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ISRAelPROFEDELENGUA

"Nochebuena de 1836", de Mariano José de Larra

"Nochebuena de 1836", de Mariano José de Larra

Nació en medio de una guerra. Su familia se exilió, acusada de traición. Regresó para convertirse en el más famoso periodista de su país. Se enamoró de una mujer que más tarde resultaría ser la amante de su padre. Vivió un matrimonio infeliz. Fue elegido diputado pero nunca ejerció como político. Tuvo un fracasado romance adúltero. Se suicidó a los 28 años. Su entierro estuvo rodeado de polémica. No, no es ningún personaje de ficción de una telenovela, son partes sobresalientes del periplo vital de Mariano José de Larra (1809-1837), uno de los más grandes escritores españoles de la historia.

Como en el caso de Garcilaso de la Vega (¿38? años) o Gustavo Adolfo Bécquer (34 años), nadie sabe cuál hubiese sido la trascendencia de su herencia literaria si hubiese vivido una vida más larga. Fue poeta, novelista (El doncel de Don Enrique el Valiente) y dramaturgo (Macías), pero destacó como periodista y articulista, muchas veces escondido bajo el seudónimo de "Fígaro". Sus artículos, ácidos unas veces, satíricos otras, reflejan una personalidad sensible y pesimista. Apasionado, idealista, incapaz de soportar la mediocridad de sus semejantes, no pudo -como buen romántico- resistir la abismal lejanía entre lo que deseaba y lo que en realidad vivía. El estilo claro y sencillo, a la vez que rico y vigoroso, de su prosa, constituye un hito histórico de las letras españolas, un ejemplo a seguir para las siguientes generaciones de prosistas en lengua castellana.

Entre sus artículos merecen especial atención Vuelva usted mañana, El castellano viejo, El casarse pronto y mal, Un reo de muerte, El día de difuntos de 1836, En este país, La educación de entonces... Todos son brillantes, todos tratan problemáticas que en muchos casos los hace -curiosamente- muy actuales. He escogido solo unos párrafos de Nochebuena de 1836, aprovechando que estamos en fechas navideñas, donde critica lo irreflexivo e hipócrita de las celebraciones navideñas...

¿Qué es un aniversario? Acaso un error de fecha. Si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario? Pero al pueblo le han dicho: «Hoy es un aniversario», y el pueblo ha respondido: «Pues si es un aniversario, comamos, y comamos doble». ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó hambre u hoy pasará indigestión. Miserable humanidad, destinada siempre a quedarse más acá o ir más allá.

Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el Redentor del mundo; nació el que no reconoce principio y el que no reconoce el fin: nació para morir. ¡Sublime misterio! ¿Hay misterio que celebrar’? “Pues coma­mos”, dice el hombre; no dice: “Reflexione­mos.” El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡Argumento terrible en favor del alma.

Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza tan indispensablemente como es preciso pasar por el dolor para ir desde la cuna al sepulcro. Montones de comestibles acumulados, risa y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría. No pudo menos de ocurrirme la idea de Bilbao: figuróseme ver de pronto que se alzaba por entre las montañas de víveres una frente altísima y extenuada; una mano seca y roída llevaba a una boca cárdena, y negra de morder cartuchos, un manojo de laurel sangriento. Y aquella boca no hablaba. Pero el rostro entero se dirigía a los bulliciosos liberales de Madrid, que traficaban. Era horrible el contraste de la fisonomía escuálida y de los rostros alegres. Era la reconvención y la culpa, aquélla agria y severa, ésta indiferente y descarada.

Todos aquellos víveres han sido aquí traídos de distintas provincias para la colación cristiana de una capital. En una cena de ayuno se come una ciudad a las demás.

¡Las cinco! Hora del teatro: el telón se levanta a la vista de un pueblo palpitante y bullicioso. Dos comedias de circunstancias, o yo estoy loco. Una representación en que los hombres son mujeres y las mujeres hombres. He aquí nuestra época y nuestras costumbres. Los hombres ya no saben sino hablar como las mujeres, en congresos y en corrillos. Y las mujeres son hombres, ellas son las únicas que conquistan. Segunda comedia: un novio que no ve el logro de su esperanza; ese novio es el pueblo español: no se casa con un solo Gobierno con quien no tenga que reñir al día siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.

Pero las orgías llaman a los ciudadanos. Ciérranse las puertas, ábrense las cocinas. Dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a merced de mis pensamientos. La luz que ilumina los banquetes viene a herir mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras se abre paso hasta mis sentidos y entra en ellos como cuña a mano, rompiendo y desbaratando. 

Mariano José de Larra, "Nochebuena de 1836". Artículo publicado en "El redactor general" el 26 de diciembre de 1836. 

Un puente y una novela de Julio Verne

Un puente y una novela de Julio Verne

Ciento veinticinco años de historia contemplan el puente que une Tui con Valença do Minho. No sin cierta nostalgia recuerdo la época en la que pasábamos el control de aduanas, cargado el viejo Ford de mi padre hasta los topes, siempre con la inquietud de que los guardias fronterizos nos hiciesen pagar algún impuesto...

Las anécdotas son infinitas, pero especialmente recuerdo una vez que fui con mi hermana hasta Portugal. Yo, como no tenía consentimiento paterno, no pude pasar, y mi hermana me dejó durante horas en un oscuro café con la única compañía de una coca-cola y un libro de Julio Verne: Cinco semanas en globo. Leí la novela de un tirón. Y es que no era difícil engancharse a la lectura: un intrépido viajero, un invento genial, un territorio inexplorado. Con los ojos de hoy, esa novela es una historia de argumento predecible, con personajes bastante planos. Con los ojos de ayer, Cinco semanas en globo fue una invitación al descubrimiento, a la aventura. Ese día sentí que más allá de la otra ribera del Miño, mucho más allá, había un mundo de ilimitadas posibilidades que merecía la pena explorar. Sí. Para cuando mi hermana regresó de Valença y vino a buscarme, yo ya había cruzado un puente...

Verín bajo un manto de nieve...

Hoy disfrutamos como enanos de la nieve... ¿Qué tendrá, la nieve, que saca al niño que llevamos dentro?

Nieve en la terraza

Terraza de casa. Vigo. Enero de 1987.

Siendo yo niño, nevó una vez en Vigo. Fue una nevada solitaria, frágil y delicada, que a las pocas horas desapareció sin dejar rastro. Subí a la terraza con mi hermana, nos lanzamos bolas de nieve, aspiramos el delicioso aroma de felicidad de esa fría mañana.  Esa experiencia de mi infancia me vino a la memoria hoy -cuando todos los tejados de Verín han amanecido nevados- con "Nieve en la terraza", un poema de Enzia Verduchi, poetisa mexicana de origen italiano. Y me emocionó la melancólica dulzura de la evocación de su perdido paraíso infantil...

Dicen que conocí la nieve en una terraza,
pero jamás la he tocado,
su blandura o su dureza desconozco.
En cambio recuerdo esa terraza
por un pino enorme en una maceta,
por mis padres bailando Lady day en voz de Sinatra,
por la felicidad que ofrecía mirar hacia todos lados.
No, yo no conozco la nieve,
aunque me muestren una fotografía y casi me convenzan.
Sólo sé que cuando nos despedimos de ese espacio
-propio para la sobremesa en el verano-
comprendimos que éramos de ningún lado.

Escuchad el poema aquí.

Extremadura entre el Tajo y el Guadiana

Extremadura entre el Tajo y el Guadiana

Homer arqueólogo. Mérida.

Estos últimos días "constitucionales" los dedicamos a recorrer una zona tan bella como poco frecuentada en los circuitos turísticos: la meseta extremeña entre el Tajo y el Guadiana. Los kilómetros recorridos bien merecieron la pena, y no solo por sus monumentos milenarios, como los de Mérida, donde levantas una losa y te sale una piedra romana, monasterios como el de Guadalupe, o conjuntos históricos como el de Cáceres o Trujillo, sino porque me reencontré con un viejo amigo extremeño con el que compartí aquellos lejanos meses cuando vivía en Oporto... [Acho, tío!!!] Ahí va un sintético reportaje fotográfico:

DÍA 1. Llegada a La Alberca. La lluvia y el frío serrano nos reciben, pero no hay nada con lo que no pueda un buen vino y unos morros rebozados... Mmmmm... Exquisita cena en un restaurante de la plaza...

DÍA 2. La autovía atraviesa las dehesas extremeñas. Pasamos el Tajo, y poco después, ya estamos disfrutando del espectacular casco histórico de Cáceres. Perdiéndonos a través de estrechas callejuelas, bajo arcos almenados, de una iglesia a otra, de un blasón a otro... retrocedemos en el tiempo. Compramos torta de Casar y licor de bellota, que sin manjares en las alforjas el camino se hace más cuesta arriba...

Tras el refrigerio de rigor, comemos ya en nuestra casa rural, en Alcuéscar. Después, nos espera Mérida. Preguntamos por el teatro a algún transeúnte, que con sus "Uhhhhhhhhhhh..." nos hacen pensar que estamos a cientos de kilómetros de nuestra ruta... Nos liamos un poco, nos reímos un bastante, nos metemos en la Alcazaba: cuatro euros por unas piedras amontonadas y unas vistas (fantásticas, eso sí) del puente sobre el Guadiana... Por fin el teatro y anfiteatro romanos. La noche ha caído y la visita a los dos monumentos resulta un regalo para los ojos (a las chicas también les gusta el guía...).

Jose, nuestro contacto, nos pone al tanto de las costumbres locales mientras nos tomamos unas cañas.

El día ha sido largo, pero cunde; eso sí, no hay cama sin partida de póker. Quien escribe, pierde...

DÍA 3. Amanece encapotado en Alcuéscar. Solo alguna ancianita desafía las inclemencias del tiempo...

Guadalupe se arremolina alrededor de su espectacular conjunto monacal. Es soberbio por fuera y por dentro, con su claustro, su sacristía, sus museos... La Virgen de Guadalupe despierta pasiones...

Llegamos a Trujillo justo para comer. En el restaurante "La Troya" nos zampamos unas migas y una cazuela de cordero que saben a gloria, todo regadito con un amoscatelado vino típico. Llega el momento de recorrer esta maravilla medievo-renacentista, patria de conquistadores...

 

En la casa rural compartimos viandas con nuestros vecinos...caracenses, carriacenses, arriacenses, alcarreños... de Guadalajara, vamos, que asan unas castañas sobre las brasas de la chimenea. La noche se cierra con una nueva timba de póker: quien escribe, pierde.

DÍA 4. Regresamos a casa, no sin antes comer unas tapitas en Salamanca: por supuesto, jeta en "La viga"...

Peor que la gripe A...

"He murmurado contra una persona, he dicho cosas terribles contra él que no eran ciertas" -la mujer se mostraba tremendamente apesadumbrada. Su pastor la miraba serio. "¿Qué puedo hacer?". Su pastor le pidió que lo fuese a ver al día siguiente, pero que, de paso, comprase en el mercado una gallina, y que le fuese sacando las plumas y que las echase al camino. Extrañada, la mujer accedió. Regresó a ver al pastor. "¿Y ahora qué?". "Vuelve a casa, y recoge en un cesto las plumas que has ido tirando". "¡Pero eso es imposible; quizá podré recoger algunas, pero el viento habrá llevado la mayoría por todas partes!". El pastor asintió. "Así es. Del mismo modo, el viento ha esparcido tus murmuraciones por todas partes; el daño que le has causado a esa persona nunca podrá ser completamente reparado".

Ayer 2 de diciembre nos enteramos de que la niña tinerfeña muerta hace unos días no fue asesinada por su padrastro, su presunto maltratador, sino que simplemente -trágicamente- tuvo una caída fatal cuando jugaba en un columpio. Los servicios sanitarios canarios sospecharon que se trataba de malos tratos, de modo que fue activado el protocolo oficial para estos casos: el padrastro fue detenido y a los medios de comunicación les faltó tiempo para dar imágenes de su detención y propagar a los cuatro vientos su maldad. Pero la autopsia demostró lo que nadie (aparentemente) quería creer: el padrastro (curiosa la connotación negativa de este término) era inocente...

¿Cómo se justifica la crucifixión pública de este hombre, la ausencia de presunción de inocencia? ¿Cómo resarcirle? Pretende ahora llevar a los tribunales a todos aquellos que han contribuido a su linchamiento mediático. ¿Cómo no entenderle? Evitará un juicio formal, pero no el "algo habrá hecho", la tumba social que, entre todos, le hemos cavado. Los medios de comunicación deben reflexionar seriamente, porque su influencia (como mass media que son) en la sociedad es tremenda. Se multiplican las grandes portadas que se dirigen al sentimiento en lugar de a la razón. En busca del titular de impacto, los medios abandonan la objetividad flirteando peligrosamente con un sensacionalismo canallesco que puede acabar pudriendo  sin remedio -por apocalíptico que suene- los cimientos de nuestra sociedad. Pero no son solo los medios, es que somos todos. Babeantes, impacientes como espectadores de circo romano, devoramos nuestras víctimas antes incluso de que salgan a la arena. El sensacionalismo sí que es una pandemia, y no la gripe A.

PS. Añado al artículo un vídeo ilustrativo que Juanjo me ha enseñado. Poco más hay que decir.

"No somos el ombligo del mundo", por Ángel Valle

"No somos el ombligo del mundo", por Ángel Valle

Ángel Valle escribe en La Razón un interesante artículo de opinión sobre la necesidad de autocrítica del periodismo actual...

NO SOMOS EL OMBLIGO DEL MUNDO

La irrupción de las nuevas tecnologías y la revolución que su aplicación al mundo de la comunicación ha supuesto han abierto un debate en el mundo del periodismo que ha ocupado, y todavía lo hace, buena parte de los esfuerzos y el tiempo de los profesionales del sector. Sin embargo, y pese a que este nuevo panorama que se nos abre está cambiando la profesión desde sus cimientos, dicho debate se ha centrado casi siempre en aspectos más de forma que de fondo. Es decir, la revolución tecnológica afecta, fundamentalmente, a los soportes; ahora, además de la Prensa, la radio y la televisión, podemos estar informados también a través del ordenador o del móvil. Sin embargo, aún queda pendiente un debate mucho más importante, que afecta directamente al espíritu de la profesión y que no es otro que saber quiénes somos, qué espera la sociedad de nosotros, cuál es nuestra función en el nuevo orden y, en definitiva, qué significa, hoy en día, ser periodista y hacia dónde vamos. Y para ello, lo primero que hace falta es humildad, algo que, desde luego, brilla por su ausencia en buena parte de nuestra profesión -al igual que en muchas otras, todo hay que decirlo-. Humildad para hacer autocrítica; humildad para entender que no somos intocables ni infalibles; humildad para huir del mesianismo; humildad para evitar el corporativismo absurdo; humildad para aceptar que nos equivocamos y para pedir perdón sin necesidad de sentencias judiciales; humildad para reconocer que sólo somos meras correas de trasmisión entre la información y la gente; humildad, en definitiva, para darnos cuenta de que somos una profesión como otra cualquiera y que no nos ha señalado Dios con el dedo para realizar una misión. Y es que, los periodistas no somos el ombligo del mundo. Olvidamos con demasiada frecuencia que no somos garantes de nada. Que nuestra misión es mostrar la realidad, no darle forma a nuestro antojo para enseñarla conforme a determinados intereses, por muy honorables que éstos sean. Investigar, sí, por supuesto, pero no manipular. Desgraciadamente, en demasiadas ocasiones primero se eligen las conclusiones y después se busca que la realidad se adapte a ella. Aquel dicho de no dejemos que la verdad nos estropee un buen titular es el pan nuestro de cada día. ¿Cuántas tropelías no se habrán cometido en nombre de la libertad de expresión?, ¿cuántos supuestos profesionales no son, en realidad, unos terroristas de la palabra? ¿Vale todo?, ¿se puede insultar a alguien por no estar de acuerdo con él, por no compartir sus ideas o su concepción del mundo? No, no vale todo. No es lo mismo discrepar que descalificar, criticar que ofender, denunciar que herir. El papel del periodista es fundamental, de vital importancia para el buen funcionamiento de la sociedad. Por eso mismo, debemos tratar de no ensuciarlo y de no dejar que determinados elementos lo enturbien cada día con insultos y soflamas apocalípticas. No debemos olvidar que esos Mesías de la verdad también responden a intereses personales. Si queremos recuperar una parte de la autoestima perdida, empecemos por nosotros mismos, por hacer autocrítica y por asumir con rigor y la máxima entrega nuestra tarea, que principalmente es informar. Otra cosa son las secciones de opinión y para tal fin existen.

La Razón, 20-11-2008

Acción de Gracias

Acción de Gracias

Hoy, último jueves de noviembre, se celebra el Día de Acción de Gracias, la fiesta más celebrada con diferencia en Estados Unidos. Es un evento con una larga historia, que tiene que ver, llegado el tiempo de la cosecha, con la gratitud por los bienes recibidos de la tierra (ahora, con los invernaderos y la globalización, los conceptos de "siembra" y "siega" o "cosecha" son relativos). Aquí en Galicia, el Thanksgiving (el nombre en inglés) sería justo después de los magostos, tras la apoteosis castañil que llena (llenaba, mejor dicho, luego llegó la patata) las despensas de los fogares galegos.

Se dice que la primera fiesta de Acción de Gracias tuvo lugar en Boston, en 1623. En 1620, el Mayflower había desembarcado a 102 pilgrims (’peregrinos’), cristianos disconformes con el anglicanismo oficial y que "habían sido invitados" a irse de Inglaterra por el gobierno de su Graciosa Majestad. Fueron estos los primeros colonos ingleses, que con el tiempo habrían de fundar los Estados Unidos de América. Aunque con el tiempo vendrían los episodios oscuros de todo proceso colonial, parece ser que durante muchas décadas hubo un clima de cooperación entre los autóctonos y los recién llegados, que celebraron su buena estrella con una fiesta colectiva que además de oraciones de gratitud a Dios, incluía una cena a base de judías y otras verduras, arándanos y frutos secos, pastel de calabaza y, por supuesto, pavo.

A la hora en que estoy escribiendo este artículo, millones de pavos están listos para ser metidos en el horno: la cena de Acción de Gracias se ha convertido en una tradición nacional que sigue reuniendo hoy a las familias norteamericanas con el mismo espíritu de agradecimiento de antaño. A mí me parece una tradición muy sana. Pero independientemente de lo que podamos opinar sobre esta costumbre, hoy puede ser un buen momento para detenerse a pensar en lo que tenemos, y no para obsesionarnos con aquello de lo que carecemos. Es la base de la filosofía estoica. Basta de enredarnos en espirales de amargura, de ansiedad, de cinismo, venían a decir los estoicos. Llega la hora de agradecer, y no de quejarse. Llega la hora de empezar a disfrutar de las cosas sencillas, a apreciar las cosas buenas que nos rodean, a aceptar las dificultades, a vivir serenamente, en paz, lejos del mundanal ruido de los anuncios publicitarios y los caprichos que solo satisfacen por un tiempo. Creo que es a esto a lo que se refería Horacio con su carpe diem: aprovecha el día, no te afanes por el futuro, deja de ser esclavo del pasado. Amén.

Héroes del silencio

Héroes del silencio

Para mí, todo empezó a finales de los años 80, con "Mar adentro", perteneciente al álbum El mar no cesa (1988). Esa canción, que yo escuché por vez primera con catorce años, era la expresión perfecta de las sensaciones que bullían en mi turbio interior adolescente. Fue la primera vez que me identifiqué con una canción de una manera definida, cuando aprendí que la música no era solo ritmo y melodía, sino una sublime forma de comunicación. 

Mi romance con Héroes del silencio llegó a su punto culminante con la publicación en 1990 de Senderos de traición, el álbum definitivo, más hecho, más concentrado, más heroico. Con las letras de "Entre dos tierras", "Maldito duende", "Senda", "Hechizo", "Oración"... me hice joven, y empecé a comprenderme a mí mismo. Cantarlas a pleno pulmón era una liberación para mí, un hecho casi trascendente. Bumbury y los suyos me acompañaban siempre en mis momentos más oscuros y taciturnos.

He de encontrar
una senda que me lleve a un lugar,
y no me siento capaz de iniciar
nueva vida sin más.
Quisiera emprender
la aventura que no me haga volver,
dejar de una vez
lo que yo mismo no puedo entender.

Por una vez
lo que siempre soñé hacer,
prometerme
construir una senda.
Por una vez
lo que siempre soñé hacer,
prometerme
construir una senda
que pueda recorrer.

Detrás de un disfraz,
tartamundo ante la adversidad,
con un hilillo de voz
se va la poca razón
que nos permite tu escaso valor.
Y he de cruzar,
dar el paso hacia una vida anterior,
si hay destellos de magia
entre los besos de la traición.

Por una vez
lo que siempre soñé hacer,
prometerme
construir una senda.
Por una vez
lo que siempre soñé hacer,
prometerme
construir una senda que pueda recorrer.

Luego la música de Héroes se fue apagando, igual que los ecos de mi adolescencia. Pero no puedo evitar un escalofrío cada vez que escucho alguno de sus temas...

Aquí está en vídeo uno de sus conciertos del tour 2007, en México DF:

Dudas legales

Hace un par de semanas, nos reunimos los baroncelianos Departamentos de Lingua Galega y de Lengua castellana para un feliz propósito: tratar de uniformizar nuestros programas didácticos. Una simple discusión informal, nada más. Discutimos de manera constructiva la idoneidad de ciertos contenidos gramaticales, la necesidad de incidir más en la práctica textual oral y escrita, la manera de simultanear el estudio de las distintas etapas de la historia de la literatura... 

Sin embargo, una cuestión no formulada explícitamente nos impedía llegar mucho más allá: ¿qué hacer si el Diseño Curricular Base es lo suficientemente claro respecto a los contenidos que deben ser impartidos en cada curso? ¿Qué hacer si el propio DCB impide la armonización de contenidos entre los diversos Departamentos? Por ejemplo, ¿qué sentido tiene que en 4º, en Ciencias Sociales, se estudie la Revolución Industrial del siglo XVIII mientras en 3º, en la asignatura de castellano, se estudia hasta la Ilustración, y en la asignatura de gallego se llega hasta el Rexurdimento del XIX? ¿Por qué en 3º tenemos los profesores de lengua castellana que explicar a los Reyes Católicos, Carlos V, Felipe II... la historia de los siglos de Oro, mientras los de Historia solo imparten contenidos de Geografía?

Sin duda sería recomendable una mayor interconexión de los respectivos programas. Pero nadie podrá decirnos que nosotros no somos los primeros interesados; esta vez, no somos los profesores los únicos culpables de un sinsentido que provoca tamañas discrepancias y desconciertos. La última pregunta es obvia: ¿obediencia o insumisión?

Dedos en la arena

A Ksenya Simonova no le iban excesivamente bien las cosas, hasta que decidió compartir su don con el resto del mundo: sus dedos removiendo la arena, historias saliendo de la nada...

José Luis López Vázquez

Hoy ha fallecido José Luis López Vázquez, uno de los actores clásicos españoles. Era una muerte anunciada, tras una larga enfermedad, pero, de niño, yo ya lo había visto sentir la tragedia de saberse solo y mortal, en el más glorioso cortometraje que yo haya visto en mi vida, La cabina (1972), de Antonio Mercero. Descanse en paz.

El efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión

El efecto Pigmalión se define como una predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad.

La historia de Pigmalión merece ser contada. Era Pigmalión el rey de Chipre, que buscaba a una mujer perfecta para convertirla en su esposa. Como las chicas no daban la talla -o él era muy exigente- decidió crear una escultura (era un excelente escultor) en la que plasmar la perfección de una mujer. Al terminarla, la vio tan perfecta que se enamoró perdidamente de ella, dándole todos los cuidados que le daría a una mujer de carne y hueso. En unas fiestas en honor a Afrodita, Pigmalión le pidió a la diosa que le diera la vida a su escultura. Afrodita se compadeció de él, y le concedió su deseo. Así Pigmalión y Galatea, su nueva reina, fueron felices y comieron perdices...

Pigmalión consiguió que su profecía-escultura se hiciese real. Y esto mismo nos ocurre a muchos, hacemos cumplir nuestras propias profecías. Un ejemplo sencillo para entendernos. El primer día de un profesor sustituto suele ser difícil; se somete al juicio implacable de sus nuevos alumnos: "Vaya pinta de estirao, este tipo nos va dar el trimestre". He aquí la profecía. Evidentemente, sus rostros reflejarán lo que piensan, el profesor lo interpretará como un signo de hostilidad y se pondrá a la defensiva con ellos, convirtiéndose en un autoritario estirao para no perder el control del aula. La profecía se ha cumplido: "Ya te decía yo que era un estirao".

Otro ejemplo. Al empezar el curso, un profesor puede pensar de un alumno repetidor: "Aquí tengo otra vez al vago este, ojalá que al menos se comporte y no me fastidie el curso". He aquí la profecía. Inconscientemente, el profesor dará pocas oportunidades al chico, será implacable con él, y este inmediatamente se sentirá marginado y se descolgará al instante del ritmo de las clases, siendo el vago que todo el mundo esperaba que fuese. "Ya lo decía yo, que este chico es incorregible".

El efecto Pigmalión está instalado en nuestra médula espinal. Todos nos consideramos unos fisonomistas, unos "perros viejos", unos profetas clarividentes. Imagínense lo que diría el profesor de primaria de un tal Albert Einstein, cuando este, con seis años, todavía no sabía escribir. "Este chico no vale" o algo peor. Menos mal que Einstein no dejó que esa profecía se cumpliera, quizá porque hubo otros profesores que rompieron el círculo, que sí tuvieron unas altas expectativas de él y vieron la potencialidad de aquel muchacho de aire despistado. Todos, en mayor o menor medida, somos víctimas de este efecto Pigmalión, y de todos es la responsabilidad de convertir estos "círculos viciosos" en "círculos virtuosos".

Estas reflexiones me vinieron a la mente al leer el artículo de Ángeles Caso para el Magazine del 4 de octubre, en el que la escritora habla de la hipocresía de nosotros, los adultos, cuando criticamos a los jóvenes sin reparar en el penoso ejemplo que les estamos dando (y de aquellos barros, estos lodos). Yo añadiría que también fomentamos sus comportamientos con nuestras bajas expectativas (Pigmalión). A algunos profesores se les llena la boca hablando de lo desastrosos que son sus estudiantes. Pero, ¿cómo van a actuar nuestros jóvenes si no esperamos de ellos otra cosa? Cambiemos nuestras expectativas y quizá empecemos a cambiar algo. Quizá no salvemos al mundo, pero, ¿quién nos garantiza que no hay un Einstein escondido entre los pupitres? 

 

JÓVENES

 

Se ha puesto de moda hablar mal de nuestros jóvenes. Que si son unos maleducados y unos irresponsables, que si no tienen respeto por nadie, que si lo quieren todo regalado y no se esfuerzan en nada, que si lo único que saben hacer a conciencia es emborracharse… No sé, quizá tenga mucha suerte, pero jamás pensaría cosas semejantes de las chicas y los chicos que me rodean.

 

No es que todos ellos sean lumbreras intelectuales ni individuos abnegados en busca del bien común. Son, simplemente, personas normales, con las virtudes y los defectos propios no sólo de su carácter individual, sino también de la educación que les hemos dado nosotros, sus padres, la gente de mi generación, los que fuimos niños en los años 60, los que empezamos a practicar el sexo a los 16, y nos cogíamos entonces las primeras borracheras, y pasamos muchas noches en las discotecas hasta la madrugada, y suspendimos muchos exámenes por no estudiar lo suficiente, y creímos que las drogas nos ofrecían el paraíso. ¿O es que se nos ha olvidado que hubo un tiempo en que también fuimos así? (Muchos, por cierto, siguen en lo mismo).

 

Queremos que nuestros hijos respeten a los demás. Por supuesto. Pero, ¿es eso lo que les enseñamos cuando nos oyen desde pequeños soltar juramentos al volante del coche, insultar al árbitro del partido que vemos en la televisión, hablar a voces a nuestra pareja o negar el saludo y las gracias al tendero que nos despacha? ¿Es eso lo que aprenden de los necios enfrentamientos de los políticos o de muchos periodistas que despliegan su talento para el desprecio al otro en nuestros medios de comunicación? Queremos que se esfuercen por estudiar y formarse. ¿Pero es eso lo que les transmite una sociedad que valora infinitamente más al jugador de fútbol, a la mujer despampanante o al tipo que cacarea estupideces en la pantalla que al sabio más sabio o al mejor de los seres buenos? Queremos que sean tranquilitos y no se emborrachen. ¿Pero es eso lo que aprenden de un país en el que beber es lo normal y ser abstemio se considera en cambio una anomalía por la que hay que pasar la vida disculpándose?

 

Queremos, en fin, que nuestros hijos sean lo que ni nosotros ni nuestro entorno hemos sabido o tal vez ni siquiera deseado enseñarles. ¿No deberíamos entonces dejar de criticarles un poco y, por una vez, contemplar nuestro propio y casposo ombligo?

¿Te gusta la poesía?

Imagen de cabecera del blog La magia de la música y las letras

A esta pregunta la inmensa mayoría de nuestros alumnos responden "no". Entienden ellos por poesía, porque quizá así se lo han -hemos- enseñado desde siempre, unas columnas de versos prácticamente ininteligibles, unos extraños objetos de estudio que han de bautizar de alguna manera (sonetos, romances, liras, coplas...), y donde han de contar sílabas, descubrir sinalefas, buscar rimas, inventariar figuras literarias de enrevesados nombres (sinécdoques, pleonasmos, hipérbatos, anadiplosis...). Sin embargo, mienten. La poesía les encanta; incluso se saben muchos poemas de memoria. Sencillamente, no saben que las letras de las canciones de sus grupos favoritos pueden considerarse como poesía, digna además de ser estudiada en la clase de Lengua y Literatura. Sí, repito, digna de ser estudiada en la clase de Lengua y Literatura.

Esta tesis que hoy presento puede parecer descabellada. Por ejemplo, alguien podrá aducir que esos supuestos poemas no pueden considerarse literatura porque la poesía seria está escrita para ser leída en silencio, o para ser recitada; a la poesía de verdad no le hace falta un acompañamiento musical que la mayor parte de las veces lo único que hace es disfrazar el contenido del texto, porque la letra está en función de la música y no al revés.

Pero quienes sean de esta opinión, ignoran que los orígenes de la poesía fueron orales, y así fue durante siglos, hasta la invención de la imprenta. Desde esos inicios, la poesía siempre estuvo asociada a la música, desde los rapsodas griegos hasta los juglares con sus cantares de gesta. La palabra poética siempre fue musical. Cuando se extendió la palabra escrita, la poesía comenzó a escribirse también para ser leída en silencio, o recitada, pero esta clase de poesía siempre estuvo vinculada a élites culturales y nunca llegó a popularizarse del todo. Sólo algunos escritores excepcionales, como Bécquer por poner un ejemplo, gozaron de una completa difusión en todos los círculos sociales. Es más, en el siglo XX es innegable que fue la música, de la mano de los grandes cantautores sobre todo (desde Víctor Jara hasta Joan Manuel Serrat), la que ayudó a la difusión de las obras de los grandes poetas.

Puede que alguien piense que esos supuestos poemas, envueltos en sus acordes "rockopoperos" o sus ritmos raperos, carecen de la clase literaria de los textos de autores consagrados como Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez. Y que es necesario empezar a "cultivar" el gusto de nuestros alumnos con los escritores pata negra, no con letristas de dudoso talento. Es posible, pero mediocres, los hay en todas partes y, lo mismo que a veces la letra de una canción nos pone los pelos de punta, un poema famoso puede resultarnos totalmente anodino. Y, por otra parte, ¿quién nos ha hecho jueces sobre lo que es bueno, como si perteneciésemos a alguna "academia del buen gusto"? ¿Acaso poetas reconocidos hoy no fueron considerados unos parias en su tiempo? ¿Pretendemos imponer un canon poético determinado, o queremos inculcar en nuestros estudiantes el amor por la poesía? 

Creo sinceramente que perdemos una gran oportunidad de conocer a nuestros alumnos, de motivarlos, de integrar sus intereses con los nuestros, al no aprovechar las enormes posibilidades que nos brinda ese infinito número de canciones que rodean nuestra existencia diaria. Potenciar la sensibilidad artística y la expresividad lírica de los chicos a partir de sus preferencias musicales es posible y deseable. Y muchas canciones de La oreja de Van Gogh, El canto del loco, Juanes, Amaral, La quinta estación, Carlos Baute, Julieta Benegas, Miguel Bosé, Joaquín Sabina... además de provocar intensas emociones, presentan un riquísimo lenguaje poético. Después, quizá esos alumnos estén más maduros para recorrer con más ganas ese maravilloso camino que es la historia de nuestra literatura. Bueno, perdón. Es que ya lo habrán iniciado.

PS. Hay una fantástica web donde encontraréis cientos de poemas musicalizados: http://www.musicalizando.com/ Echadle un vistazo que seguro que encontráis algo útil.

1825 días...

Amor, aquí está tu regalo... (activa los altavoces).

Te quiero...

"Las bicicletas son para el verano", de Fernando Fernán Gómez

Cartel de la versión cinematográfica de la obra.

Las bicicletas son para el verano es la deliciosa obra de teatro con la que Fernando Fernán Gómez (1921-2007) ganó el premio Lope de Vega, en 1977. Cinco años más tarde la obra se representó, por fin, en el Teatro Real de Madrid el 24 de abril de 1982, de la mano de actores como Agustín González, quien también protagonizó la versión cinematográfica que Jaime Chávarri dirigiría al año siguiente.

Las bicicletas son para el verano refleja la vida normal de una familia madrileña normal durante la Guerra Civil, con sus preocupaciones, sus aspiraciones... Me impactó al instante; al leerla, vislumbré hasta qué punto una inmensa mayoría de españoles que no eran conscientes del desastre que se avecinaba, fueron envenenados por una minoría de fanáticos que los arrastraron a una guerra que en realidad nunca entendieron (esta es la tesis que lleva Arrabal al absurdo en Picnic). Por supuesto, el autor retrata en sus personajes la diversidad de posicionamientos ideológicos de los españoles de la época, desde el nulo compromiso político hasta el anarquismo más utópico. Anselmo, el anarquista, sirve de portavoz a las ideas del Fernán Gómez adulto, pero en realidad, el autor se identifica con Luisito, el chico de quince años (la edad que Fernán Gómez tenía en 1936, y que hoy tienen nuestros alumnos de 3º/4º de ESO) que quiere que su padre le compre una bicicleta para el verano. Desgraciadamente, ese verano feliz nunca llega, y la bicicleta se convierte en un símbolo de ilusiones y sueños rotos.

Os dejo con la primera escena, que espero que os sirva de estímulo para que leáis, aquellos que no lo habéis hecho, este magnífico texto teatral.

(Campo muy cerca —casi dentro— de la ciudad. Cae de plano el sol sobre los desmontes, sobre las zonas arboladas y los edificios a medio construir. Se oye el canto de los pájaros y los motores y las bocinas de los escasos coches que van hacia las afueras. Por las carreteras sin asfaltar, por los bosquecillos y las zonas de yerba, pasean dos chicos como de catorce años, PABLO y LUIS. Llevan pantalones bombachos y camisas veraniegas.)

PABLO.—Me ha dicho Ángel García que a él le ha gustado un rato. Es de guerra, ¿sabes?

LUIS.—Ya, ya lo sé.

PABLO.—A mí son las que más me gustan.

LUIS.—¿Vas con tus padres?

PABLO.—Sí, como todos los domingos. Se han empeñado en ir al "Proye".

LUIS.—Pero ahí echan Vuelan mis canciones.

PABLO.—Claro, por eso. Me han mandado a las once a la cola, pero yo he sacado las entradas para el "Bilbao". Luego les digo que en el "Proye" ya no quedaban, y listo.

LUIS.—Se van a cabrear.

PABLO.—Sobre todo mi madre. Las de guerra no las aguanta.

LUIS.—La mía tampoco. Le gustan sólo las de amor.

PABLO.—¿Tú cuál vas a ver?

LUIS.—Yo, Rebelión a bordo, de Clark Gable.

PABLO.—Todavía no la he visto. Debe de ser de piratas.

LUIS.—Sí; a mí, por las fotos, eso me ha parecido.

PABLO.—¿Vas con Arturo Romera?

LUIS.—Sí. Vienen también Ángel García y Socuéllamos.

PABLO.—¿Y Charito y Coca van a ir con vosotros?

LUIS.—No las han dejado en sus casas.

PABLO.—Os habrán dicho eso. Seguro que se van con los del Instituto Escuela.

LUIS.—(Con un falsísimo encogimiento de hombros trata de simular indiferencia.) Bueno.

PABLO.—Ayer estuvimos en el "Ojo del Lagarto" y estaban allí con ellos dos.

LUIS.—Sí. Van todas las tardes. (Quizá para cortar la conversación, se deja caer por un pequeño terraplén al que han llegado. PABLO le sigue.) ¿Y novelas de guerra has leído? Yo tengo una estupenda.

PABLO.—¿Cómo se llama?

LUIS.—El tanque número 13. Si quieres, te la presto.

PABLO.—A mí no me gusta leer novelas. El cine, sí. En el cine lo ves todo. En cambio, en las novelas no ves nada. Todo tienes que imaginártelo.

LUIS.—Pero es como si lo estuvieras viendo.

PABLO.—¡Qué va! Y, además, son mucho más largas. En el cine en una hora pasan la mar de cosas. Coges una novela, y en una semana no la acabas. Son un tostonazo.

LUIS.—Pues yo en una novela larga, de las que tiene mi padre, tardo dos días. Bueno, ahora en verano, que no hay colegio. Y me pasa lo contrario que a ti: lo veo todo. Lo mismo que en el cine.

PABLO.—No es lo mismo.

LUIS.—Pero bueno, tú, cuando lees novelas verdes, ¿no ves a las mujeres?

PABLO.—Bueno..., me parece que las veo. Pero, ¡joder, si hubiera cine verde!

LUIS.—¿Y no te crees que las cosas que cuentan en esas novelas te están pasando a ti?

PABLO.—Sí, pero eso es otra cosa.

LUIS.—Es igual. Yo, ahora mismo, me acuerdo de El tanque número 13 y puedo ver aquí los combates.

PABLO.—¿Aquí?

LUIS.—Sí, esto podría ser un buen campo de batalla. En aquel bosquecillo está emboscada la infantería. Por la explanada avanzan los tanques. Los tanques y la infantería son alemanes. Y allí, en aquella casa que están construyendo, se han parapetado los franceses.

PABLO.—Aquello va a ser el Hospital Clínico.

LUIS.—Ya, ya lo sé.

PABLO.—También habría nidos de ametralladoras.

LUIS.—Sí, aquí, donde estamos nosotros. Un nido de ametralladoras de los franceses. (Gatean hasta la elevación por la que se han dejado caer. Imitan las ametralladoras.) Ta-ta-ta-ta...

PABLO.—Ta-ta-ta-ta...

LUIS.—Primero avanzan los tanques. Es para preparar el ataque de la infantería... Alguno vuela por los aires, despanzurrado... ¿No lo ves?

(PABLO le mira, sorprendido.)

LUIS.—Aquel de allí... Es porque todo este campo está minado por los franceses... ¡Dispara, dispara, Pablo, que ya sale la infantería del bosquecillo! ¡Ta-ta-ta! ¡Ta-ta-ta!

PABLO.—(Que se ha quedado mirando fijamente a LUIS.) ¡Pero bueno, tú estás chalado perdido!

LUIS.—(Suspende su ardor combativo.) Hombre, no vayas a pensar que todo esto me lo creo.

PABLO.—Pues lo parece.

LUIS.—No es eso. Lo que quería explicarte es que si leo una novela de guerra, pues lo veo todo... Y luego, si salgo al campo, lo vuelvo a ver. Aquí veo a los soldados de El tanque número 13 y de Sin novedad en el frente, que también la he leído. Y lo mismo me pasa con las del Oeste o las policíacas, no te creas... 

(Por la expresión de PABLO se entiende que no tiene muy buena opinión del estado mental de su amigo.)

LUIS.—(Se ha quedado un momento en silencio, contemplando el campo.) ¿Te imaginas que aquí hubiera una guerra de verdad?

PABLO.—Pero ¿dónde te crees que estás? ¿En Abisinia? ¡Aquí qué va a haber una guerra! 

LUIS.—Bueno, pero se puede pensar.

PABLO.—Aquí no puede haber guerra por muchas razones.

LUIS.—¿Por cuáles?

PABLO.—Pues porque para una guerra hace falta mucho campo o el desierto, como en Abisinia, para hacer trincheras. Y aquí no se puede porque estamos en Madrid, en una ciudad. En las ciudades no puede haber batallas.

LUIS.—Sí, es verdad.

PABLO.—Y, además, está muy lejos la frontera. ¿Con quién podía España tener una guerra? ¿Con los franceses? ¿Con los portugueses? Pues fíjate, primero que lleguen hasta aquí, la guerra se ha acabado.

LUIS.—Hombre, yo decía suponiendo que este sitio estuviera en otra parte, que no fuera la Ciudad Universitaria, ¿comprendes? Que estuviera, por ejemplo, cerca de los Pirineos.

PABLO.—¡Ah!, eso sí. Pero mientras este sitio esté aquí es imposible que haya una guerra.

LUIS.—Sí, claro. Tienes razón.

(PABLO y LUIS se levantan, se sacuden el polvo de sus pantalones bombachos y siguen su paseo.)

Sopa de letras: siete autores del siglo XVIII

Valdeorras y Bierzo

El pasado fin de semana nos reunimos unos viejos compañeros unidos para siempre por nuestro paso por el Baronceli. Después de las quedadas de Mieres, La Alberca, Moraña y Cabanas, la que hizo la número cinco tuvo como destino O Barco, la capital de Valdeorras. Apenas dos días, que aprovechamos para nuestro ritual de charlas, póker y turismo... Esta vez estuvimos en Ponferrada (bueno, ellas, que fueron al mercadillo), en Petín (encantadoras sus casitas y sus riberas), en las Médulas (qué decir de ellas), en Villafranca del Bierzo (casas blasonadas de nostálgica y arruinada belleza, codillo de cerdo en la Plaza Mayor, mmm)... El monasterio de Xagoaza, a unos kilómetros del Barco, sede actual de una bodega, nos encantó (y de paso, catamos un godello, jejj). A este precioso conjunto monástico está dedicada la presentación inicial.

PS. Aprovecho para saludar a mi buen amigo Luis, valdeorrense de adopción, al que seguramente le gustará que haga publicidad de esas tierras...

Nervios del directo en "Password"

Mi concurso favorito de la tele (a ver si organizamos una edición en el Instituto) dejó un momentazo para la historia, durante el especial navideño del año pasado... Ojo, no creáis que la pobre niña era torpe, al contrario, durante el resto del programa lo hizo muy, muy bien. Simplemente, lo que le ocurrió fue un lapsus, causado por los nervios del directo... 

Tele nuestra que en el salón estás, santificados sean tus canales...

Tele nuestra que en el salón estás, santificados sean tus canales...

Portada del tercer número de LaGaZetaDeTerZero

 

        Había escrito, allá por el mes de abril-mayo, este artículo para el tercer número de LaGaZetaDeTerZero, y me dio pena no tenerlo aquí, en mis "Meditaciones"...

 

        El 21 de noviembre ha sido declarado por la ONU Día Mundial de la Televisión. Y el 9 de diciembre, Día Internacional de la Radio y la Televisión a Favor de la Infancia. Con ello, parece que el sacrosanto organismo pretende concienciar a gobiernos y ciudadanos de todo el mundo de la necesidad de una emisión y un consumo responsable de la televisión. El hecho de que el tema preocupe tanto a la ONU tiene fácil explicación: la televisión se ha convertido en un electrodoméstico “de primera necesidad”. Sin ser, evidentemente, necesario, la mayoría de los hogares de todos los países del mundo, por modestos que sean, tienen un televisor. ¿No puedes tener televisor? Qué pena, qué miseria, fíjate. ¿No quieres tener televisor? Qué tío raro, qué fanático, a qué secta pertenecerá. No es una morfología determinada, no es un comportamiento determinado; lo que realmente nos diferencia de los primates es que nosotros vemos la televisión. Esto es algo que nos une a otros seres humanos, independientemente de su raza, su credo, su lugar de procedencia, su nivel cultural o su posición social. Cuando estamos en el extranjero, de viaje, tranquiliza ver en la habitación de tu hotel un televisor, aunque al encenderlo no te enteres de nada. Da igual, eso te hace sentirte un poco como en casa. Si hay parabólica, entonces es el acabose. 
         Y la cosa no queda ahí: en la inmensa mayoría de esos hogares, el televisor ocupa el centro del salón, que es considerado a su vez el lugar más importante de la casa. En la era en que lo religioso está pasado de moda, el hombre ha fabricado sutiles altares donde el dios catódico esparce su luz en formato panorámico y digital. Y aún más. Por si fuera poco, en muchos hogares no solo hay un televisor, sino que hay dos, tres, a veces tantos como miembros hay de una familia. Nuestras casas son auténticas templos con capillas televisivas. Tele nuestra que en el salón estás, santificados sean tus canales. Venga a nosotros tu programación... Indudablemente, somos “seres televisivos”.
        La televisión hoy es considerada sobre todo como una fuente de entretenimiento. Los menos adictos a la pequeña pantalla buscarán con sus mandos programas informativos o culturales. Típico intelectualillo que va de resabidillo. Otros añaden a su parrilla personal sus series favoritas, alguna película, algún buen programa de humor, el partido del equipo favorito... Y finalmente, otros se tragan horas y horas de tele sin apenas darse cuenta, especialistas del mando a distancia, manejando como malabaristas decenas de programas de todo tipo y condición. La adicción a la tele es tal que muchas veces el aparato es encendido como un acto reflejo, como un cigarrillo que en realidad no tienes ganas de fumar. Muchos seres televisivos buscan el televisor nada más entrar en sus hogares. Y aunque no haya nadie en el salón, su cantinela permanece inalterable, como si el botón de apagado solo pudiese apretarse en circunstancias extraordinarias.
       ¿Qué tendrá la tele de subyugante, de hipnotizante? Quienes tienen niños pequeños lo saben. Bajo el estímulo de la imagen en movimiento, lo primero que aprenden a decir no es “papá”, sino “on” y “off”. Sus primeros gateos son siempre en dirección al altar del salón. Comenzando a consumir tan temprano, se antoja imposible renunciar al hábito.  Pronto serán adictos a dibujos animados que enseñan a hacer llaves de karateka. Pronto la televisión se convertirá en una niñera que siempre está a mano y que nunca pedirá un aumento de sueldo o una tarde libre. Pronto en el supuesto horario de protección infantil se familiarizarán con las miserias del mundo de los adultos. De mayores, la tele les servirá de guía, será su biblia por la que desfilarán sus mesías favoritos, estrellas del prime-time y una incontable pléyade de personajes y opinadores profesionales que les dirán lo que tienen que pensar, les nutrirán de ideas, de filias, de fobias. Luego, en los momentos más duros, cuando las cosas vayan mal, la tele también les servirá de compañía, de medicamento contra la soledad, de balium contra la depresión, de sustitutivo de las conversaciones incómodas, de analgésico contra las preocupaciones del día a día, de anestésico paralizante para evitar pensar demasiado... No les hará falta mascotas. A la tele no tienes que sacarla a pasear dos veces al día, no tienes que recoger sus caquitas en el parque, no tienes que comprarle comida especial, no tienes que vacunarla, no tienes que bañarla.
       Con todo, la televisión y el televisor no serían lo mismo sin su imprescindible apéndice: el mando a distancia. Bendito sea el inventor del mando a distancia, bendito él entre todos los inventores. Un ser televisivo que se precie debe manejarse sin dificultad entre una montaña de mandos indispensables para sus aparatos-accesorios respectivos. Por otra parte, compruébese la histeria que produce perder el milagroso artefacto entre los cojines del sofá o los papeles de la mesa. A una todos los adoradores catódicos aparcan sus diferencias y hacen causa común en la búsqueda del santo grial, sin reparar en el hecho de que gastarían menos energía cambiando el canal manualmente... Otros seres televisivos, sin embargo, lo tienen claro: jamás sacrificarán su bien merecida postura en el sillón por levantarse, así que se tragarán el mayor bodrio sin mayor inconveniente, pues para eso han sido vacunados desde bien pequeños...
       Pero no todo está perdido. Entre la multitud lobotomizada, a veces se descubre algún valiente, un Obélix irreductible, que navega contracorriente, a quien le gusta leer, pasear o hacer deporte, quien prefiere una buena tertulia con diálogos inteligentes, quien busca en sus momentos televisivos una programación de calidad. Es selectivo, no traga cualquier bazofia, y a veces encuentra lo que busca. No es fácil. Tiene que huir de debates viles, de espectáculos denigrantes, de intimidades vergonzantes, de esquemas sosos y repetitivos. Lucha contra las grandes cadenas que cambian continuamente de horario, hasta volatilizar sin más los buenos programas que no resisten las cifras de audiencia esperadas, esas mismas cifras que aparentemente sostienen en la parrilla la basura televisiva, cuando en realidad esa basura se emite porque resulta mucho más barata.
       Resiste, héroe anónimo, joven televidente. Muchas de las series que por edad te interesarían tienen argumentos inverosímiles y están llenas de estereotipos, protagonizadas por personajes mafiosos con apodo de título nobiliario, o por caprichosos niños pijos, malcriados hijos de papá, supuestos adolescentes interpretados por actores treintañeros. En programas de frustrante actualidad, jóvenes corrientes, con los cuales podrías identificarte, venden sus miserias vitales en los platós, buscando el minuto de fama que dará sentido a sus vidas. En otros programas disfrazados de “experimentos sociológicos”, chicos y chicas pregonan su libertad para decir y hacer lo que quieran encerrados en Guantánamos voluntarios vigilados por una red de cámaras que cuelgan de los techos como telarañas.
       Sé sabio. Vigílate a ti mismo. Yo, que a nadie sirvo de ejemplo, trataré también de aplicarme el cuento...