Tópicos literarios, desde la Edad Media a la Edad Moderna

Lamentablemente no sé quien es el autor de esta recopilación de tópicos, pero me parece que echaré mano de ella... El que más suene será sin duda el carpe diem ('aprovecha el día'). Pero hay que advertirlo, en el Renacimiento "aprovechar el día" no era un hedonista "comamos y bebamos, que mañana moriremos" (1ª Corintios 15:32), como la sociedad actual tiende a interpretar, sino un llamamiento a hacer un ejercicio de responsabilidad con cada minuto de vida con que hemos sido bendecidos, algo parecido al bíblico "Andad sabiamente, redimiendo el tiempo" (Colosenses 4:5)... Los humanistas del siglo XVI comprendieron el protagonismo, la capacidad, la fuerza de la volunta del hombre, pero también en la responsabilidad que ello implicaba. Vamos, siguiendo con tópicos, lo que el tío Ben le dijo al superhéroe arácnido: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
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La Estrella de los Magos

Inspirado en un hecho real...
Noche de Reyes. Un velo de oscuridad cierra toda la Terra Cha lucense; solo los tramos de carretera por los que pasamos, hacia Ourense, van encendiéndose y apagándose alternativamente, a medida que los faros del coche apuntan y dejan de apuntar al asfalto. Apenas hay vehículos, ni en un sentido ni en otro. De repente, un fulgor atraviesa el cielo y lo ilumina todo, como en un espectáculo de pirotecnia. Es una luz potente, cálida, hermosa: ¡la Estrella que guía a los Magos! No, no puede ser... Claro que no, ya me doy cuenta, es el destello del flash de un cinemómetro de la Dirección General de Tráfico. Sumergido en mis meditaciones, me debió de pasar desapercibida una señal de tráfico que probablemente anunciaba, cien metros antes, con funesto pareado, "Por su seguridad, control de velocidad". Maldito radar. Definitivamente, se acabó la Navidad.
"El frío modifica la trayectoria de los peces", de Pierre Szalowski
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Ayer terminé El frío modifica la trayectoria de los peces, de Pierre Szalowski, el libro que escogí para leer durante estas fechas de asueto navideño. Desde luego, resultó ser una lectura muy adecuada: la novela narra una historia sucedida durante las navidades de 1998, en un pequeño vecindario de un barrio de Quebec, en Canadá. Lo que distingue a esta navidad canadiense de 1998, el lance patético aristotélicamente hablando que impulsa la fábula, es un suceso meteorológico adverso: una memorable tormenta de hielo que trae el caos a la ciudad. Y ese mismo día, un niño de once años descubre que sus padres se van a separar...
Pero El frío modifica la trayectoria de los peces no es simplemente una novela contextualizada en una Navidad, es que toda ella es muy navideña. De ahí ese tono de "buenrollismo", algo naïf, que hace que parezca que estemos ante un cuento de hadas... Esto me molestó un poco, lo confieso; y lo que acabó de disgustarme fueron algunas inconsistencias -a mi humilde entender- respecto al tema de los peces de acuario, cuya trayectoria uno de los protagonistas analiza, a la temperatura constante de 32º (es que soy un acuariófilo, y me pongo algo pesado cuando de animalitos de acuario se trata :-) Pero bueno, qué caramba, no nos pongamos puntillosos. Lo de los peces al fin y al cabo no es más que una metáfora, y lo del toque naïf... pues qué época mejor que esta para dejarse llevar por la ingenuidad, que hace nada fue Año Nuevo, y mañana Reyes...
Así que, dejémonos llevar. ¿Qué es fundamentalmente esta novelita? Un viaje del yo al nosotros. Me explico. La tormenta de hielo lleva a los personajes a una anagnórisis progresiva -sigo aristoteleando-, es decir, a un conocimiento de la Otredad, a un darse cuenta de que el Otro existe. Y el Otro es el vecino con el que apenas habías cruzado cuatro palabras. La tormenta pone sus vidas patas arriba, rompe sus patrones habituales de conducta y sus esquemas preestablecidos, los hace moverse de ese sillón, de esa falsa sensación de confort que supone el "yo me ocupo de lo mío". Y el resultado de la interacción valdrá la pena, porque al final del relato sus vidas son mucho más plenas. Es la catarsis final, la purificación. La tormenta ya no es una crisis en el sentido negativo que se le suele dar -un desastre- sino un cambio en el proceso de la vida, un cambio que puede implicar la oportunidad de convertirse en alguien más feliz. Esta perspectiva de cualquier crisis requiere esfuerzo, mentalidad positiva, pero parece una perspectiva desde luego mucho más enriquecedora y apetecible.
La anagnórisis coral del vecindario puede resultar poco creíble. Pero creo que a Szalowski no le importa tanto la verosimilitud de su historia como invitarnos a reflexionar sobre hacia donde estamos mirando, si hacia nuestro ombligo, o si hacia el rostro de los demás. Vamos, formulamos la ley general: nuestra felicidad no está sino en la felicidad del otro. No sé si esto tendrá que ver con lo que suelen llamar "espíritu navideño", pero de repente la novela ya no parece tan naïf, y si nos lo parece, puede que sea porque la idea choca con cierta amargura crónica que padecemos. Szalowski no es desde luego el primero que cree que seremos felices si colaboramos en la felicidad de los demás, y es muy posible que tenga razón. Hace unos días leí un artículo de Lucía Etxebarría que insistía en la misma tesis, demostrada empíricamente en un estudio de una universidad canadiense (canadiense, qué casualidad): "Cuanto más dinero gasta la gente en otros, más feliz es". Pues va a ser cierto. Aunque también es cierto que a veces necesitamos una buena crisis para darnos cuenta. Como sugiere El frío modifica la trayectoria de los peces, nada como una buena tormenta para mover tu culo del cómodo sillón en el que te estás idiotizando...
Brindis de Nadal

Hoy es Nochebuena, y en una semana será Nochevieja, pocos momentos más tradicionales que estos para las felicitaciones y buenos deseos. Así que yo también me uno a la tradición, y a todos -a los que os conozco personalmente y a los que no- os deseo de corazón un Feliz Camino: que encontréis aquello que buscáis, y que sepáis buscar aquello que necesitéis. Permitidme regalaros un modesto microrrelato...
BRINDIS DE NADAL
Sabía que la Navidad era sagrada, que eran fechas para celebrarlas en casa. Por eso, mientras descorchaba la botella, Agustín sintió una punzada de culpabilidad por todas las Navidades en familia que se había perdido durante tantos años. Por fin, allí estaban, como en una postal perfecta, el fuego de la chimenea, las luces del árbol, los villancicos sonando en el tocadiscos, el cordero asándose en el horno. Vertió el champaña en las dos copas. Se entretuvo un segundo, observando las burbujas que subían juguetonas a la superficie, antes de brindar con alegría: "С Рождеством! Joyeux Noël! Merry Christmas! ¡Feliz Navidad!" Lo hizo en todos los idiomas que chapurreaba, como homenaje a todas las novias fugaces que en cada puerto había amado. Pero este año había sido largo, y por primera vez se sentía débil y cansado. Así que esta vez se esforzó en el atrezo, en el discurso, en la representación que sabía que de él se esperaba. "Bo Nadal!". Se sorprendió de no encontrar la respuesta esperada. Alrededor, todo seguía en su lugar: el fuego, las luces, los villancicos, el cordero. "Bo Nadal, ruliña", dijo en un tono más afectuoso. Las burbujas subían más lentas, más pesadas. "Por este Nadal, muller, por tódolos Nadais que hemos pasar xuntos", añadió al fin, como esperando algo. Todavía tardó diez minutos en comprender que allí ya no había nadie, que su mujer lo había abandonado, que la última burbuja hacía tiempo que había desaparecido. Solo estaba él, con un fuego, con unas luces, con unos villancicos, con un cordero.
"Inocencia perdida", de Giselle Aronso

No entiendo que el microrrelato de Augusto Monterroso, "Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí", haya alcanzado semejantes cotas de popularidad. A mí me parece una chorrada, o para no ser tan taxativo, un pequeño juego verbal que no resiste comparación alguna con otros memorables relatos del autor hondureño.
Vean ustedes, por el contrario, el poco conocido microrrelato de la poco conocida Giselle Aronso, titulado "Inocencia perdida", claramente inspirado en el de Monterroso, pero con una fuerza dramática infinitamente mayor:
"Cuando desperté, aquella noche de Reyes, al mirar mis zapatos, mi padre todavía seguía allí".
Me disgusta un poquitín ese "al mirar" que expresa simultaneidad temporal, que creo que debiera haber sido sustituido por un "para mirar" que expresase finalidad. Pero el relato es soberbio, ¿verdad? Una pequeña joya que uno se encuentra por casualidad. Aprovechemos la coyuntura para leer otros dos microrrelatos de esta escritora argentina...
Des-creación
En el principio, encendió las sombras.
Al segundo día aniquiló su deseo.
Durante el tercero se dedicó a eliminar el asombro.
Todo el cuarto día lo ocupó en sofocar la ilusión.
Destruyó todas y cada palabra durante el quinto día.
Al sexto día decidió apagar su voz.
Y el séptimo día, desapareció.
El paredón
Sabía que estaba allí, por eso no necesitó corroborarlo antes. Recordaba perfectamente que se encontraba al final de una calle sin salida, luego de las siete cuadras que ocupaba una fábrica de zapatos.
Sentía que era la mejor opción para su decisión, la que más la identificaba, la más emblemática.
Cruzó la ciudad con la tranquilidad de quien ya ha atravesado las mareas de su mente y está del otro lado. Por eso mismo, ya no pensaba; de esa orilla no hacía falta la razón.
Cuando llegó por fin adonde la fábrica comenzaba, automáticamente como tantas otras veces, su pie derecho aflojó el acelerador mientras el izquierdo al mismo tiempo activaba el embrague y su mano apretaba la palanca moviéndola a la posición de cuarta velocidad. La misma operación fue repetida para pasar a la quinta. Tres cuadras le bastaron para alcanzar los 160 kilómetros por hora. En ese número se condensaba el último sentido de todo.
Las cuatro cuadras restantes se volvieron líquidas en el tiempo.
Al llegar a la séptima, se aferró con toda la fuerza que le quedaba al volante y sin dudarlo avanzó como si fuera a zambullirse en esa masa concreta y uniforme que la atraía. Su límite final.
Microrrelato de estructura inmaculada...
La ira del inspector de educación
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El inspector, fuera de sus casillas, a cuenta de la incompetencia de los profesores, que no saben evaluar por competencias...
Kierkegaard y el anuncio de AXE
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El último anuncio de AXE, que invita a la fiesta del fin del mundo, me hizo pensar en la historia del payaso de Kierkegaard.
Al danés Søren Kierkegaard (1813-1855) se le considera el padre del Existencialismo. En realidad, el Existencialismo surgió como movimiento filosófico -aunque poco homogéneo- en la primera mitad del siglo XX (Heidegger, Sartre...), y descubrió en el filósofo de Copenhague una especie de ascendiente ideológico.
Siempre me ha parecido el Existencialismo una de las corrientes filosóficas más interesantes. No resolvió ningún misterio, cierto, pero al menos discutió acerca de los verdaderos problemas del ser humano, más allá de la filosofía fría, académica, metódica, de los siglos anteriores: el (sin)sentido de la vida, la (in)significancia del hombre, la (in)trascendencia de la muerte, el dilema de la libertad, de la fe, del tiempo... El existencialista trata de comprenderse a sí mismo, de encontrar una justificación a su existencia. Unamuno, autor al que adoro por cierto, es el escritor español que más me encaja en este perfil.
El existencialismo del siglo XX bebió del concepto de angustia que Kierkegaard planteaba: para él, la angustia era ese sentimiento de vacío, inherente al ser humano, pero un estado ideal al fin y al cabo, ya que lleva al hombre más allá de sí mismo, a lo trascendente, a Dios, a lo que el danés llamaba etapa ética. Sin embargo, Kierkegaard afirmaba que muchas personas se quedan en una etapa estética, apegados al mundo de los sentidos, tratando infructuosamente de apagar ese vacío llenándolo de cosas y sensaciones materiales (papá, parece que estás hablando tú
), una vía que para Kierkegaard conduce ineludiblemente a la desesperación.
En un relato francamente inspirado, Kierkegaard se imagina una humanidad que festeja su propio apocalipsis:
Una vez sucedió que en un teatro se declaró un incendio entre bastidores. El payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero éste creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia y los aplausos eran todavía más jubilosos. Así creo yo que perecerá el mundo, en medio del júbilo general del respetable que pensará que se trata de un chiste.
Yo no sé si el mundo afronta el fin de los días, o simplemente es únicamente el hombre quien se asoma en solitario al precipicio. Pero ignorar esta cuestión no parece un asunto de frívolo hedonismo, sino de pura estupidez. Kierkegaard así lo creía. ¿Se dejaría llevar alguna vez el buen danés por la tentación de cerrar los ojos a lo inevitable, de abandonarse al yo, al aquí, al ahora?
Luis Alberto de Cuenca expresó genialmente esa invitación al placer, tan típicamente posmodernista:
Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana.
Córtalas a destajo, desaforadamente,
sin pararte a pensar si son malas o buenas.
Que no quede ni una. Púlele los rosales
que encuentres a tu paso y deja las espinas
para tus compañeras de colegio. Disfruta
de la luz y del oro mientras puedas y rinde
tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico
que va por los jardines instilando veneno.
Goza labios y lengua, machácate de gusto
con quien se deje y no permitas que el otoño
te pille con la piel reseca y sin un hombre
(por lo menos) comiéndote las hechuras del alma.
Y que la negra muerte te quite lo bailado.
Vale. Pero antes de morir, dejémoslo claro, ya apestamos. Bailamos, sudamos, apestamos. Y temerosos de que se apague la música, seguimos bailando, sudando, apestando. Pero para este olor no hay desodorante que valga. Ni siquiera AXE.
El corral de comedias
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Articulito para mis alumnos de literatura...
En el tercer cuarto del siglo XVI las representaciones teatrales comenzaron a realizarse en lugares fijos, conocidos como corrales de comedias. Los corrales de comedias eran espacios interiores más o menos cuadrangulares, dispuestos en el patio de una manzana de casas. Antes, no existían lugares fijos de representación, y cualquier lugar público podía convertirse en escenario improvisado. La generalización de los corrales favoreció la mercantilización del teatro: pago de entradas, empresarios que organizaban representaciones, escritores que vendían los derechos de sus obras, profesionalización de compañías teatrales...
El teatro profano -el religioso era mucho más antiguo- comenzó a hacerse común en España a finales del XV, con las compañías ambulantes italianas (commedia dell’arte). Fue Lope de Rueda el primero en formar una compañía teatral española, y en apenas cincuenta años, la fiebre del teatro ya haría furor entre los españoles de la época...
Silencio al otro lado del auricular
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La periodista y escritora Aitana Castaño firma este microrrelato. Sencillo, impecable, emocionante. Me recuerda inevitablemente a una canción de Víctor Manuel...
NO DEBERÍA HABER TELÉFONOS EN EL HOGAR DE UN MINERO
Marisa no tuvo que levantar el auricular para saber lo que le iban a decir al otro lado del hilo telefónico: eran las cuatro menos diez de la madrugada y Jaime estaba en el pozu... pero lo levantó.
-Marisa, oye mira que soy Serafín, ¿tas bien?, vete a buscar a la mi muyer, nun tes sola, ye que mira... Marisa oye dime algo...
Marisa colgó el teléfono sin decir nada, arropó a Jacobo que dormía en la cuna y comenzó a llorar. Al poco, sonó el timbre. Eran las vecinas. Ellas tampoco dijeron nada.























Verín



