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ISRAelPROFEDELENGUA

Don Quijote, árbitro.

Foto de Martín Mesa

Ángel Jiménez es tocayo... Esto es, es profesor de Lengua castellana, como el que escribe. Pero tiene una doble peculiaridad: es árbitro y es implacable con el insulto. Y no me refiero a los jugadores, ya que el propio reglamento lo prohíbe, sino a los aficionados. Al primer insulto de la grada, Ángel habla con los delegados; al segundo, con la policía; al tercero, suspende el partido. Y dice que jamás ha tenido que llegar a esto último. Un tipo que va contracorriente, un don quijote del fútbol y del respeto de la palabra. Chapeau para ti, Ángel.

Os transcribo parte del artículo del diario 20minutos de Raúl R. Vega, de hoy, 5 de octubre:

«¿Imaginas a 12.000 personas insultando a Nadal? El gamberro que insulta en el fútbol se calla en el tenis». Ángel, malagueño de 31 años, pita partidos de fútbol base desde 2006. Regresó al arbitraje convencido de poder cambiar algo: «En mis partidos de fútbol nadie insulta a nadie, no lo permito. Antes de comenzar, reúno a todos y les digo que quiero que se respeten, que jueguen con deportividad». ¿Y si no le hacen caso? «Al primer insulto que escucho en el campo o la grada, advierto a los delegados; al segundo llamo a la policía, y al tercero, suspendo el partido». ¿Cuantas veces ha llegado ese tercer aviso? «Ninguna vez». Las explicaciones de este árbitro contranatura tienen base lógica: «Parece que la costumbre tiene que ser ley, y no es así; como en el fútbol siempre se ha insultado nada tiene que cambiar, y eso es por la cultura de este deporte. ¿Imaginas a 12000 personas insultando a Rafa Nadal? El gamberro que insulta en el fútbol se calla en el tenis. Cuando el fútbol empobrece al ser humano, mal vamos...». Cuesta creer en este mundo feliz y Ángel sabe que predica en el desierto, pero está convencido: «Mis amigos me llaman loco, pero la razón está conmigo y creo que el fútbol puede cambiar en un futuro. También hace unos años las mujeres no tenían derecho a votar...».

Paradójicamente, un juez en Brasil ha dictado una sentencia contraria a la relamación de un árbitro, en base a que "en el fútbol es natural, siendo incluso parte de la cultura de nuestro pueblo, la expresión de insultos de todas las especies, involucrando hinchas, jugadores, técnicos, árbitros e incluso dirigentes. Lo que no es común es que no haya insultos en un partido" (véase El País de hoy). Pues nada, yo digo que tienes razón, Ángel, eres un ejemplo. Estoy seguro de que si a los críos pequeños, en vez de reírles los insultos y tacos que sueltan, se les diese una buena regañina, aprenderían una valiosa lección para el resto de su vida... (claro que también hay que predicar con el ejemplo, lógico...).

Instrucciones para enseñar a un niño a leer

Instrucciones para enseñar a un niño a leer

Leyendo con las manos. Foto de Inmagen, en www.flickr.com

Os transcribo este ma-ra-vi-llo-so artículo de Gustavo Martín Garzo, publicado en ABC Cultural, en Mayo de 2003. Dedicado a mi curmán Gerson, y a su hija, mi preciosa sobrinita Esther.

Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de la maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.

Por eso los adultos deben contarle cuentos y, sobre todo, leérselos. Es importante que el fututo lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos pueden vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que están ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga. Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.

¡No en mi periódico!

Excelente ejemplo de cómo debemos respetar el trabajo de la (buena) prensa y el periódico-de-cada-día, hasta las máximas consecuencias... (los principios son los principios).

El Informe PISA

El Informe PISA (Programme for International Student Assessment, en español "Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes") es una iniciativa de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) que busca analizar las competencias lectora, matemática y de conocimiento del medio (en cada prueba se introduce una cuarta área, por ejemplo, resolución de problemas) entre estudiantes de 15 años de todos los países del mundo. En otras palabras, PISA persigue conocer la capacidad de los estudiantes para entender, interpretar, resolver problemas auténticos de la realidad cotidiana. Se hacen cada tres años (2000, 2003, 2006, el próximo será el año que viene), y sus resultados son esperados por inquietud por aquellos países que, como España, suelen arrojar resultados decepcionantes, sobre todo si se comparan con países de desarrollo similar, aunque, al menos, los resultados son bastante parejos (no hay muy buenos ni muy malos), de lo que se desprende que nuestro sistema educativo es bastante equitativo (pobre consuelo). En este powerpoint tenéis esta información muy bien explicadita...

La competencia matemática se basa en la capacidad para realizar razonamientos y aplicaciones matemáticas en subáreas como espacio y forma, cambio y relaciones, cantidades, y estadística y probabilidad. La competencia lectora se basa en la capacidad de obtención de información y en la capacidad de interpretación. Donde los estudiantes españoles salen bastante malparados es precisamente aquí, mientras a duras penas mantienen el tipo en mates. Curiosidad: las chicas obtienen (mucho) mejores resultados en lectura, mientras que los chicos los obtienen mejores en matemáticas...

En un país educativamente tan descentralizado como el nuestro, es inevitable hacer el análisis por regiones. La cosa pinta bien para La Rioja, País Vasco y Castilla-León, que están por encima de la media de los países de la OCDE. ¡Y Galicia está por encima de la media española, bien! En el otro extremo, Andalucía, que suspende estrepitosamente. Aquí vemos una tabla del diario El Mundo que describe los resultados PISA 2006:

¿Las causas de este descalabro? Algunos (por ejemplo, la ministra Cabrera o ZP) lo achacan al retraso histórico de nuestro sistema educativo, balones fuera); otros, al caos total de nuestro sistema educativo: continuos cambios legislativos, diseños curriculares inapropiados, criterios inútiles de selección del profesorado...; otros van más allá y enriquecen sus críticas con abstractos lamentos sobre el materialismo y el infantilismo de la sociedad de hoy...

En fin, que ya sabemos donde mejorar: lectura, lectura, lectura. Los padres tienen aquí su cuota de responsabilidad; como decía el eslogan de una campaña de fomento de la lectura del Ministerio, "si tú lees, ellos leen". En mi modesta casa nunca hubo ningún lujo, al contrario, pero siempre hubo lugar para el Faro de Vigo, siempre hubo respeto hacia los libros, y siempre hubo tiempo y sacrificio para poner la educación de los hijos como prioridad, cosas por las que estaré agradecido eternamente a mis padres.

Pero yo también me aplico el cuento personalmente como profesor de lengua. Primero, es necesario insistir en clase mucho más en afianzar las habilidades comunicativas básicas (saber leer y escribir sobre todo) y contagiar el amor por la lectura con libros del gusto de nuestros alumnos, no del nuestro. Segundo, saber que el logro de esas habilidades comunicativas no son misión solo de una materia y de un profesor, sino del conjunto de docentes y asignaturas, y que es responsabilidad de todos. Tercero, rebelarse contra los contenidos curriculares prescritos desde la Administración que tienen mucho de teórico y poco de práctico, y que atan la labor de los docentes, especialmente -escandalosamente- en Primaria, porque ya me diréis qué utilidad puede tener para un niño saber lo qué es un morfema o una sinestesia, por ejemplo, cuando apenas logra dar con la idea central de un texto...

Para aquellos que quieran acceder a algunas pruebas de lectura liberadas de PISA, solo tienen que pinchar el enlace del pdf del Instituto de Evaluación del MEC La lectura en PISA 2000, 2003 y 2006. Marco y pruebas de la evaluación. Así los profes podéis (podemos) hacer nuestras propias estadísticas...

"La mejor escuela", por José Agustín Goytisolo


José Agustín Goytisolo (hermano de Juan y Luis, vaya trío de escritores, qué curioso) escribió este hermoso poema en Taller de arquitectura (1977). El director del CFR de Ourense lo citó en una conferencia durante un curso, en Verín, y no me he resistido a poneros estos magníficos versos. José Agustín Goytisolo (1928-1999) fue uno de los integrantes de la llamada Generación del 50 (en realidad debiera denominarse "del 55"), junto a brillantes escritores como Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Ángel González, Blas de Otero, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez o José Manuel Caballero Bonald, entre otros. Se trata de una generación semiolvidada para el español medio, eclipsada por los logros y las famas de otras generaciones anteriores, pero que constituye la primera gran hornada de autores nacidos tras la Guerra Civil, caracterizados por su mirada intimista, su lenguaje sencillo y cotidiano pero tremendamente lírico, su tratamiento de la propia experiencia, lejos de la poesía social que caracteriza la segunda parte de las producciones de Gabriel Celaya o Blas de Otero (otros fenómenos, por cierto).

Otro día os hablo más en detalle de estos (o de alguno) de estos poetas. Hoy me quedo con el hermoso consejo de Goytisolo... Podría ponerse en un póster, en la pared de cualquier instituto...

A Costa da Morte (entre el cielo y el infierno)

Si hay algún lugar en Galicia, y en toda España, capaz de albergar la esencia del realismo mágico hispanoamericano, un lugar donde la magia y la realidad, lo milagroso y lo cotidiano, cabalguen juntos, ése es la Costa da Morte. Desde Caión hasta Muros podemos encontrar pueblecillos de intenso sabor marinero, faros ubicados en cabos vertiginosos donde el mar rompe con toda su fuerza, playas salvajes y solitarias azotadas por el viento, castillos decadentes, dólmenes antiquísimos, hórreos infinitos... Y también maravillosas leyendas, y trágicas historias.

Si todavía no habéis visitado esta zona, os lo recomiendo vivamente: al menos una semana para conocerla sin prisas, saborearla a pequeños sorbos... Yo he estado por tercera vez en mi vida el pasado fin de semana, y siempre, siempre, me dan ganas de volver. Especialmente a mi lugar favorito, a ensenada do Trece, con su duna vertical, un poco más allá del cementerio de los Ingleses, con la dentada silueta del cabo Vilán justo enfrente...

Por desgracia desgraciada, la tarjeta de mi cámara se ha roto (¡arggggg!, con las fotos tan bonitas de mi sobrinica que tenía...), pero los grandes fotógrafos de flickr.com tienen imágenes estupendas...

Luis Amado Rego, foto tomada en el concello de Camariñas, entre Cabo Vilán y la Ensenada do Trece:


Evaguein, foto tomada en Punta Roncudo, Corme (concello de Ponteceso):


W. Eugene Smith: "Spanish village".

W. Eugene Smith: "Spanish village".

Portada de la revista Life (9 de abril de 1951).

La segunda edición de PHotoEspaña llega a Galicia homenajeando, entre otros, a W. Eugene Smith (1918-1978), considerado el padre del reportaje fotográfico, famoso por sus ensayos fotográficos, uno de los más importantes dedicado al pueblo extremeño de Deleitosa. El 9 de abril de 1951 se publicó en la revista Life un fotorreportaje de 17 imágenes con el título "Spanish Village: It Lives in Ancient Poverty and Fait", y con el que plasmó la vida cotidiana de los españoles del rural a principios de los años 50. Su trabajo fue permitido por el régimen de Franco con el objetivo de airear los efectos del bloqueo económico internacional; el mundo entero vio a través de esas imágenes de miseria y atraso la consecuencia natural de la dictadura franquista.

Smith labró su reputación como reportero gráfico durante la II Guerra Mundial, para las revistas Flying o Parade; vivió en portaaviones y participó incluso en el desembarco de los marines en Okinawa (1945). Pero la cámara de Smith no retrataba solo un lado de los combatientes, sino, de un modo más general y trágico, los efectos devastadores de la guerra. Después, Smith prefirió trabajos más íntimos, más humanos, pero con la misma habilidad innata de reflejar las tragedias más profundas: la labor de un médico rural, el trabajo de una partera negra en el sur de EE.UU., los efectos de la contaminación en un pueblo japonés...

Os pongo abajo, extraídas del diario hoy.es, y éste a su vez de PHotoEspaña, algunas de las imágenes del reportaje de Smith sobre Deleitosa: realismo puro, sin photoshop... Y como siempre, en expresividad, en fuerza dramática, el blanco y negro siempre gana de largo, ¿no creéis?










El alcohol perjudica seriamente... el arbitraje

Este vídeo seguro que ya lo habéis visto, no creo que haya canal de televisión del mundo que no lo haya emitido... En él un árbitro de fútbol bielorruso, Sergei Shmolik para más señas, exhibe ante jugadores y espectadores una solemne cogorza. Se ve que en el descanso el tipo se pasó con el vodka. Como no se tenía en pie, el trencilla trató de fingir una lesión de espalda, pero está claro que no se trataba de una lumbalgia... Se pueden escuchar perfectamente los jaleos y risas del público, que ya veía como el señor Shmolik se limitaba a pasear descoordinadamente por el círculo central, gesticulando de manera extraña y soplando su silbato sin coherencia alguna.

La cosa sucedió curiosamente en Bielorrusia, y digo lo de "curiosamente" porque es un país que llevo en el corazón, pues pasé tres años de mi vida allí. La gente puede resultar en algunos casos algo fría y desconfiada, pero enseguida te abre las puertas de su casa y de su corazón, y ahí ves su enorme sencillez, pureza, amabilidad. También gusta el fútbol, cómo no, pero el arte del balompié no es tan popular como el arte del vodka. Recuerdo como una tarde después de un concierto de música clásica, todo cultura y sensibilidad artística, el director de orquesta se reunió con los profesores de la facultad de español, y de su maletín sacó con toda la naturalidad del mundo... una botella de vodka. El vodka, servido solo, acompañado de unos canapés de salchichón o de lo que se tercie, forma parte de cualquier celebración en la vida social bielorrusa; de hecho, rechazar una invitación casi es un insulto... Se trata de un elemento tradicional de socialización: el propio brindis es un tema muy, muy serio. Alguien se levanta con el vaso en alto, brindando por el reencuentro... todos beben al unísono. Un poco más tarde, otro se levanta, vaso en alto, brindando por la amistad, por el futuro... todos beben al unísono. Un tercero se levanta aún, para brindar por el amor... todos beben al unísono. Nunca se debe beber solo: quizá esa es la diferencia entre el desgraciado alcohólico de rostro amarillento por la cirrosis que vagabundea por las calles y el bebedor social. No sé a qué grupo pertenecería este árbitro... pero está claro que el alcohol no es un buen acompañante cuando tienes que arbitrar un partido de fútbol, o hacer cualquier cosa que requiera tus cinco sentidos en plena forma...

Por cierto, la Federación bielorrusa ha suspendido indefinidamente al árbitro. Y es que, para bien o para mal, todo lo que hacemos tiene consecuencias...

Charlie Cole: El hombre de la plaza Tian'anmen ante los tanques del Ejército


El 13 de mayo de 1989, la plaza de Tian’anmen (‘Plaza de la Puerta de la Paz Celestial’, la más grande del mundo), se convirtió en el escenario de una de las protestas antigubernamentales más multitudinarias de la historia. Los manifestantes, en su mayoría estudiantes, reclamaban una apertura del régimen comunista; numerosos grupos de obreros secundaron la protesta a causa de la corrupción política y la escalada de precios. El 4 de junio, después de que centenares de estudiantes hubiesen incluso iniciado una huelga de hambre, el Gobierno envió el ejército para suprimir las protestas; la Plaza fue abandonada, pero en las calles aledañas se libró una auténtica guerra campal en la que, según fuentes no oficiales, murieron 2500 personas (las fuentes gubernamentales hablaron de 400 muertos). El 5 de junio el fotógrafo norteamericano Charlie Cole, enviado especial de Newsweek, tomó con un teleobjetivo desde la octava planta del hotel Beijing (a unos 800 metros) la imagen de hoy, en la que un hombre anónimo se sitúa solo, en pie, ante una columna de tanques. La fotografía, premio World Press Photo 1989, dio la vuelta al mundo y el Tank men, “el hombre del tanque”, se convirtió en el icono de la lucha democrática contra la represión. La imagen es sencilla, pero impactante, por la contraposición de los dos sujetos principales: el hombre y la columna de tanques. El enmarque sin horizonte (solo aparece la calle) y la sucesión de líneas diagonales que “llenan” la fotografía favorecen la plasticidad de la imagen.

Casi 20 años después, el tema de Tian’anmen es todavía tabú en los círculos políticos chinos, y numerosas voces autorizadas siguen acusando al gobierno de ese país de no respetar derechos humanos fundamentales.

A continuación podéis leer traducido al castellano el espeluznante relato de Charlie Cole de los hechos para la BBC:

"En mayo de 1989 fui enviado por la revista Newsweek a Beijing para cubrir como fotógrafo las protestas diarias de estudiantes, que cada vez eran mayores. Dos de los fotógrafos de la revista, Peter Turnley y Andy Hernández ya llevaban algún tiempo allí. Unos pocos días después de mi llegada, las protestas parecían haber tocado techo. Las concentraciones y la actividad habían declinado tanto que muchos de los fotógrafos y escritores empezaron a retornar a sus respectivas bases en la región asiática. Newsweek me dijo que me quedara.

En la tarde del 3 de junio, después de un día de tensos enfrentamientos entre el Ejército de Liberación del Pueblo y los manifestantes, el ejército empezó a rodear el centro de la ciudad y eventualmente empezó a colocar tanques y vehículos blindados de transporte de tropas en el corazón de la Plaza de Tian’anmen. En el fondo de la plaza, justo enfrente de la Ciudad Prohibida, uno de estos vehículos se separó de su columna, y en su intento por salir de la zona de manifestación, atropelló a varias personas. Esto, a su vez, provocó que la gente se volviera más violenta. Inutilizaron el vehículo, sacaron a la tripulación, los mataron, y quemaron el carro. Todo se hizo a la vista de varios pelotones del ejército a unos 150 metros en el borde de la plaza. De pie, al lado del vehículo en llamas, miré la final de la avenida y en el brillo naranja de las luces de la plaza pude ver como el ejército aseguraba y cargaba sus AK-47.

Miré alrededor buscando cobertura, pero no había ninguna -las únicas zonas que ofrecían alguna protección estaban detrás en la avenida Changan cerca del Hotel Beijing. Justo en el momento en que alcancé unos árboles en la avenida, los soldados abrieron fuego contra la muchedumbre en el fondo de la plaza. El pánico se apoderó de todos mientras la gente era alcanzada.

Estaba demasiado oscuro y era muy difícil sacar fotos; usar el flash evidentemente no era una buena opción. Miré alrededor y decidí que la única fotografía posible tenía que tomarse desde el tejado de un edificio alto, con una amplia perspectiva de la plaza. Entré en el Hotel Beijing, pero al entrar, fui placado por miembros de la policía secreta china. Uno de los agentes me golpeó en el costado con una porra eléctrica. Otros me dieron puñetazos y patadas. Me arrancaron el chaleco de fotógrafo y me quitaron todos los rollos que había utilizado esa tarde-noche. Iban a quedarse las cámaras pero les convencí de que eran inútiles sin película, así que me las devolvieron y les dije que me iba a mi habitación. La secreta no había encontrado tres rollos sin usar en uno de los bolsillos interiores del chaleco.

Mientras corría por el vestíbulo del hotel, choqué con mi amigo Stuart Franklin, un fotógrafo de Magnum contratado por Time magazine. Stuart tenía una habitación en el hotel, en la planta octava, y desde el balcón teníamos una buena vista de lo que estaba sucediendo. En esos momentos había bastantes disparos de armas automáticas y podía ver a gente corriendo con rickshaws [los carritos típicos chinos] trasladando a los heridos para llevarlos al hospital. Conté 64 heridos o muertos en un corto periodo de tiempo y entonces dejé de contar. Stuart y yo intentamos sacar fotos con la luz natural de la calle pero dio muy poco resultado. Entre las cuatro y cinco de la mañana, columnas de tanques entraron en la plaza aplastando en su camino arbustos, bicicletas y cuerpos. Cuando empezó a salir el sol, pudimos ver las tropas armadas en la plaza escoltadas por miles de soldados del ejército.

Al día siguiente, 5 de junio, Stuart y yo nos encontrábamos otra vez en el balcón. Mientras la mañana avanzaba, cientos de soldados se alineaban en los extremos de la plaza y se escondían tras las barricadas. Sus fusiles apuntaban a los estudiantes. En casi todos los tejados, incluyendo el nuestro, podíamos ver agentes de la secreta con prismáticos y radios intentando controlar la zona.

Al mediodía, oímos arrancar a los vehículos de transporte de tropas, que empezaban a salir de la plaza. Para despejar la avenida Chang’an, algunos de los soldados con ametralladora abrieron fuego sobre la gente, que huyó otra vez presa del pánico. Donde antes había cientos de personas, ahora solo quedaban bicicletas abandonadas y autobuses quemados. Poco después, una columna de unos 25 tanques empezó a bajar por la misma avenida. Stuart y yo estábamos hombro con hombro, disparando las cámaras mientras avanzaban los tanques. De repente en la acera, vimos a un hombre joven, con una chaqueta en una mano y una bolsa de la compra en la otra, ponerse en el camino de los tanques en un intento de detenerlos.

Era una cosa increíble, especialmente tras haber visto a los soldados despejar la calle con metralletas. No me lo podía creer, y seguí disparando anticipándome a lo que creía que sería su final. Para mi sorpresa, el primer tanque se detuvo, e intentó avanzar evitando al joven. Pero este se volvió a interponer una y otra vez, subiéndose incluso al tanque. Finalmente la policía secreta lo cogió y se lo llevaron. Stuart y yo nos miramos con el asombro de no acabar de creer lo que acabábamos de ver y fotografiar.

Más tarde, Stuart se fue a la Universidad de Beijing; yo me quedé para ver si pasaba algo más. Poco después de irse él, agentes de la policía secreta irrumpieron en la habitación. Cuatro agentes me agarraron mientras otros cogían mis cámaras. Arrancaron los rollos de mis cámaras y me confiscaron el pasaporte. Después me obligaron a escribir una declaración de que había estado sacando fotos durante un periodo de Ley Marcial, prohibición que yo desconocía y que conllevaba una larga sentencia de prisión. Después pusieron un guardia en la puerta. Había escondido el rollo de las fotos en su contenedor de plástico y lo había sumergido en la cisterna del baño. Cuando se fueron, lo recuperé y conseguí llegar a AP (Asociated Press) para revelarlo y transmitirlo a Newsweek en Nueva York. Otros tres fotógrafos tienen fotografías desde distintos ángulos.

Varias agencias y revistas han intentado descubrir la identidad del hombre y lo que hicieron con él. He visto a varias fuentes llamarle Wang Wei Lin, pero no es seguro. Personalmente creo que el gobierno lo ejecutó. Habría ido en interés del gobierno mostrarlo vivo para acallar las protestas del resto del mundo. Pero nunca pudieron. En aquellos tiempos la gente era ejecutada por mucho menos que lo que hizo él. Pienso que su acto cautivó los corazones de la gente en todo el mundo, y cuando llegó el momento su carácter definió el momento en vez de dejar que el momento lo definiese a él. Él compuso la imagen, yo solo saqué la foto. Fue un honor estar allí."

Stephen Morton: Nueva Orleans tras el "Katrina"

"Una sola fotografía nos puede hacer reír o llorar, nos hace mirar hacia adentro o pregunta al mundo que nos rodea". Bajo este lema, Stephen Morton lleva más de 25 años tras el objetivo de su cámara, captando la realidad norteamericana de forma tan veraz como perspicaz y creativa. Sus fotografías aparecen en las páginas de prestigiosas publicaciones como The New York Times, The Washington Post, Sports Illustrated, Time, Newsweek, The Chicago Tribune...

La fotografía de hoy fue tomada a principios de septiembre del año 2005 en Luisiana, tras el paso del huracán Katrina. La composición es tan espeluznante como perfecta: el bosque de postes de electricidad ocupa la mitad superior de la imagen; el agua del que emerge ese bosque, la mitad inferior. Y en primer plano, unas señales de tráfico evidentemente inútiles que no hacen sino reforzar la sensación de dramatismo.

La magnitud de la catástrofe se desprende fácilmente de lo que vemos: el Katrina dejó a su paso 1836 muertos y 705 desaparecidos. Los efectos del huracán fueron especialmente graves en Nueva Orleans, situada bajo el nivel del mar, en la orilla del río Mississippi: los diques de contención del lago Pontchartrain no aguantaron y el 85% de la ciudad resultó totalmente inundada.Tres años después, la ciudad todavía no se ha recuperado, y ha perdido más de la mitad de su población.

Santiago Calatrava (aprovechando el GP de F1 de Valencia)

El fin de semana pasado tres amigos cumplimos una vieja ilusión: ver en vivo un gran premio de Fórmula 1. La celebración en Valencia del Gran Premio de Europa era la ocasión perfecta, así que, mil kilómetros de coche y al “gran circo”. La experiencia fue tremenda (a pesar de la frustración por el abandono de Alonso, jo), aunque, la verdad, escuchamos más que vimos y tuvimos que soportar cierta desorganización, quizá los inconvenientes normales de un evento que se organiza por primera vez, y que se organiza además en las tripas de una gran ciudad.

De Valencia lo que más me impresionó fue nuestro paseo nocturno por la Ciudad de las Artes y las Ciencias, “el mayor complejo lúdico-cultural de Europa”, como rezan los folletos turísticos, obra del arquitecto valenciano Santiago Calatrava, que sí ha sido profeta en su tierra. Forma el magnífico conjunto el Palau de las Artes Reina Sofía (una cabeza de alien creo yo), el Hemisfèric (con forma de ojo), el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe (quizá el cuerpo de un reptil prehistórico), el Umbracle (una estructura de arcos semejantes a hojas de palmera), el Oceanografic (enorme, 40 millones de litros nada menos). Realmente pareciera que un gran animal de las profundidades marinas acabase de salir a superficie. Impresionante.

Santiago Calatrava es uno de los arquitectos más reconocidos internacionalmente, y muchas obras suyas son contempladas en ciudades de todo el mundo. Las principales singularidades de Calatrava son su preferencia por el color blanco (que transmite pureza y sencillez) y sus diseños basados en elementos de la naturaleza. Todas sus obras –en hormigón y acero sobre todo- están caracterizadas por su dinamismo, por la sensación de movimiento, por su armonía estética. Entre todos sus diseños, la Ciudad de las Artes y las Ciencias es sin duda el de más repercusión. También su proyecto para el futuro World Trade Center de Nueva York, el nuevo puente de Venecia, la Turning Torso de Malmö... Claro que no todos sus trabajos cuentan con el favor popular, pero sin duda ninguno provoca indiferencia. Eso es el arte por definición…

El coste de estos proyectos arquitectónicos de vanguardia es el mayor problema; por ello, y sobre todo cuando se pagan con dinero público, muchos de esos proyectos generan tremendas polémicas o terminan directamente en la papelera (pensemos en la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela, por ejemplo). Pero, ¿pueden medirse estas obras de arte en términos de rentabilidad? ¿Podría medirse en términos de rentabilidad la catedral de Burgos, por ejemplo? ¿Qué sería de Florencia sin el mecenazgo de los Medici?

El Estado se ha convertido en el principal mecenas de los arquitectos del momento, pero es evidente que el Estado ha de buscar una rentabilidad social –incluso antes que económica- en sus inversiones. En el caso de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, esa rentabilidad parece garantizada, ya que se ha convertido en la seña de identidad de la Valencia del siglo XXI. Según dice el Govern de la Generalitat y el amigo Ecclestone, el Street Circuit Valencia no lo será menos, aunque los sufridos vecinos digan lo contrario.

Las fotos de mi intenso fin de semana las tenéis aquí.

¿Cómo se sintió usted al enterarse de que su hermano iba en el avión siniestrado de Spanair?

"Tú es que eres gilipollas, ¿no? No te jode, como me iba a sentir, ¿no te lo imaginas, so memo?"

Bien. Es un diálogo inventado, pero bien podría ser cierto. De hecho, la pregunta del ¿periodista? es casi textual. Lamentable. La zafiedad, la insensibilidad, el despropósito del periodismo más mezquino, más amarillo, deseoso de hurgar en las heridas, de rescatar el morbo, de preguntar lo obvio, de adjetivar gratuitamente, de relatar los detalles más repugnantes... venía siendo una constante en los medios de comunicación en los últimos años, pero definitivamente este subperiodismo degradante ha quedado patente con la bochornosa cobertura mediática del accidente del avión de Spanair en Barajas. ¿Dónde han quedado los cronistas serios, rigurosos? Ahora solo quedan "comunicadores", payasos en busca del paraíso del share y el prime time.

De verdad que a veces lo pienso: somos un país asqueroso.

"Hablamos fatal", por J. A. Xesteira

"Hablamos fatal", por J. A. Xesteira

Reproduzco íntegro el artículo de J. A. Xesteira para el Diario de Pontevedra (28 de agosto de 2008). Una reflexión interesante sobre el periodismo que nos "ataca"...

HABLAMOS FATAL

Y escribimos igual. Me refiero a los periodistas en general y a nadie en particular. Lo grave es que lo que se habla y escribe en los Medios es el máximo común divisor de lo que se habla en la calle. En las tribunas parlamentarias, en los debates radiofónicos, y unos y otros, los Medios y el personal muncipal, espeso y semoviente, interactúan, se contagian, se prestan las palabras absurdas, las frases deslavazadas, las malas traducciones de neologismos, anglicismos, principalmente, y todo se vuelve una jerigonza pobre y rastrera. No sé de quien es la culpa, si de las facultades que mantienen un nivel de “todos juntos, que nadie destaque, que es peor” o la propia sociedad, que ha colocado en la escala de valores a la cultura, al saber, a la gramática y la ortografía, muy por debajo de otros supuestos valores más competitivos y enriquecedores. De siempre cualquier patán fue capaz de hacer millones con sólo garabatear su firma; no se pide más para poder hacer dinero. El mundo de la cultura nunca cotizó en el mercado de valores. Pero el nivel que asoma por las pantallas de televisión y en más de un titular de primera página (por cierto, los periódicos no tienen portada, como suelen decir los habladores de televisión, sino primera página) es de alarma roja. Veo la tele, y entre anuncios que me recomiendan un “Riddel Splash” para matar cucarachas con impulsos digitales (una posible estafa televisiva) y un “Schlinder Shaper” o algo así, para realzar el busto, asisto estupefacto a las conexiones en directo a las que son tan aficionados los informativos de un tiempo acá; parece que la persona que está en la redacción no tiene datos para contar, por lo cual mandan a un enviado para que lo cuente desde la plaza del pueblo del asesino o la puerta de los juzgados de una capital de provincia. Y ahí, en directo, sin haberlo escrito previamente, el o la enviado/a especial se hacen un lío en sus partes y no dan pie con bola, cuentan cuatro tópicos, cinco lugares comunes y se pierden en una explicación que no nos aclara nada. El pasado accidente aéreo, que todos los Medios han convertido en un circo siniestro, fue la piedra de toque para mostrar una evidencia: no saben hablar, no saben contar, que es la condición básica para ser un periodista en directo. Cuando los supuestos enviados (casi todas enviadas) tienen que improvisar, se dicen cosas como que los familiares de las víctimas estaban indignados, pero después de hablar con un técnico de la compañía ya quedaron “contentos”, o que esos mismos familiares, por lo menos pudieron disfrutar de los triunfos olímpicos. La pobreza periódistica con que fue tratada la noticia del siniestro, además de gastar todo el surtido de adjetivos (una vieja norma periodística decía que lo evidente no necesita adjetivos) y, por supuesto, el calificativo de “espectáculo dantesco” (¡pobre Dante, todos lo citan sin haberlo leído para saber de que va ese espectáculo!) demostró que algo está fallando en el periodismo, y está fallando desde hace mucho tiempo. Se hicieron entrevistas a personajes tangenciales, a un bombero que pasaba por allí, a un enfermero al que preguntaban si los del Samur habían recibido asistencia psicológica (sólo faltó preguntarle a los psicólogos si ellos también habían tenido asistencia psicológica) y una serie de preguntas retóricas, absurdas, redundantes, sin objetivo claro, con un lenguaje perdido en la necesidad de llenar un tiempo de información en el que no había nada dentro. Y lo que se expresa mal de palabra se lleva al papel de la misma manera; hagan la prueba. Hace un par de días, en un diario que no voy a nombrar pero es de alcance nacional, leía que mil y pico de policías “se dedican a la violencia machista”. Así, no es de extrañar, con tanto uniformado “dedicado” a machacar a las mujeres, es milagro que no haya más víctimas. La gramática elemental se cotiza ya muy cara en este país. Un viejo colega de periódico solía regañar a los becarios, que por aquel entonces se llamaban “de prácticas” porque habían descubierto los dos puntos y las comillas, y dentro de eso metían cualquier frase de cualquier rueda de prensa (otro mal invento del periodismo actual); decía él a los chavales que las tonterías que dicen los concejales, los futbolistas, los empresarios, los artistas, no son artículo de fe gramatical y lo textual no tiene nada que ver con el periodismo. “Acabarán escribiendo como concejales de tercera o como boxeadores sonados, todo por las putas comillas”. Puede que tuviera razón, pero es lo que hay y hay que darle la vuelta a lo que es, porque, de otro modo dentro de poco hablaremos poco y mal y escribiremos mucho (mensaje) y peor. A veces basta con aplicar las leyes, sobre todo las comerciales que regulan los productos en su publicidad; ya es raro que un producto esté escrito totalmente en español, un desodorante es un “natural protect”, una crema, una “soft lotion”, hasta el Banco de Santander tiene un “open bank” y una marca de ron vende mojitos en un idioma que se supone que es inglés. Todo viene en “pack” cuando realmente viene en un paquete, y las películas de estreno ya ni se traducen sus títulos, ni falta que hace. Mientras, los políticos encontraron el filón de hacer un nuevo frente bélico sobre la guerra de las lenguas autonómicas y el castellano triunfante. Se equivocan como la paloma de Alberti, que por ir al Norte, fue al Sur. El problema no es una lucha de lenguas, sino que las que hay las manejan sin el más mínimo rigor ni rubor, comenzando por los propios políticos, que lo único que esperan es ver sus tonterías metidas entre comillas en la primera página de un periódico o en su imagen en televisión, rodeada su cara de micrófonos.

"Máis libros, máis libres"

"Máis libros, máis libres"

"No inspiration, no future". Campaña de fomento de la lectura de la librería checa Shakespeare And Sons. Ilustración de Petr Herold, Sattons.

Campañas de fomento de la lectura. Hay maneras y maneras de gastar el dinero del contribuyente, y ésta es sin duda una muy, muy buena (no como la pasta gansa gastada por el Consejo Superior de Deportes en una pista de hierba que recrea las condiciones en las que jugarán en Pekín, tiene tela, leed el artículo de El País si no os lo creéis) . "Máis libros, máis libres" es el lema de la campaña de fomento de la lectura de la Consellería. Que tenga éxito, que buena falta hace. En el contexto de esta campaña, y según nos cuenta Inés Gómez (Faro de Vigo, 13 de agosto de 2008), por la playa de Samil rodó una "bibliocicleta" a disposición de los bañistas, con cuentacuentos incluido. Ojalá sirva para "coger el vicio"... Por mi parte, ojalá perdamos en hockey en las Olimpiadas... qué queréis que os diga...

PS: Vale, vale, que ganen los chicos de hockey hierba, pero un poquito de sentidiño, por favor...

Chequia y Austria Oriental

Chequia y Austria Oriental

Marioneta típica. Praga.

Cuarenta años después de la Primavera de Praga1, mientras los recuerdos de mi viaje por la República Checa están frescos todavía, aprovecharé para plasmarlos en las páginas de este blog (que cada vez está más lejos de sus orígenes educativos para convertirse en un blog personal, aunque... ¿quién dirá que el viaje no es cultura, no es educación?). No lo hago solo por vosotros, para que descubráis este maravilloso país, sino también por mí, para atrapar para siempre todas las sensaciones de las que me he impregnado...

Pero tranquilos, este no es el típico "cuaderno de viaje", solo unas imágenes adornadas de unas cuantas palabras (o al revés)... Pero, ¡por favor! Viajad sin peso, si acaso solamente escuchad el rumor del Moldava, el río de Bohemia, tal y como lo sintió Bedřich Smetana, el gran compositor checo...

Desde las alturas, Chequia es un lienzo jaspeado donde sobresalen claramente el verde de sus bosques y el oro de sus campos de cereal. El avión nos despacha en la terminal del aeropuerto de Praga, el autobús 119 nos vomita en la estación de metro de Dejvická: nadie a mi alrededor parece darse cuenta de este siniestro descenso a los infiernos. Pero, como en la delirante Quinta da Regaleira, en Sintra, se trata en realidad de un renacimiento, de la resurrección a una vida mejor, porque, mientras la luz del día vuelve a abrazarnos suavemente en la ulice Kaprova, apenas sin darnos cuenta nos hallamos en el centro de la Staroměstské náměstí, una de las plazas más bellas de Europa, un lugar de cuento de hadas que nos devuelve a nuestras ensoñaciones infantiles de dragones, castillos, caballeros y princesas. La frescura de la Krušovice de 12 grados no nos ayuda a despertar de este sueño, pero paulatinamente tratamos de captar cada detalle: un caballo blanco echando la lengua fuera, una fachada pariendo una campana, un esqueleto tocando las horas... Un escenario ahora casi surrealista, desde el que, bien empapado, me dirijo a mi alojamiento, un modesto apartamento en ulice Týnska.

Segundo día en Praga, la perla de Bohemia. El esqueleto toca para mí su fúnebre hora, y, como sin voluntad, me dejo arrastrar maquinalmente por la corriente humana que me lleva por la ulice Karlova. Me sacude la belleza gótica de la torre que se levanta frente a mí. Subo perdiendo el aliento en cada uno de los 138 peldaños que me elevan al cielo de Praga. A mis pies, como miniaturas, las estatuas del Karlův most, el puente de Carlos. El río Moldava las ignora, soberbio y elegante, y se desliza entre los arcos camino al noroeste, camino al océano. A mi izquierda, Hradčany, donde el Castillo y la catedral de San Vito gobiernan majestuosos el horizonte, por donde se pondrá el sol; a mi derecha, las alturas aguijoneadas de Staré Město. Caminaremos hacia el hrad, admiraremos la catedral, pasearemos por los jardines del Senado, volveremos junto al río. De cerca, el Moldava es más Vltava, no parece tan vanidoso ni distante, me guiña un ojo, me invita a acariciar sus riberas. Las dos torres que las flanquean están serias. Yo me siento, cierro los ojos... Al fondo, en Nové Mesto, más allá de las fantasías del Museo de arte contemporáneo y del fantasma de Don Giovanni del Teatro Nacional, la Tančící dům, la Casa-que-Danza, mueve sensualmente sus caderas como una bailarina oriental, al son de las suaves ondas...

Tercer día. En la Námĕstí Republiky, la negra mole de la Torre de la pólvora se funde en paradójica armonía con el color pastel, los vidrios de colores y el hierro forjado de la Obecní dům, la Casa Consistorial. A partir de aquí, se suceden en vertiginoso carrusel las maravillosas fachadas art nouveau, tirabuzones rubios deslizándose en cascada hasta la Plaza Wenceslao. La escalinata del Museo Nacional todavía llora la historia de Jan Palach, triste epitafio de la Primavera de Praga. Un violinista callejero, un cambista sin escrúpulos, una estatua de un caballo muerto, una farola cubista, una marioneta de mirada siniestra, un huevo de pascua… todo cabe en la ciudad de Kafka. Por la tarde, Josefov se abre como una flor delicada para mostrarnos la Vieja sinagoga y el remolino de tumbas del Cementerio judío. Por la noche, lo que se abre es el telón del Ta Fantastika: Alicia se hace mayor, y abandona para siempre el País de las Maravillas. Nosotros también abandonamos la magia de Praga. Espero que no para siempre.

Cuarto día. Atravesamos mil campos listos para la siega, y de repente, un paisaje boscoso, un profundo valle, de repente Karlovy Vary. Álamos presumidos, los edificios modernistas fin de siècle se alinean en las riberas del río, ofreciendo un mosaico de exquisitos colores y diseños. Todo es por el agua, que hierve en las entrañas de la tierra. Cien fuentes jalonan nuestro paseo hacia la cabeza del valle.

Ahora la carretera serpentea, entre bosques y praderas, hacia el este… cada kilómetro es un minuto menos de luz. Pero Česky Krumlov alumbra por sí misma. El Moldava reaparece, más tierno y juguetón, encerrando el pueblo en un fabuloso meandro. En la noche resplandece imponente la roca del castillo, ya no sé qué es roca y qué castillo, con su torre, maquillada como una joven preparada para salir. El conjunto nocturno es grandioso. Se oyen risas a lo lejos.

A la mañana siguiente llueve. Adiós, Moldava, Vltava…

Quinto día. La primera imagen de Austria es un campo de girasoles. Después, Mauthausen. Los barracones de madera del Kamp son un pálido recuerdo de la tragedia vivida hace poco más de 60 años. Un niño corretea entre ellos, ajeno al significado del alambre de espino y las torres de vigilancia, las lápidas y las flores… El Danubio es testigo mudo. Seguimos su curso, aunque nos intimida su anchura. La desmesura de la abadía de Melk da paso al amable paisaje de la Wachau, colmada de viñedos, coronada de castillos. Enfilamos Viena. Desde la ventana de nuestro apartamento en Ortliebgasse se ve un enorme panel publicitario.

Sexto día. En unas paradas de tranvía estamos en el centro, un par de calles más, Michaelerplatz, el Hofburg. Las trompetas atruenan, el águila extiende sus alas, los carruajes traquetean sobre los adoquines. Estamos en el centro del Imperio, la cuna de los Habsburgo. Un patio tras otro, todo es enorme, colosal, formidable. El águila nos sobrevuela hasta la Stephansdom, la gótica catedral de San Esteban; se detiene en su tejado, nos mira de reojo. Devoro un Wienerschnitzel, un escalope vienés: es gigantesco, apenas cabe en el plato. Seguimos nuestra caminata, el sol nos castiga; el Burggarten aparece ante nosotros como un oasis. Tumbado en la hierba, con los pies metidos en el agua, siento que he empequeñecido. El Danubio también: pasa por Viena triste, cabizbajo, como a quien el que debiera ser el amor de su vida rechaza sin contemplaciones. En el Rathaus centenares de sillas instaladas ante una pantalla gigante esperan a los espectadores de algún concierto.

Séptimo día. Las pisadas de Sissi nos conducen al Schloss Schonbrunn, que se levanta elegante, amarillo pastel, al sur de Viena. Una pareja de novios de rasgos orientales se hacen fotografías al pie de las escaleras. Confundidos por la mezcla de historia, mito y ficción hollywoodiense, recorremos las fastuosas estancias palaciegas. Tras las recargadas salas, los delicados jardines relajan la vista. Al fondo, la Glorieta ondea como una bandera. Por la tarde, el maravilloso Musikverein abre sus puertas para nosotros: las armonías de Mozart nos seducen. Despedimos la noche en un café, con el dulce sabor del apple struddle, servido por un amable camarero bosnio que chapurrea español. Águila e imperio, cisne y vals, Viena, como la mujer de Lot, es una estatua de sal que mira hacia el pasado.

Octavo día. Tras nuestra infidelidad austríaca, Chequia nos recibe tímidamente en Znojmo, Moravia, sin ostentaciones, como una novia desconfiada tras una decepción amorosa. Pero después, en Telc, nos perdona, nos abraza, nos besa. Bajo el amparo de los soportales, refrescados por la penúltima cerveza, contemplamos el maravilloso conjunto de casitas multicolores, renacentistas y barrocas, apoyadas unas en otras como temblorosas ancianitas en una excursión dominical. Después Trebic nos muestra su desconocido Barrio judío, tan auténtico y encantador como maltrecho y desconocido; en el cementerio las lápidas se desparraman por la ladera. Brno es la parada final. No hay tiempo sino para un breve paseo y una opípara cena. Ahora sí es la última cerveza. Nuestra amable anfitriona de la pensión Pohoda nos regala sonrisas infinitas.


Noveno día. Apenas nos hemos ido y ya siento nostalgia...

1. Interesante el reportaje de Informe Semanal aparecido esta semana sobre la Primavera de Praga. Un tanto simplista quizá, pero interesante.

Número 2 de LaGaZetaDeTerZero

Número 2 de LaGaZetaDeTerZero

Por fin tenéis la edición digital completa correspondiente al número 2 de LaGaZetaDeTerZero, nuestro experimento periodístico del Castro de Baronceli. Para los románticos, todavía quedan algunos ejemplares en papel de los 500 que salieron a la luz a finales del mes de abril. Con estos dos números, el curso 2007/2008 quedará para los anales de la historia del periodismo... ¿Será el 2008/2009 el año de la consagración definitiva de nuestra (vuestra) GaZeta?

"El secreto de los finlandeses", por Carlos manuel Sánchez

"El secreto de los finlandeses", por Carlos manuel Sánchez

Hace unas semanas mi santa esposa me pasó unas copias de un reportaje de Carlos Manuel Sánchez para la revista XLSemanal, pensando que podría resultarme interesante su lectura. Creo que a vosotros puede interesaros también; para que no caiga en el olvido e invite a la reflexión, aquí lo tenéis.

EL SECRETO DE LOS FINLANDESES

24 horas con uno de los jóvenes de 15 años que triunfa en Pisa

¿Por qué lo habitual en Finlandia es que un adolescente normalito termine Secundaria con notas excelentes, hablando un perfecto inglés y leyendo un libro a la semana, y aquí muy pocos consiguan algo remotamente parecido? Hemos viajado al país mejor clasificado por el informe Pisa para averiguarlo.

Les presento a Saili Sipilä. Tiene 15 años. Vive con sus padres y sus dos hermanos en Espoo, una ciudad de 360.000 habitantes a las afueras de Helsinki. He volado 4.000 kilómetros para conocerlo. ¿Por qué? Por dos razones: porque soy periodista y porque tengo un hijo de la misma edad. Como periodista, quiero saber por qué Saili, un adolescente normalito de Finlandia terminará la Secundaria con excelentes notas, hablando inglés a la perfección y leyendo un libro por semana. Lo típico para un finlandés. Como padre, quiero saber si es inevitable que mi hijo, Manuel, un adolescente normalito, acabe sus estudios obligatorios aprobando por los pelos, chapurreando cuatro palabras en inglés y sin el menor interés por la lectura. Lo típico para un español. ¿Hubiera sido diferente si hubiera nacido en Finlandia? ¿Qué comparaciones entre la educación finlandesa y la española puedo hacer como periodista? ¿Qué lecciones puedo aprender como padre?

Repaso en el avión los resultados calentitos del último informe Pisa, un examen trianual que mide las capacidades de los alumnos de 15 años de 57 países en ciencias, matemáticas y lectura. Participaron 375.000 estudiantes. En España, casi 20.000 alumnos de Secundaria de 686 coles e institutos. Veamos las notas. Ciencias: Finlandia, 1ª, 563 puntos. España, 31ª, 488 puntos. Si el aprobado lo marca la media de los países de la OCDE (491 puntos), ya tenemos el primer suspenso. Matemáticas: Finlandia, 2ª, 548 puntos, a sólo uno de China Taipei. España, 31ª, 480, a cuatro de la media de los países desarrollados. Segundo insuficiente. Lectura: Finlandia, 2ª (547), por detrás de Corea del Sur. España, 35ª (461), protagoniza además el peor descenso en comprensión lectora de los países de la OCDE (485) desde el último informe. Nuestros hijos no entienden lo que leen. A la cuarta línea de cualquier texto se pierden. Muy deficiente.

Tres cates en las tres asignaturas básicas. ¿Qué hacemos? ¿Castigamos de cara a la pared a los alumnos, a los padres, a los profesores, a las autoridades, a todos? Alemania cosechó unas calabazas semejantes hace tres años y la conmoción fue tan mayúscula que los políticos se pusieron las pilas y este año sus estudiantes han aprobado con nota. Aquí, el Gobierno culpa a Franco (la precaria educación de los padres dificulta la de los hijos). Además, la fiesta va por barrios, léase por comunidades autónomas. Los riojanos pueden sacar pecho: están en el grupito de cabeza. Los andaluces deberían ir pensando en las recuperaciones: en mates les gana hasta Azerbaiyán.

Taxi hasta Espoo. Son las siete de la mañana y todavía no ha amanecido. Ni lo hará. No veré el sol durante mi estancia en Finlandia. Cielos cubiertos y noche cerrada a las tres de la tarde. En esta época del año es un país en penumbra y con sus 5,3 millones de habitantes obsesionados en encender cirios, velas y lamparitas. Limosnas de luz. Llego a casa de los Sipilä a tiempo para ser invitado al desayuno familiar. No es lo habitual, porque cada uno suele tomar un bocado por su cuenta, pero ayer (6 de diciembre) fue el Día de la Independencia y la ocasión lo merece. Me sorprende que Saili no tenga puente, pues el festivo cae en jueves. Mi hijo enlazó cuatro días de vacaciones gracias al viaducto de la Constitución. En Finlandia, si una escuela hace puente (los centros tienen autonomía para toman estas decisiones), antes obliga a sus alumnos a salir algo más tarde cada día hasta completar las clases que se hubieran perdido.

Me descalzo, dejo los zapatos en el recibidor y converso con los Sipilä en calcetines mientras damos cuenta del café, los panecillos, el zumo de bayas y el queso lapón con mermelada. Seppo, el padre, es teólogo y se gana la vida traduciendo la Biblia. Domina una docena de idiomas, entre ellos arameo, copto y árabe clásico. Leena, la madre, es enfermera y trabaja en un hospital. Mikael, el hermano mayor, tiene 18 años y quiere estudiar Arte Dramático en la universidad, pero reconoce que las posibilidades de pasar el corte a la primera son escasas. Joel, el menor, de 12 años, es discapacitado psíquico y acude a un colegio de educación especial. La vivienda familiar es un dúplex de clase media en el centro urbano de Espoo. Lo de ‘urbano’ hay que matizarlo. Un bosque de abetos limita con la casa. «Nos mudamos aquí hace año y medio. El aire es muy puro». Espoo es la segunda ciudad de Finlandia en habitantes y la de mayor porcentaje de población universitaria en un país donde el 34 por ciento de los adultos tiene estudios superiores. «No hay apenas delincuencia. Nuestros hijos pueden pasear de noche con tranquilidad», explica el padre. Y Saili apostilla en un inglés prístino: «Finlandia es segura. Ni sunamis, ni terremotos… Me gusta vivir aquí». Yo les explico que me crié en la calle. Y eso es algo que se ha perdido en España, por los menos en las grandes ciudades. Que los niños puedan jugar al aire libre sin vigilancia.

Las ocho menos cuarto. Hora de ponerse los zapatos y salir camino de las respectivas ocupaciones. Saili coge el bus urbano (no hay autobuses escolares). El billete lo subvenciona el municipio. Por ley, ningún alumno puede vivir a más de cinco kilómetros de la escuela. Podría ir caminando, un paseo de veinte minutos, pero llovizna aguanieve y no le apetece. Saili tiene moto y bicicleta, como la mayoría de sus compis, pero sólo unos pocos desafían al frío en esta época. En el exterior, las instalaciones de la escuela Saarnilaakson dan una impresión espartana, excepto por el césped de los campos de deporte que la circundan. En la entrada no se ve a decenas de estudiantes apurando el primer pitillo de la mañana, como en los institutos españoles. Ni una colilla ni una hoja ni una pintada. «Aquí no se ensucia ni la nieve», me dice el fotógrafo.

En el interior, la limpieza resalta aún más. No hay garabatos en los pupitres ni en los aseos. Todo parece recién estrenado. Saarnilaakson es una escuela pública, como el 97 por ciento de los centros finlandeses, a diferencia de España, donde el 35 por ciento son privados. Por supuesto, es gratuita. Pero el equipamiento es el de un colegio caro en nuestro país. Las aulas disponen de un televisor con pantalla gigante de plasma, acuario de 200 litros con pececitos de colores, cocina con fregadero, medios audiovisuales, aire acondicionado, muchas plantas. Hay un ordenador por cada dos alumnos. Una docena de máquinas de coser en la clase de costura, aparatos de soldar, herramientas de carpintería, esquíes… Un gimnasio cubierto, un auditorio para las clases de teatro y un comedor con autoservicio. Todo en perfecto estado de revista. Los libros de texto son gratis (¡cómo duelen los 200 euros que tengo que desembolsar cada septiembre!), el material escolar es gratis, la comida es gratis. No parece demasiado apetitosa y los estudiantes reniegan, pero la comen. Al Ayuntamiento le cuesta 65 céntimos cada menú: un plato caliente, leche y fruta. Tanta generosidad me pone los dientes largos. Y cuando Kari Kajalainen, profesor de matemáticas, me explica que si un niño quiere estudiar, puede llegar a ser médico o juez o ingeniero, lo que se proponga, si se esfuerza, aunque su familia sea pobre, pongo cara de incredulidad. «La educación de cada finlandés le cuesta 200.000 euros al Estado, desde que entra en la guardería hasta que sale de la universidad con su título. Es el dinero mejor empleado de nuestros impuestos. La presidenta del país, Tarja Halonen, se licenció en Derecho y proviene de una humilde familia de clase obrera. «Cuando regaño a mis alumnos, les digo que están malgastando el dinero de los contribuyentes». Y otra profesora, Päivi Ketola, me cuenta que los universitarios sólo han de pagar los libros y la comida (2.50 euros en la cafetería de la facultad). El Estado los ayuda a emanciparse con subvenciones para alquilar una vivienda y una paga. Todo el sistema está montado para que los finlandeses se acostumbren a ser autónomos desde bien pequeñitos y se vayan a vivir por su cuenta a los 18 años.

Pero volvamos con Saili, que ha sonado el timbre (las notas de una balada al piano de Erik Satie) y entra en clase. Cursa 9º grado, el equivalente de 4º de la ESO en España. En la escuela de Saarnilaakson hay 400 alumnos y 40 profesores, médico, asistente social, psicólogo y hasta dentista. Y la ratio es de menos de veinte estudiantes por aula (en Finlandia, por ley, no puede haber más de 24). En la clase de mi hijo hay 34. Los compañeros de Saili son formalitos, por lo menos a primera vista. Y es que en el ideario del colegio, además de en la civilización europea y el multiculturalismo (hay clases de historia del islam o del catolicismo, aunque la población es mayoritariamente luterana), se hace un hincapié obsesivo en los buenos modales. Me asombra el respeto reverencial que le tienen a los profesores. «Sí, nos sentimos respetados y valorados por la sociedad. Ser maestro es una profesión de prestigio a la que solo aspiran los mejores. Y no basta con ser muy bueno en tu materia. Debes destacar también a la hora de saber transmitir tus conocimientos. Pero el respeto de los alumnos te lo ganas día a día. En 20 segundos lo puedes perder», explica Mati Karkkainen, docente de ciencias, en la sala de profesores, muy acogedora: un piano, una bandeja con bombones, cafeteras humeantes. Los maestros tienen un buen sueldo en comparación con los españoles, aunque algunos se quejan. Rocío no, desde luego. Esta madrileña imparte clases de español. «Cobro 1.800 euros por 15 horas semanales. El sistema no incentiva que trabajes más. Prefieren repartir el trabajo para que no haya paro. ¿Cómo? Aumentando mucho los impuestos a los que ganan más. A mí sólo me retienen el 10 por ciento. Pero a un médico que gane 5.000 euros le retienen la mitad. Además, tienes derecho a paro toda la vida. Tendría que pensármelo mucho para volver a España».

Ojo, a los niños finlandeses no les gusta el cole. Saili, que saca sobresalientes sin despeinarse, lo considera «demasiado fácil». Sus compañeros, menos brillantes, reconocen que hay que trabajar demasiado. Y Päivi Junkkari, profesora de inglés, recuerda su adolescencia como una etapa ingrata, de mucho sacrificio. «Los alumnos no vienen al colegio a pasárselo bomba. Es un trabajo. Pero saben que todos tienen las mismas oportunidades. Da igual a la escuela que vayan, en el centro de Helsinki o en un pueblo del Ártico. Todas tienen el mismo nivel». Kari Kajainen asiente. «Nos centramos en que la mayoría de los alumnos sean muy competentes. Que el nivel medio sea alto. No es una educación elitista. Preferimos que todos saquen aprobados y notables; que haya alumnos de matrícula no es una prioridad. Y, sobre todo, cuando vemos que alguno tiene problemas, le asignamos enseguida un profesor de apoyo. Tiene clases extra. Estamos muy pendientes y no dejamos que se retrase.»

Los deberes son sagrados. Y está muy mal visto que alguien copie, incluso por los mismos alumnos. Que alguien saque una chuleta es impensable. «En nuestra cultura son muy importantes dos valores: la honradez y el trabajo», comenta Päivi Junkkari. No es casualidad que Finlandia también encabece las estadísticas de transparencia y menos corrupción pública. Kari Kajainen apunta otra peculiaridad nórdica. No hay repetidores. Le digo que en España el 43 por ciento de los alumnos de Secundaria ha repetido curso alguna vez. Y que mi hijo, que siempre se salva al final, tiene incontables oportunidades para aprobar cada asignatura y, aun así, suelen quedarle un par para septiembre. Kajainen pone cara de asombro. «Aquí sólo tienes una oportunidad para aprobar un examen por la misma razón que la vida sólo se vive una vez. Y hay que aprovecharla. Si no apruebas, te quedas una hora más en clase hasta que demuestres que te lo sabes y si no, estudias en verano, pero la promoción es automática».

¿Dónde aprietan más las tuercas? «Sin duda, en la enseñanza de la lengua materna. Somos los primeros del mundo en ciencias y los segundos en matemáticas, pero el mayor reto de enseñar matemáticas es conseguir que los alumnos comprendan lo que leen, el enunciado de los problemas. Por eso lo fundamental es que lean. Y también es muy importante la enseñanza de lenguas extranjeras. El finés es una lengua minoritaria. Los alumnos también estudian sueco e inglés obligatoriamente. Y alemán, francés o italiano como optativas. Pero tienen una gran ventaja. Las películas y series de televisión extranjeras no están dobladas. Todas se pasan con subtítulos. Los niños se acostumbran desde pequeños a escuchar otros idiomas y, además, adquieren destreza lectora. Hay que leer rápido los subtítulos para no perder el hilo del programa», apunta Tuija Yrjö-Koskinen, profesora de inglés. Envidio la fluidez con la que todos hablan el idioma de Shakespeare en la clase de Sailu. E incluso chapurrean algunas palabras de español porque Los Serrano es la serie de moda.

La jornada de Saili es intensiva, de 8 de la mañana a 3 de la tarde. Pero las clases son muy breves: 45 minutos mal contados. Hay un recreo obligatorio al aire libre (los adolescentes se apretujan en la entrada porque en el patio hace frío) y una pausa de media hora para comer. Todo el horario está salpicado de breves descansos que hacen llevadero el día. Terminan frescos. No se los abruma con una montaña de materias. Las carteras son livianas. Se estimula el razonamiento crítico antes que la memorización. Hay clases distendidas, como baile de salón, teatro, arte digital, peluquería, artes marciales, hockey sobre hielo, esquí de travesía, ¡cocina! (Saili y su hermano Mikael aprendieron a cocinar en el colegio y preparan la cena en casa cuando les toca). También primeros auxilios, carpintería, soldadura o música. Los alumnos tocan el violín, la guitarra eléctrica u otros instrumentos, según sus preferencias. Y, sobre todo, se estimula el pensamiento crítico. Se invita a discutir. El sistema español margina el debate y la expresión oral. El alumno toma apuntes pasivamente, bosteza.

Saili vuelve a casa, juega un rato al hockey y hace los deberes. «Tardo de una a dos horas. Luego cuido de mi hermano Joel o cocino si no hay nadie más en casa. A las siete hemos cenado. Me conecto un rato al Messenger si mi padre no está trabajando en el ordenador. O juego a videojuegos de rol y de estrategia. Luego, me acuesto y me quedo leyendo hasta las once. Mis libros preferidos son las novelas de Julio Verne y todos los de Harry Potter. El último lo voy a leer en inglés».

Finlandia presume del mayor índice de lectura de libros y prensa de Europa. Tres veces por semana la familia toma la sauna en casa. «Lo hacemos juntos. Es el lugar donde se comentan las preocupaciones y los proyectos, donde se planean las vacaciones. Siempre buscando el sol. Hemos ido a Madeira, París y Túnez», explica Leena, su madre. Saili todavía no tiene claro qué quiere ser de mayor. «Químico, veterinario o diseñador de videojuegos.» Le pregunto si es feliz. Y me responde sin pestañear que sí.

Carlos Manuel Sánchez, en XLSemanal, 23 de diciembre de 2007.

"La muerte del funcionario", de Chejov

"La muerte del funcionario", de Chejov

Caricatura de Chejov. El País, 20 de junio de 2004.

Uno de los lugares más bellos de Moscú no está dentro de los límites de la impresionante Kráshnaya Plóschad (’Plaza Roja’, aunque el significado antiguo de Kráshnaya era ’bonita’). Se halla un poco más al sur, río abajo: me refiero al Monasterio y el Cementerio de Novodévichy, un hermoso remanso de paz lejos del bullicio del tráfico del centro. Aquí descansan los restos de uno de los grandes autores rusos: Antón Pávlovich Chejov (1860-1904). Comenzó a escribir relatos humorísticos y caricaturescos bajo el pseudónimo de Chejonté mientras estudiaba la carrera de Medicina, para ganarse unos rublos con los que ir tirando y ayudar un poco a su familia. Casi sin quererlo, Chejov se convirtió en un afamado escritor, especializándose definitivamente en el relato breve y el teatro, con obras maestras entre las que destacan Tio Vania, El jardín de los cerezos o La gaviota. Sus dotes de observación, su facilidad para encontrar las silenciosas tragedias de los personajes de la escena social rusa pre-soviética, la reducción al absurdo de comportamientos y situaciones... son sus credenciales literarias más importantes.

Algunos comentarios muy acertados sobre los personajes chejovianos:

Rubén Salazar Mallén: "La sordidez, la mezquindad y el egoísmo dominan con harta frecuencia a los personajes de sus relatos, y como estos personajes están caracterizados tan diestramente, con tanto arte, la obra de Chejov parece, en su conjunto, una gran galería con retratos de seres en que un escondido miedo de vivir, o el dolor y la miseria han provocado lamentables deformaciones."

Rubén A. Arribas: "El lector lo que ve son personajes en movimiento que hacen su vida cotidiana, y tarde o temprano se da cuenta de que tanta normalidad es sólo apariencia; detrás de esa vida normal hay un despelote tremendo que emerge desde un segundo plano y que no se sabe en qué terminará (bueno, con Chéjov con algún suicidio, casi seguro)."

Héctor Lévy-Daniel: "Todos y cada uno de los personajes padecen una situación de descentramiento: debido a sus errores ninguno encuentra su lugar, y esto genera en cada uno un sentimiento de profunda insatisfacción, explícita o velada. Los personajes de Chejov nunca pueden tener exacto conocimiento (ni siquiera aproximado) de la situación por la que están atravesando. Todos los personajes revelan un enorme desconocimiento de la realidad en la que están sumergidos y una incapacidad para enfrentar los problemas que las circunstancias les imponen. Por esta razón sus expectativas pocas veces se cumplen, o nunca."

Bueno, pues aquí tenemos uno de los famosos cuentos de Chejov, escrito con 23 años; aquí el protagonista es un funcionario demasiado escrupuloso, demasiado celoso de su trabajo, demasiado obsesionado por la "buena educación", demasiado paranoico por el "qué dirán"... Seguro que os gusta.

Una hermosa noche, el no menos hermoso funcionario1 Iván Dmítrievitch Cherviakóv se hallaba en la segunda fila de butacas y veía a través de los gemelos Las Campanas de Corneville2. Miraba y se sentía en la cresta de la felicidad. Pero, de repente... -en los cuentos ocurre muy a menudo el «de pronto»; los autores tienen razón: ¡la vida está llena de imprevistos!-, de repente su cara se arrugó, sus ojos se contrajeron, su respiración se detuvo... Apartó los gemelos de los ojos, bajó la cabeza y... ¡achís!, estornudó. Estornudar no se le prohíbe a nadie en ningún lugar. Los aldeanos, los jefes de Policía, los consejeros de Estado estornudan a veces. Todos estornudan.

Cherviakóv no se inmutó, secó su cara con el pañuelo y, como persona amable que era, miró a su alrededor: "¿no habría molestado a alguien?". Pero entonces no tuvo más remedio que turbarse. Vio que el viejecito que estaba sentado en la primera fila, delante de él, se limpiaba afanosamente la calva y el cuello con su guante y murmuraba algo. En aquel viejecito, Cherviakóv reconoció al general Brizhálov, que servía en el Ministerio de Comunicaciones.

"Probablemente le he salpicado", pensó Cherviakóv; "no es mi jefe, es un extraño, pero de todos modos es embarazoso... Hay que disculparse".

Cherviakóv tosió, inclinó el tronco hacia adelante y susurró en la oreja del consejero:

-Dispénseme, su excelencia, le he salpicado... Fue involuntariamente...

-No es nada... no es nada...

-¡Por amor de Dios! Dispénseme. No pretendía...

-¡Siéntese, por favor! ¡Déjeme escuchar!

Cherviakóv, avergonzado, sonrió estúpidamente y fijó su mirada en la escena. Miraba; pero no sentía ya la misma felicidad: lo empezó a torturar la inquietud. En el entreacto se acercó a Brizhálov, se paseó un ratito al lado suyo y, por fin, dominando su timidez, farfulló:

-Excelencia, le he salpicado... Hágame el favor de perdonarme... Fue involuntariamente.

-¡Basta! ¡Lo había olvidado, y usted siempre vuelve a lo mismo! -dijo el general, y movió el labio inferior con impaciencia.

"Lo ha olvidado, pero en sus ojos se lee la molestia -pensó Cherviakóv mirando al general con suspicacia-. No quiere ni hablarme... Habría que explicarle que fue involuntariamente..., que es la ley de la Naturaleza; si no, pensará que lo hice a propósito, que quería escupirle. ¡Y si no lo piensa ahora, lo puede pensar algún día!..."

Al volver a casa, Cherviakóv le contó a su mujer su descortesía. Pero le pareció que su esposa se tomó el suceso con demasiada ligereza; desde luego, se asustó, pero cuando supo que Brizhálov no era su «jefe», se calmó.

-Lo mejor es que vayas a presentarle tus excusas; si no, puede pensar que no sabes comportarte en público.

-¡Precisamente! Yo le pedí perdón; pero lo tomó de un modo tan extraño... No dijo ni una palabra razonable... En realidad, no hubo tiempo para conversar.

Al día siguiente, Cherviakóv se puso su uniforme nuevo, se cortó el pelo y se fue a casa de Brizhálov a explicarse. Al entrar en el recibidor, vio muchos solicitantes y al propio consejero que personalmente los recibía en audiencia. Después de haber interrogado a varios de los solicitantes, se acercó a Cherviakóv.

-Ayer, en La Arcadia, si recuerda Su Excelencia -así empezó su relación el funcionario- yo estornudé y le salpiqué involuntariamente. Dispen...

-¡Qué sandez!... ¡Esto es increíble!... ¿Qué desea usted?-. El general se volvió hacia la persona siguiente.

"¡No quiere hablarme! -pensó Cherviakóv palideciendo-. Es señal de que está enfadado... Esto no puede quedar así... Tengo que explicarle..."

Cuando el general acabó su recepción y pasó a su gabinete, Cherviakóv se adelantó otra vez y balbuceó:

-¡Excelencia! Si me atrevo a molestar otra vez a Su Excelencia, crea usted que me guío por un sentimiento de arrepiento infinito... ¡No lo hice a propósito, entiéndame!

El general torció el gesto y con impaciencia añadió:

-¡Me parece que usted se burla de mí, señor mío!- Y con estas palabras desapareció detrás de la puerta.

"Burlarme yo? -pensó Cherviakóv, completamente aturdido-. ¿Dónde está la burla? ¡Un general, y no lo comprende aún! Si lo toma así, no pediré más excusas a este fanfarrón. ¡Que el demonio se lo lleve! Le escribiré una carta, pero no vendré más! ¡Por Dios que no iré!"

A tales reflexiones se entregaba tornando a su casa. Pero, a pesar de su decisión, no le escribió carta alguna al general. Por más que lo pensaba, no lograba redactarla a su satisfacción, y al día siguiente, consideró que tenía que ir personalmente de nuevo a darle explicaciones.

-Ayer vine a molestarle a Su Excelencia -balbuceó mientras el general dirigía hacia él una mirada inquisitiva-; ayer vine, no en son de burla, como lo quiso Su Excelencia suponer. Me excusé porque al estornudar, le salpiqué... Pero no fue una burla, créame... Y, además, ¿qué derecho tendría yo a burlarme de Su Excelencia? Si nos vamos a burlar todos, los unos de los otros, no habrá ningún respeto a las personas de consideración... No habrá...

-¡¡Fuera de aquí!! -gritó de pronto el general, azulado y trémulo.

-¿Qué? -murmuró Cherviakóv pasmado de horror.

-¡¡Fuera de aquí!! -repitió el general, pataleando de ira.

En el estómago de Cherviakóv algo se estremeció3. Sin ver nada, sin entender nada, retrocedió hasta la puerta, salió a la calle y arrastró los pies de vuelta a su casa... Al llegar, maquinalmente, sin quitarse el uniforme, se acostó en el diván y... murió.

1 Literalmente ejecutor (palabra anticuada), funcionario que se encargaba de asuntos financieros y ejercía funciones policíacas en la oficina pública, en la Rusia zarista.
2 Las campanas de Corneville, opereta de Robert Planquette.
3 “¡El estómago del ejecutor lo digiere todo: come papel, come plumas, come tinta y come arena!” (de una parodia anónima de la época).


Título original: Smert chinovnika, publicado por primera vez en la revista Oskolki, 1883, Nº 27.

"La intrusa", de Pedro Orgambide

Tiempos de crisis... tiempos de "regulaciones de empleo"... El texto cuya lectura os propongo hoy tiene una clara vocación social, como veréis, pero literariamente es sin duda intachable: la estructura (mono)dialogal en el contexto de un juicio, la narración del protagonista que va avanzando desde el pasado al presente, el suspense en torno a la identidad de "Ella"... El microcuento, titulado "La intrusa", está firmado por el argentino Pedro Orgambide (1929-2003), que empezó trabajando como jornalero y se convirtió en periodista, escritor, guionista, bailarín de tango, cretivo publicitario... Aquí tenéis una muestra de la prosa de este hombre tan inquieto y polifacético.

 

Ella tuvo la culpa, señor Juez. Hasta entonces, hasta el día que llegó, nadie se quejó de mi conducta. Puedo decirlo con la frente bien alta. Yo era el primero en llegar a la oficina y el último en irme. Mi escritorio era el más limpio de todos. Jamás me olvidé de cubrir la máquina de calcular, por ejemplo, o de planchar con mis propias manos el papel carbónico. El año pasado, sin ir muy lejos, recibí una medalla del mismo gerente.

En cuanto a ésa, me pareció sospechosa desde el primer momento. Vino con tantas ínfulas a la oficina. Además ¡qué exageración! recibirla con un discurso, como si fuera una princesa. Yo seguí trabajando como si nada pasara. Los otros se deshacían en elogios. Alguno deslumbrado, se atrevía a rozarla con la mano. ¿Cree usted que yo me inmuté por eso, Señor Juez? No. Tengo mis principios y no los voy a cambiar de un día para el otro.

Pero hay cosas que colman la medida. La intrusa, poco a poco, me fue invadiendo. Comencé a perder el apetito. Mi mujer me compró un tónico, pero sin resultado. ¡Si hasta se me caía el pelo, señor, y soñaba con ella! Todo lo soporté, todo. Menos lo de ayer. "González -me dijo el Gerente- lamento decirle que la empresa ha decidido prescindir de sus servicios". Veinte años, Señor Juez, veinte años tirados a la basura.

Supe que ella fue con la alcahuetería. Y yo, que nunca dije una mala palabra, la insulté. Sí, confieso que la insulté, señor Juez, y que le pegué con todas mis fuerzas. Fui yo quien le dio con el fierro. Le gritaba y estaba como loco. Ella tuvo la culpa. Arruinó mi carrera, la vida de un hombre honrado, señor. Me perdí por una extranjera, por una miserable computadora, por un pedazo de lata, como quien dice.

Discurso de Steve Jobs en Stanford

Yo ya me había despedido de vosotros, ya os había deseado suerte, pero me resisto a dejaros ir sin que, al menos, escuchéis el discurso que Steve Jobs, uno de los más exitosos empresarios del mundo de la industria informática y del entretenimiento, presidente de Apple Inc. y Pixar Animation, dirigió a los recién graduados de la Universidad de Stanford el 12 de junio de 2005. De verdad que merece la pena.

Un abrazo.