venezuela, en 1540.
El 15 de agosto de 1514, otro sacerdote, hijo de un excompañero de Cristóbal Colón en su segundo viaje a Las Indias, impactado por la labor de Montesinos, pronunciaba otro discurso casi igual de incendiario que el de aquel. Era Bartolomé de las Casas, que renunciaba públicamente a sus encomiendas (sistema semifeudal por el que se adjudicaban un número de indios a un español, trabajo a cambio de "protección") y se dedicaría a partir de ese momento a luchar con todas sus fuerzas por los derechos de los indios. Sus esfuerzos cristalizaron en 1542, durante el reinado de Carlos V, ya fallecido Antonio de Montesinos, con la promulgación de las Leyes Nuevas, que prohibían la esclavitud de los indios, los cuales quedaban bajo la protección de la Corona, sin el yugo del sistema de encomiendas. A finales de ese mismo año De las Casas terminó de redactar su obra más conocida, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que para muchos constituye el primer tratado moderno sobre derechos humanos.
Archivo:Bartolomedelascasas.jpg
Bartolomé de las Casas tuvo un papel esencial en la historia. Pero no son menos importantes aquellos personajes más anónimos, como Antonio de Montesinos, que abrieron caminos allí donde parecía no haberlos. A las agallas y la fe que mostraron estos hombres va dedicada esta entrada de hoy.
PS. Se pueden consultar más detalles sobre la vida y obra de Montesinos y De las Casas, y su tratamiento en la película También la lluvia aquí.

Debatiendo en clase de "Física o química"

Cuelgo unas cuantas escenas de una de las series favoritas de nuestros alumnos...

El sentimiento de culpa, según Nietzsche (ese "cabronazo genial")

El sentimiento de culpa, según Nietzsche (ese "cabronazo genial")

Alguna divagación marginal de esta semana tuvo como protagonista el sentimiento de culpa. Ahí salió a colación Nietzsche -ese "cabronazo genial" como lo definió mi amigo Luís (con tilde, sí)- con su idea de que la culpa no es sino el resultado de encerrar las verdaderas esencias humanas, de asfixiar la individualidad entre las normas colectivas que rigen las sociedades (Genealogía de la moral). Yo, que no soy sospechoso de compartir las tesis de Nietzsche -ni en este punto ni en muchos otros-, no quiero dejar de cederle este modesto espacio al filósofo alemán, al que no le niego su habilidad lingüística y argumentativa:

Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro -esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: únicamente con esto se desarrolla en él lo que más tarde se denomina su “alma”. Todo el mundo interior originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido. Aquellos terribles bastiones con que la organización estatal se protegía contra los viejos instintos de la libertad -las penas sobre todo cuentan entre tales bastiones- hicieron que todos aquellos instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen vuelta atrás, se volviesen contra el hombre mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en la agresividad, en el cambio, en la destrucción -todo esto vuelto contra el poseedor de tales instintos: ése es el origen de la “mala conciencia”. El hombre que falto de enemigos y resistencias exteriores, encajonado en una opresora estrechez y regularidad de las costumbres, se desgarraba, se perseguía, se mordía, se roía, se sobresaltaba, se maltrataba impacientemente a sí mismo, este animal al que se quiere “domesticar” y que se golpea furioso contra los barrotes de su jaula, este ser al que le falta algo, devorado por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse a base de sí mismo una aventura, una cámara de suplicios, una selva insegura y peligrosa -este loco, este prisionero añorante y desesperado fue el inventor de la “mala conciencia”.

Mahatma Gandhi

Mahatma Gandhi

Hoy, 30 de enero, es el Día escolar de la Paz y la No Violencia. Una fecha no elegida al azar, sino porque un hindú radical, presuntamente ligado a grupos de ultraderecha, encontró la oportunidad de asesinar el 30 de enero de 1948 a Mahatma Gandhi, el auténtico icono del pacifismo.  Para la historia posterior no han quedado sus grandes discursos, sino sus pequeñas frases, pequeñas joyas argumentativas: 

La violencia es el miedo a los ideales de los demás.
 
Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio.
 
No hay camino para la paz, la paz es el camino.
 
Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible.
 
Casi todo lo que realice será insignificante, pero es muy importante que lo haga.
 
La voz interior me dice que siga combatiendo contra el mundo entero, aunque me encuentre solo. Me dice que no tema a este mundo sino que avance llevando en mí nada más que el temor a Dios.
 
Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.
 
No se nos otorgará la libertad externa más que en la medida exacta en que hayamos sabido, en un momento determinado, desarrollar nuestra libertad interna.
 
Ganamos justicia más rápidamente si hacemos justicia a la parte contraria.
 
No dejes que se muera el sol sin que hayan muerto tus rencores.
 
Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales.
 
Cuando todos te abandonan, Dios se queda contigo.
 
¿La civilización Occidental? Bueno, sería una excelente idea.
 
No escuches a los amigos cuando el amigo interior dice: ¡Haz esto!
 
Un error no se convierte en verdad por el hecho de que todo el mundo crea en él.
 
Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia.
 
Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos.
 
El hombre no posee el poder de crear vida. No posee tampoco, por consiguiente, el derecho a destruirla.
 
El verdadero progreso social no consiste en aumentar las necesidades, sino en reducirlas voluntariamente; pero para eso hace falta ser humildes.
 
Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.
 
Uno debe ser tan humilde como el polvo para poder descubrir la verdad.
 
No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia.
 
Ante las injusticias y adversidades de la vida... ¡calma!.
 
Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel.
 
La plegaria no es un entretenimiento ocioso para alguna anciana. Entendida y aplicada adecuadamente, es el instrumento más potente para la acción.
 
Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.
 
La tristeza de la separación y de la muerte es el más grande de los engaños.
 
La muerte no es más que un sueño y un olvido.
 
La verdad es totalmente interior. No hay que buscarla fuera de nosotros ni querer realizarla luchando con violencia con enemigos exteriores.
 
Entiendo por religión, no ya un conjunto de ritos y costumbres, sino lo que está en el origen de todas las religiones, poniéndonos cara a cara con el Creador.
 
La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad.
 
Dios no ha creado fronteras. Mi objetivo es la amistad con el mundo entero.
 
Aquellas personas que no están dispuestas a pequeñas reformas, no estarán nunca en las filas de los hombres que apuestan a cambios trascendentales.
 
En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle.
 
Todo lo que se come sin necesidad se roba al estómago de los pobres.
 
La verdadera educación consiste en obtener lo mejor de uno mismo. ¿Qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la Humanidad?
 
No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.
 
Nunca hay que pactar con el error, aun cuando aparezca sostenido por textos sagrados.
 
Correrán ríos de sangre antes de que conquistemos nuestra libertad, pero esa sangre deberá ser la nuestra.
 
Quisiera sufrir todas las humillaciones, todas las torturas, el ostracismo absoluto y hasta la muerte, para impedir la violencia.
 
Los medios violentos nos darán una libertad violenta.
 
La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia.
 
La tarea que enfrentan los devotos de la no violencia es muy difícil, pero ninguna dificultad puede abatir a los hombres que tienen fe en su misión.
 
La verdad jamás daña a una causa que es justa.
 
Lo mismo que un árbol tiene una sola raíz y múltiples ramas y hojas, también hay una sola religión verdadera y perfecta, pero diversificada en numerosas ramas, por intervención de los hombres.
 
El capital no es un mal en sí mismo, el mal radica en su mal uso.
 
Cuanto más la practico, con mayor claridad advierto lo lejos que estoy de la plena expresión de la no violencia en mi vida.
 
El conocimiento profundo de las religiones permite derribar las barreras que las separan.
 
El nacimiento y la muerte no son dos estados distintos, sino dos aspectos del mismo estado.
 
Los medios impuros desembocan en fines impuros.
 
Para una persona no violenta, todo el mundo es su familia.
 
El que retiene algo que no necesita es igual a un ladrón.
 
Imagino que sé lo que significa vivir y morir como no violento. Pero me falta demostrarlo mediante un acto perfecto.
 
La plegaria es la primera y la última lección para aprender el noble y bravío arte de sacrificar el ser en los variados senderos de la vida.
 
Si no tenemos miedo de los hombres y buscamos sólo la verdad de Dios, estoy seguro de que todos podremos ser sus mensajeros. En lo que a mi respecta, creo sinceramente que respondo a estas dos condiciones.
 
Estoy comprometido con la verdad, no con la consistencia.
 
Los grilletes de oro son mucho peor que los de hierro.
Imperfecto como soy, comencé con hombres y mujeres imperfectos, por un océano sin rutas.

La (falsa) carta del Gran Jefe Seattle

La (falsa) carta del Gran Jefe Seattle

Pocos días antes de ver Avatar, película que trata de indígenas y de colonos, y que tiene en cierto modo un trasfondo ecologista, me enteré de que uno de los más elocuentes textos argumentativos de la historia, la carta del gran jefe Seattle al presidente Franklin Pierce, que también trata de indígenas y de colonos, y que tiene un gran trasfondo ecologista, era... una bola como una olla... Lo descubrí ojeando Ecología: mitos y fraudes, de Eduardo Ferreyra, y el artículo de Raúl Marcó del Pont, "Lo que nunca dijo el jefe Seattle", publicado en la web del Instituto Nacional de Ecología.

Cuando alguien argumenta, sea una arenga militar o un discurso parlamentario, hace fundamentalmente dos cosas: primero, expresa una opinión (tesis) sobre algún objeto de discusión (tema, tópico) apoyándose en determinados razonamientos (argumentos); segundo, trata de convencer al otro de la bondad, verdad, validez, consistencia, etc. de dicha opinión. Cuando la función apelativa prima sobre la expresiva, es decir, cuando la segunda de las acciones -convencer- prima sobre la primera -expresar la propia opinión-, la argumentación no tiene por qué someterse a un criterio de verdad, sino de eficacia. En estos casos, el fin justifica los medios, incluso si los medios implican hacer pasar un discurso propio como un discurso de una figura investida de autoridad y respetabilidad. 

El jefe Seattle respondía a esta clase de auctoritas. Hijo de un jefe suquamish y de una hija de un jefe duwamish, Seattle era uno de los más reputados líderes tribales de los indios norteamericanos: noble, sabio, elocuente... Incluso la ciudad de Seattle fue bautizada así en su honor. En 1854 tuvo lugar una reunión para definir los términos de la "cohabitación" entre los colonos blancos y los indios autóctonos. El doctor Henry Smith presenció y tomó notas del discurso que el jefe indio pronunció, en respuesta al del Gobernador y Comisionado de Asuntos Indígenas. En 1887 el Seattle Star publicó lo que sería una aproximación al discurso a partir de las notas de Smith (que se perdieron, desgraciadamente).

Ya en el siglo XX, a finales de los 60, el poeta William Ayers Arrowsmith parafraseó el discurso, y a principios de los 70, los productores de un film documental sobre el medio ambiente, titulado "Home", le encargaron a Ted Perry, profesor y dramaturgo, amigo de Arrowsmith, el guion. Éste incluía un poético y emotivo discurso, que imitaba el lenguaje metafórico indio y que fue adjudicado sin el menor rubor al propio jefe Seattle, para que el mensaje del documental tuviese mayor impacto. Lo transformaron, además, en una carta que supuestamente Seattle habría enviado al propio presidente Pierce. A partir de ahí, la carta adquirió enorme popularidad, hasta convertirse en un mito de alcance universal.

¿Fue éticamente reprobable esta falsificación? Quizá sí, pero el texto cumplió con creces el cometido con el que fue creado, convirtiéndose en bandera y fuente de inspiración para diversas doctrinas ecologistas y neohumanistas*. La versión del discurso del jefe Seattle que más perduró en el imaginario colectivo fue aquella que más adulteró el original. Falsa, sí, pero argumentativamente intachable, poéticamente brillante.

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¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aún el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida.

Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos?

Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.

Los muertos del hombre blanco olvidan de su país de origen cuando emprenden sus paseos entre las estrellas; en cambio, nuestros muertos nunca pueden olvidar esta bondadosa tierra, puesto que es la madre de los pieles rojas. Somos parte de la tierra y asimismo, ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila; éstos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.

Por todo ello, cuando el Gran Jefe de Washington nos envía el mensaje de que quiere comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado. También el Gran Jefe nos dice que nos reservará un lugar en el que podamos vivir confortablemente entre nosotros. El se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos.

Por ello consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Ello no es fácil ya que esta tierra es sagrada para nosotros. El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente el agua sino también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras, deben recordar que es sagrada y a la vez deben enseñar a sus hijos que es sagrada y que cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestras tierras ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también lo son suyos y, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra a sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objeto que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto.

No sé, pero nuestro modo de vida es diferente al de ustedes. La sola vista de sus ciudades apena los ojos del piel roja. Pero quizás sea porque el piel roja es un salvaje y no comprende nada. No existe un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ni hay sitio donde escuchar como se abren las hojas de los árboles en primavera o como aletean los insectos. Pero quizás también esto debe ser porque soy un salvaje que no comprende nada. El ruido parece insultar nuestros oídos. Y, después de todo ¿para qué sirve la vida si el hombre no puede escuchar el grito solitario del chotacabras (aguaitacaminos) ni las discusiones nocturnas de las ranas al borde de un estanque? Soy un piel roja y nada entiendo. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.

El aire tiene un valor inestimable para el piel roja ya que todos los seres comparten un mismo aliento - la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parece consciente del aire que respira; como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor. Pero si les vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire nos es inestimable, que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene.

El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida, también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde hasta el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.

Por ello consideramos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, yo pondré condiciones: El hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.

Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.

¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran soledad espiritual; porque lo que le suceda a los animales también le sucederá al hombre. Todo va enlazado.

Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a si mismos.

Esto sabemos: La tierra no pertenece al hombre; el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos, todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.

Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, no queda exento del destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos. Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra un día: nuestro Dios es el mismo Dios.

Ustedes pueden pensar ahora que Él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan; pero no es así. Él es el Dios de los hombres y su compasión se comparte por igual entre el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña se provocaría la ira del Creador. También los blancos se extinguirían, quizás antes que las demás tribus. Contaminen sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos.

Pero ustedes caminarán hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza del Dios que los trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja.

Ese destino es un misterio para nosotros, pues no entendemos porqué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlantes.

¿Dónde está el matorral? Destruido. ¿Dónde esta el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia.

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"Nochebuena de 1836", de Mariano José de Larra

"Nochebuena de 1836", de Mariano José de Larra

Nació en medio de una guerra. Su familia se exilió, acusada de traición. Regresó para convertirse en el más famoso periodista de su país. Se enamoró de una mujer que más tarde resultaría ser la amante de su padre. Vivió un matrimonio infeliz. Fue elegido diputado pero nunca ejerció como político. Tuvo un fracasado romance adúltero. Se suicidó a los 28 años. Su entierro estuvo rodeado de polémica. No, no es ningún personaje de ficción de una telenovela, son partes sobresalientes del periplo vital de Mariano José de Larra (1809-1837), uno de los más grandes escritores españoles de la historia.

Como en el caso de Garcilaso de la Vega (¿38? años) o Gustavo Adolfo Bécquer (34 años), nadie sabe cuál hubiese sido la trascendencia de su herencia literaria si hubiese vivido una vida más larga. Fue poeta, novelista (El doncel de Don Enrique el Valiente) y dramaturgo (Macías), pero destacó como periodista y articulista, muchas veces escondido bajo el seudónimo de "Fígaro". Sus artículos, ácidos unas veces, satíricos otras, reflejan una personalidad sensible y pesimista. Apasionado, idealista, incapaz de soportar la mediocridad de sus semejantes, no pudo -como buen romántico- resistir la abismal lejanía entre lo que deseaba y lo que en realidad vivía. El estilo claro y sencillo, a la vez que rico y vigoroso, de su prosa, constituye un hito histórico de las letras españolas, un ejemplo a seguir para las siguientes generaciones de prosistas en lengua castellana.

Entre sus artículos merecen especial atención Vuelva usted mañana, El castellano viejo, El casarse pronto y mal, Un reo de muerte, El día de difuntos de 1836, En este país, La educación de entonces... Todos son brillantes, todos tratan problemáticas que en muchos casos los hace -curiosamente- muy actuales. He escogido solo unos párrafos de Nochebuena de 1836, aprovechando que estamos en fechas navideñas, donde critica lo irreflexivo e hipócrita de las celebraciones navideñas...

¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: «Hoy es un aniversario», y el pueblo ha respondido: «Pues si es un aniversario, comamos, y comamos doble». ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó hambre u hoy pasará indigestión. Miserable humanidad, destinada siempre a quedarse más acá o ir más allá.

Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el Redentor del mundo; nació el que no reconoce principio y el que no reconoce el fin: nació para morir. ¡Sublime misterio! ¿Hay misterio que celebrar’? “Pues coma­mos”, dice el hombre; no dice: “Reflexione­mos.” El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡Argumento terrible en favor del alma.

Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza tan indispensablemente como es preciso pasar por el dolor para ir desde la cuna al sepulcro. Montones de comestibles acumulados, risa y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría. No pudo menos de ocurrirme la idea de Bilbao: figuróseme ver de pronto que se alzaba por entre las montañas de víveres una frente altísima y extenuada; una mano seca y roída llevaba a una boca cárdena, y negra de morder cartuchos, un manojo de laurel sangriento. Y aquella boca no hablaba. Pero el rostro entero se dirigía a los bulliciosos liberales de Madrid, que traficaban. Era horrible el contraste de la fisonomía escuálida y de los rostros alegres. Era la reconvención y la culpa, aquélla agria y severa, ésta indiferente y descarada.

Todos aquellos víveres han sido aquí traídos de distintas provincias para la colación cristiana de una capital. En una cena de ayuno se come una ciudad a las demás.

¡Las cinco! Hora del teatro: el telón se levanta a la vista de un pueblo palpitante y bullicioso. Dos comedias de circunstancias, o yo estoy loco. Una representación en que los hombres son mujeres y las mujeres hombres. He aquí nuestra época y nuestras costumbres. Los hombres ya no saben sino hablar como las mujeres, en congresos y en corrillos. Y las mujeres son hombres, ellas son las únicas que conquistan. Segunda comedia: un novio que no ve el logro de su esperanza; ese novio es el pueblo español: no se casa con un solo Gobierno con quien no tenga que reñir al día siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.

Pero las orgías llaman a los ciudadanos. Ciérranse las puertas, ábrense las cocinas. Dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a merced de mis pensamientos. La luz que ilumina los banquetes viene a herir mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras se abre paso hasta mis sentidos y entra en ellos como cuña a mano, rompiendo y desbaratando. 

Mariano José de Larra, "Nochebuena de 1836". Artículo publicado en "El redactor general" el 26 de diciembre de 1836. 

Martin Luther King: "I have a dream"

Martin Luther King Jr. fue uno de los grandes hombres del siglo XX. Pastor evangélico, pronto supo que su camino habría de ser la lucha por los derechos civiles de los negros de EE.UU., ignorados de manera indecente a pesar de las aparentes garantías constitucionales. Y lo hizo no a través de la violencia, sino a través de la palabra y de la desobediencia civil pacífica. Se opuso a los actos radicales del Black Power con el mismo ímpetu con el que enviaba sus mensajes de justicia y fraternidad social por todo el país. Su magnético carisma, su brillante oratoria, su compromiso leal con sus ideas, conmovieron los cimientos de la sociedad americana, y abrieron las puertas de la congregación racial. Dio su vida por ello, pero pocos como él han redimido su tiempo hasta el final.

Éste es el discurso que el reverendo Luther King dio ante el monumento a Lincoln, en Washington DC, en 1963. Es el mejor preámbulo para el próximo 30 de enero, Día Mundial de la Paz.

Jesús Quintero, único e inimitable

Discurso final de "El gran dictador"

"El flautista electrónico de Hamelin"

"El flautista electrónico de Hamelin"

Que la televisión ejerce una enorme influencia en la sociedad, y particularmente en los más jóvenes, no es ningún secreto. Que pasamos demasiado tiempo ante ella, tampoco. En lo que sí hay algo de mágico es en la manera de decirlo que tiene René Avilés Fabila (Cuentos y descuentos). Ün ejemplo de argumentación con forma de texto narrativo.

Como no quisieron pagarle sus servicios, el flautista, furioso, decidió vengarse raptando a los niños de aquel ingrato pueblo. Los conduciría por espesos bosques y altas montañas para finalmente despeñarlos en un precipicio. Sus padres jamás volverían a verlos. Para ello no era suficiente su flauta mágica, sino algo más poderoso. Optó, entonces, por encender el aparato televisor: los niños, encantados, lo siguieron hacia su perdición.

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Discurso de Steve Jobs en Stanford

Yo ya me había despedido de vosotros, ya os había deseado suerte, pero me resisto a dejaros ir sin que, al menos, escuchéis el discurso que Steve Jobs, uno de los más exitosos empresarios del mundo de la industria informática y del entretenimiento, presidente de Apple Inc. y Pixar Animation, dirigió a los recién graduados de la Universidad de Stanford el 12 de junio de 2005. De verdad que merece la pena.

Un abrazo.

 

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